jueves, 16 de junio de 2016

Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para destrucción de fortalezas; destruyendo razonamientos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Evangelismo - evangelizar - Evangelio

El Cristiano es responsable de evangelizar 


¿QUÉ ES LA EVANGELIZACIÓN?

La evangelización es:
La comunicación del evangelio de Dios a través de la vida y de las palabras de sus hijos, para su gloria y en el poder del Espíritu Santo, de tal manera que los hombres puedan recibir a Jesucristo como Salvador y servirle como Rey.

«La evangelización es la comunicación…»
Tiene que ver con la transmisión de ideas y con la utilización de palabras.
Pero, como ocurre en cualquier comunicación eficaz, las ideas han de ser asequibles al oyente y las palabras comprensibles.

El lenguaje las ilustraciones y los métodos evangelísticos que utilizamos deben ser apropiados, no sólo a la dignidad de nuestro mensaje, sino también a la clase de personas que nos escucha.

El evangelio siempre es el mismo, pero una buena comunicación requiere que su presentación varíe cada vez, según la condición:

  • cultural, 
  • social, 
  • psicológica, 
  • moral y 
  • espiritual de nuestros oyentes.

Por lo tanto nuestra comunicación sólo será adecuada en la medida en que conozcamos la sociedad en la que vivimos y entendamos a las personas que evangelizamos.

La comunicación incluye el escuchar, además del hablar. Habremos, pues, de desarrollar nuestra capacidad de ponernos al lado de cada persona, ver las cosas desde su punto de vista, anticipar sus dudas y preguntas, poner el dedo en la llaga de sus necesidades y pecados, y así comunicarle el evangelio.

En todo esto tenemos un Maestro ejemplar.

Se trata también de una comunicación seria y sincera, no de un lavado de cerebro. No cabe en la evangelización ninguna clase de engaño ni ninguna técnica indigna del mensaje que llevamos (1 Tesalonicenses 2:3–5; 2 Corintios 4:2).

No queremos que los que inicialmente acepten nuestro Evangelio, luego se arrepientan de ello por sentirse defraudados.

Tratamos a los que nos escuchan como

  • a seres responsables creados a la imagen de Dios. 
  • Consideramos su dignidad humana. 
  • Incluso respetamos su capacidad de rechazar el Evangelio y confirmarse en su pecado. Cristo llama a la puerta y respeta nuestro derecho de abrirla o no, él no la derriba, nosotros tampoco.

Por lo tanto:

  • presentamos la verdad del Evangelio con sencillez, sin encubrir nada ni exagerar nada. 
  • La comunicamos con urgencia e insistencia, porque es un asunto de vida o muerte, pero no nos interesan conversiones espúreas, fruto de la emoción y no del arrepentimiento y la fe. 
  • Utilizamos las artes de la persuasión, pero rehuímos técnicas sentimentales baratas.
  • Animamos, pero sin ofrecer promesas falsas ni presentar una visión utópica de la vida cristiana. 
  • Avisamos, pero no jugamos con el miedo de la gente. 
  • Presentamos argumentos y evidencias, pero sin exagerarlos ni distorsionarlos.

«… del Evangelio de Dios…»
El mensaje que comunicamos no es nuestro. Podemos ser todo lo creativos que queramos en su presentación, pero jamás en su contenido. Es un mensaje dado; no lo hemos de inventar. Es un depósito que Dios nos ha encomendado (2 Timoteo 1:13–14); no debemos ni quitarle ni añadirle nada.

Cada predicación del Nuevo Testamento, cada «conversación evangelística», es diferente, y sin embargo el mensaje fundamental siempre es el mismo.

Por lo tanto, si vamos a comunicar fielmente el Evangelio, nuestra primera responsabilidad es la de conocerlo bien, saber manejarlo y aplicarlo a toda la variedad de situaciones y personas que nos rodean. Para poder evangelizar a otros hemos de evangelizarnos constantemente a nosotros mismos.

Por provenir de Dios el Evangelio es sagrado. Debe ser en el temor de Dios que lo comuniquemos.

  • Debemos temer no comunicarlo, porque el Señor nos lo pide. 
  • Debemos temer cambiar su contenido, porque Dios nos lo ha encomendado. 
  • Y debemos temer comunicarlo de maneras indignas: la frivolidad y la mundanalidad son incompatibles con lo sagrado.

«… a través de la vida y de las palabras de sus hijos…»
Sólo los que han nacido de nuevo como hijos de Dios (Juan 1:12) están capacitados para evangelizar. Podemos contratar a un no-creyente para que venda Biblias o reparta folletos, pero la verdadera evangelización requiere una comunicación en la cual el mensaje verbal es reflejado, ilustrado y avalado por la vida de aquél que lo predica.

Muchos de los que llaman a nuestras puertas con el afán de vendernos el último detergente o enciclopedia, nos dan la impresión de no estar convencidos ellos mismos del valor del producto que nos ofrecen. ¿Acaso lo compran ellos? Su comunicación queda invalidada por su propio ejemplo. No debe ser así con la evangelización. Debe haber una coherencia entre el mensaje y la vida de aquél que lo lleva. Por eso sólo puede evangelizar con entusiasmo y sinceridad la persona que sabe de lo que habla porque lo vive.

Cristo no encomendó la evangelización a cualquiera, sino sólo a sus discípulos: «Vosotros me seréis testigos…». Y ni siquiera ellos iban a estar capacitados para evangelizar hasta que «haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hechos 1:8). Ni aun el discipulado en sí es suficiente; sólo puede evangelizar la persona que ha recibido el Espíritu Santo y conoce su poder y la eficacia de su obra santificadora en su vida diaria.

El Evangelio debe ser comunicado por medio de todo lo que somos: por nuestro testimonio hablado, ciertamente, pero también por nuestras actitudes y reacciones, por nuestra sensibilidad y amabilidad, nuestro comportamiento y conversación. No hay mayor motivo de escándalo para el no-creyente que la inconsecuencia entre lo que el pueblo de Dios predica y lo que practica. Las palabras, sin una vivencia que las respalde, no son suficientes.

En cambio, la vivencia sin las palabras es una pena. Por nuestro silencio implícitamente comunicamos la idea errónea de que lo que puede haber de hermoso en nuestras vidas es obra nuestra, no de la gracia de Dios; la gente siente la atracción de nuestras vidas pero desconoce la causa; piensa que es porque nosotros mismos somos buenos. De esta manera, en vez de glorificar a Dios, nos exaltamos a nosotros mismos. Pero más aún, impedimos por nuestros silencio que otros puedan conocer el camino de la salvación.

La vida y las palabras deben ir juntas. Algunos de los que se apresuran a hablar harían bien en callarse, porque sus vidas no honran el Evangelio que predican, muchos de los que se callan harían bien en empezar a hablar, porque su silencio es reprensible (ver Ezequiel 33:7–9).

«… para su gloria…»
Nuestra principal motivación en la evangelización no debe ser, por supuesto, la promoción de nuestra propia reputación ante nuestros hermanos, ni una obsesión por el número de convertidos, ni siquiera, en primer lugar, la compasión por los perdidos; sino la gloria de Dios.

Toda otra motivación se queda corta. Nuestro amor al Señor, nuestro deseo de que Él sea honrado y sus derechos reconocidos en la vida de nuestros prójimos, es la única motivación capaz de sostenernos en medio de los muchos momentos de desánimo que habremos de afrontar en nuestra evangelización.

En esto, como en todo, el Señor Jesucristo es nuestro modelo: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera» (Juan 17:4).

Nuestro afán en la evangelización debe ser igual al suyo: «Santificado sea Tu nombre; venga Tu reino; hágase Tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» (Mateo 6:9–10).

«… y en el poder del Espíritu Santo…»
Las armas de nuestra milicia no son carnales sino espirituales, poderosas en Dios (2 Corintios 10:4). Ninguna sabiduría humana, ningún sistema de «marketing» ninguna técnica psicológica, ninguna planificación de comité, puede hacer las veces de la dirección del Espíritu Santo en nuestra evangelización. Bajo el señorío de Cristo estas otras cosas pueden tener su lugar, pero se convierten en sucedáneos pobres del poder de Dios cuando evangelizamos sin descansar en la guía y recursos del Espíritu.

El Espíritu Santo es quien nos capacita interiormente para la evangelización (Hechos 1:8; Efesios 3:16). Es quien nos dirige en nuestros planes y nos pone en contacto con personas ya predispuestas por Él (Romanos 8:14; Hechos 8:26, 29). El nos da las palabras que hemos de decir (Mateo 10:19–20; Hechos 4:29–31). Él es el único que puede con vencer al no-creyente de su condición ante Dios (Juan 16:8) y que puede hacerle nacer a una vida nueva (Juan 3:5–8; 4:13–14; 7:37–39). Sin Él, pues, la evangelización no es más que la comunicación de unas ideas teóricas; sólo hay convicción, conversión y regeneración cuando el Espíritu Santo nos utiliza como canales de su poder transformador. En fin, Él es nuestro Señor y nosotros debemos estar a sus órdenes, no esperar que Él se someta y se adapte a nuestros planes.

«…de tal manera que los hombre puedan recibir a Jesucristo como Salvador…»
Nuestra tarea no es solamente la de ganar el asentimiento intelectual de la gente a una serie de proposiciones doctrinales, ni mucho menos la de aumentar el número de afiliados a nuestra denominación religiosa. Es la de conducir a la gente al Salvador, el único que les puede abrir el camino a Dios (Juan 14:6). Nosotros no les salvamos. La doctrina no les salva. La Iglesia no les salva. Sólo Cristo salva.

Nuestra función es la de:

  •  ser embajadores de Cristo (2 Corintios 5:20), 
  • hablar en su nombre, 
  • denunciar el pecado conforme a su ley, 
  • presentar sus derechos como Señor, y 
  • explicar lo que El ha hecho para salvarnos de nuestra condición perdida y restaurar nuestra relación con Dios. 

Nosotros como buenos gestores preparamos el camino, damos las explicaciones, hacemos la presentación del Salvador; por así decirlo, preparamos los papeles del caso. Pero el último trámite, la firma del contrato, lo ha de realizar nuestro oyente personalmente con el abogado, el Salvador mismo. Nosotros rogamos y exhortamos, pero es la persona interesada la que debe reconciliarse con Dios por medio de Jesucristo. Ella es la que debe invocar el nombre del Señor (Romanos 10:13), recibir a Jesucristo como Salvador y poner su fe en Él (Juan 1:12).

Si bien en cuanto a este «último paso» nosotros no podemos ni obligar a nadie ni darlo en su lugar, sí hemos de allanarle el camino para que pueda llegar a este punto. Lo hemos de hacer con esmero y diligencia (2 Timoteo 2:15).

No basta con echar en cara de nuestro oyente unas cuantas afirmaciones dogmáticas acerca del Evangelio.

Hemos de:

  • razonar con él, 
  • contestar sus preguntas, 
  • abrirle el Nuevo Testamento para que pueda ver a Jesucristo en acción, 
  • escuchar sus palabras y 
  • ver por sí mismo cómo Cristo salva a la gente, 
Debemos explicarle el significado de:

  • la encarnación, 
  • la crucifixión, 
  • la resurrección y 
  • glorificación de nuestro Señor, 
  • la esperanza de su retorno y el don de su Espíritu. 
En fin, nuestra tarea no ha acabado hasta no haberle conducido a aquella encrucijada en la que puede acudir a Cristo con conocimiento de causa (o rechazarle con igual conocimiento de las implicaciones), comprometerse con Él habiendo contado el precio, y creer en el Salvador sin que su fe represente un suicidio intelectual.

«… y servirle como Rey».
El Salvador es el Rey. No lo puedes dividir en dos y recibir sólo la mitad de su persona. O bien le recibes tal y como es en realidad, con todas sus consecuencias, o bien no le recibes. No es lícito intentar aceptar su salvación sin acatar su señorío (porque en parte la salvación consiste precisamente en una vida vivida bajo su señorío), ni tampoco es lícito predicar un Evangelio en el que la salvación queda separada del señorío de Cristo.

Según la Gran Comisión nuestra responsabilidad es la de hacer discípulos (Mateo 28:19), discípulos de Jesucristo naturalmente; es decir, personas que sigan a Cristo, que le obedezcan y vivan bajo su señorío.

La nota dominante de las primeras predicaciones evangelísticas de la Iglesia apostólica es ésta:
  • Jesucristo es el Señor; 
  • Dios le ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36; 3:13). 
Los apóstoles exhortaban a la gente a que se sometiera a la autoridad de Jesucristo, no a que aceptara una salvación al margen de su señorío.

Ciertamente hemos de predicar la paz con Dios, el Evangelio de la reconciliación, pero quien nos puede reconciliar con Dios es Jesucristo, el Señor de todo (Hechos 10:36).

Si en nuestro afán de proselitismo «rebajamos el listón» del Evangelio y predicamos una salvación de eterna felicidad a expensas del arrepentimiento, repudio del pecado y acatamiento del señorío de Jesucristo, no sólo hacemos violencia a los derechos de nuestro Rey, sino que podemos acabar ofreciendo una salvación que no salva.

¿QUIÉN DEBE EVANGELIZAR?

En cierto sentido, todos los que invocan el nombre de Cristo ya le son testigos, elijan serlo o no, porque la reputación de Dios en el mundo está irrevocablemente unida a la reputación de Su pueblo.

Todo lo que decimos y hacemos lleva al honor o al deshonor de Su Nombre. Puede que seamos testigos malos o inconsecuentes pero si decimos que somos cristianos nuestros vecinos y compañeros inevitablemente recibirán cierta impresión acerca de Dios y del Evangelio por lo que ven en nosotros. En este sentido, pues, no podemos escapar de nuestra responsabilidad evangelística.

Sin embargo es evidente que cuando el Nuevo Testamento habla de «ser testigos» de Cristo no lo dice sólo en este sentido «pasivo», sino que espera de la iglesia una iniciativa activa en la comunicación del Evangelio. De hecho ésta era la intención de Dios para Su pueblo aún en el Antiguo Testamento (p. ej., leer Isaías 43:10), y la Gran Comisión se puede considerar como la ratificación de la misma intención para el pueblo de Dios bajo el nuevo pacto (Mateo 28:18–20; Marcos 16:15; Lucas 24:45–49; Juan 20:21; Hechos 1:8).

Los apóstoles entendieron que la Gran Comisión atañía obligatoriamente a todos los creyentes y en la iglesia primitiva se daba por supuesto que cada uno evangelizaría. Es evidente que esta responsabilidad se hace extensiva a los creyentes de todas las épocas por las mismas palabras de Jesús: He aquí yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20).

De la misma manera que no podemos limitar la promesa del Espíritu Santo a una sola generación ni a un grupo especializado de creyentes, tampoco podemos limitar el mandamiento de testificar. Todos los que han recibido el Espíritu Santo tienen que hablar de Jesucristo, puesto que el Espíritu es dado, entre otros motivos, precisamente para este fin (Hechos 1:8; 2 Timoteo 1:6–8).

Pero además, hay suficientes exhortaciones directas en las Escrituras para dejarnos sin excusa posible si no evangelizamos: 2 Corintios 5:18–21; Colosenses 4:2–6; 2 Timoteo 4:1–5; 1 Pedro 3:14–16 etc.

Tampoco podemos diluir nuestra responsabilidad pretendiendo testificar pasivamente mediante nuestras vidas y hablar sólo cuando se nos pregunta acerca de nuestra fe, aunque por supuesto nuestra manera de vivir es importantísima como punto de partida de nuestra evangelización. Juan 10:21 nos da el modelo a seguir, Jesús dice: «Como me envió el Padre así también yo os envío»

Aquí vemos por un lado nuestra obligación activa en la evangelización (por cuanto somos enviados a comunicar el Evangelio, no solamente llamados a reaccionar cristianamente ante las circunstancias que nos vienen encima), y por otro lado el modo de realizar esta obligación, en el sentido de que Cristo tiene que ser nuestro modelo. Nosotros nos dirigimos pues, a la gente como lo haría Cristo; vamos en su nombre. Esto implica una iniciativa que puede romper con nuestra pasividad e indiferencia.

Hay dos ministerios que deben manifestarse en todo aquel que ha nacido de nuevo: la adoración y el testimonio.

Tanto la evangelización como la alabanza son funciones «sacerdotales» (1 Pedro 2:9) y todo creyente es llamado a ser sacerdote (Apocalipsis 5:10). Incluso hay una relación íntima entre la adoración y la evangelización, porque las dos tienen que ver con una preocupación por la gloria de Dios (Deuteronomio 32:2; Salmos 22:22; 45:17; 96:2–3): tanto la proclamación del Evangelio como el acto de adoración en sí contribuyen al engrandecimiento del nombre de Dios.

Aunque es cierto que el Espíritu Santo ha dado a algunos cristianos una capacidad especial para ciertas formas de evangelización, debemos comprender que la evangelización es un privilegio que todos hemos heredado porque el vivir por el Evangelio y el testificar para Cristo son consecuencias inevitables de nuestra conversión e incluso la condicionan (Mateo 10:32–33).

Como ya hemos visto, es la misma presencia del Espíritu Santo en el creyente por el nuevo nacimiento, la que le capacita para la evangelización; no un don «adicional» que el Espíritu quizá le conceda, quizá no.

DONES Y VOCACIONES: TESTIGOS Y EVANGELISTAS

Sin embargo es cierto que algunos creyentes tienen un don especial en la comunicación del evangelio. Efesios 4:11 parece reconocer una categoría de personas que el Señor Jesucristo capacita de una manera excepcional para la evangelización. Igualmente según Hechos 4:33 vemos que la evangelización era especialmente una responsabilidad asumida por los apóstoles.

En Colosenses 4:2–6 Pablo reconoce la responsabilidad evangelística de todos sus lectores (versículos 5 y 6) y sin embargo es consciente de que Dios le ha llamado a un ministerio evangelístico especial que requiere la oración de los colosenses (versículos 3 y 4).

Debemos recordar que la comisión a la evangelización se da en primer lugar a la iglesia en conjunto más que al creyente individual. Posteriormente esta responsabilidad de la iglesia se realiza en dos niveles: mediante hombres designados y dotados por Dios que deben esforzarse en su llamamiento específico y especializado (Romanos 15:20); y mediante el testimonio fiel de todos los creyentes en su trato diario con «los de afuera». No se espera de éstos el ministerio especializado de aquellos, pero tampoco la tarea de aquellos quita la necesidad de la evangelización espontánea y constante de éstos.

Lo importante aquí es que no utilicemos como excusa para no evangelizar el hecho de que algunos tienen un don o llamamiento especial en este campo. Por sus palabras a Timoteo deducimos que Pablo consideraba que éste rehuía su responsabilidad evangelística, y aun cuando ésta no fuera su ministerio principal el apóstol le tiene que exhortar a que «haga obra de evangelista» (2 Timoteo 4:5).

Algo anda mal, pues, en nuestra vida cristiana si no aprovechamos las constantes oportunidades que el Señor nos da para hablar a otros del evangelio.

¿POR QUÉ MUCHOS CRISTIANOS NO EVANGELIZAN?

Sin embargo la triste realidad es que una gran mayoría de los que profesan el nombre de Cristo en nuestros días no evangelizan. ¿Cómo podemos explicar esto?
En respuesta a esta pregunta podemos aducir seis razones principales:

  1) Por la mediocridad de nuestro compromiso con el Evangelio
Tales personas no han comprendido que la llamada de Dios no es solamente a que integremos ciertos conceptos del evangelio dentro de nuestra propia cosmovisión, sino a que transformemos nuestra cosmovisión sometiéndola plenamente al Evangelio.

Como consecuencia no viven por y para el Evangelio, sino que lo tratan casi como un pasatiempo, algo que justifique ciertos aspectos de su vida y les dé ciertas garantías para el futuro, pero que no envuelve todo lo que son. No «respiran» el Evangelio. No lo tratan por lo tanto como un gran tesoro que Dios les ha encomendado un depósito que deben guardar y proclamar (2 Timoteo 1:14; 4:2).

Al entregarse al Evangelio sólo a medias, no llegan a conocer en toda su plenitud ni la experiencia de caminar con Cristo, ni la comprensión de los propósitos eternos de Dios que el Evangelio nos revela. El Evangelio no es la principal motivación de su vida y como consecuencia no evangelizan.

Vencerán el miedo, la timidez y la indiferencia sólo cuando Jesucristo llegue a ser para ellos una realidad auténtica y vital y el Evangelio el móvil que les inspire y estimule en todos los órdenes de la vida.

  2) Por desconocimiento de la responsabilidad evangelística
Deben saber que tener las buenas nuevas y no compartirlas con otros es un egoísmo imperdonable. Más aún, es un acto de desobediencia explícita al mandato de Jesucristo.

Representa una indiferencia ante sus intereses en nuestro mundo. Finalmente es una negación de lo que en Cristo somos: luz en medio de las tinieblas y sal en un mundo corrompido, que debemos brillar para la gloria de Dios (Mateo 5:13–16; Efesios 5:8–11) y, por nuestro testimonio, ejercer una influencia sanadora que evite la perdición de muchos.

  3) Por falta de conocimiento
Algunos que no evangelizan se callan por falta de un entendimiento claro del Evangelio y de las evidencias históricas en las que está basado. Quizá necesiten también una orientación en cuanto a cómo presentar el Evangelio a sus amigos.

  4) Por miedo a la gente
Muchos creyentes son tímidos y temen ser rechazados por la gente. Sin embargo ni la lógica cristiana (Mateo 10:26–33) ni los recursos que Dios nos ofrece (2 Timoteo 1:6–8) nos permiten justificar con la timidez nuestra inactividad evangelística.

  5) Por un espíritu derrotista
Tal espíritu procede de una comprensión meramente humana de lo que es la evangelización. Los que lo tienen piensan que todo depende de ellos y no reconocen que la evangelización es supremamente una obra de Dios. Como consecuencia piensan que la gente no les va a escuchar y que por lo tanto es inútil evangelizar.

Necesitan renovar su confianza en la soberanía de Dios, en la eficacia de su Palabra y en la realidad de la obra del Espíritu Santo. También necesitan comprender que la obligación de evangelizar no está determinada por la respuesta afirmativa de la gente sino por la necesidad imperativa de glorificar a Dios por la proclamación de su Palabra.

  6) Por una falta de plenitud espiritual
Ya hemos dicho que el Espíritu Santo es quien nos capacita para evangelizar. La ausencia de evangelización es, por lo tanto, necesariamente evidencia de una ausencia del poder del Espíritu Santo en la vida del creyente. Quien es lleno del Espíritu Santo evangeliza; quien no evangeliza no es lleno del Espíritu.

Con esto no estamos diciendo que la persona que no evangeliza no ha recibido el Espíritu, no ha sido regenerado por El. Porque una cosa es haber recibido una nueva vida en el Espíritu, y otra mantenerla a tope por la plenitud del mismo Espíritu.

Cuando en Pentecostés el Espíritu fue derramado sobre los discípulos, la reacción inmediata fue la evangelización. Los mismos que antes estaban escondidos en el aposento alto, ahora proclamaban el Evangelio con denuedo. Pero aquella primera plenitud (Hechos 1:4) debía ser renovada constantemente si iban a mantener el mismo denuedo (Hechos 4:31).

Así ocurre con nosotros. Si no obedecemos constante mente la orden bíblica de «ser llenos del Espíritu» (Efesios 5:18), poco a poco nos invadirá una actitud de comodidad, de pusilanimidad, de cobardía. Se nos desvanecerá la urgencia de nuestro cometido; perderemos de vista la gloria de Dios y los derechos del Señor Jesucristo. Acabaremos encerrados en nuestros ghettos evangélicos, impotentes pero autosatisfechos, como la iglesia de Laodicea.


COMPRUEBA LO QUE HAS ENTENDIDO Y/O APRENDIDO

1) Considerar nuestra definición de la evangelización
     ¿Cuál es el significado o la importancia de cada frase? Si tú tuvieras que hacer una definición de la evangelización ¿de qué maneras diferiría de ésta? ¿Qué conceptos añadirías o quitarías?



2) Leer Mateo 28:18–20; Marcos 16:15–16; Hechos 1:7 8; Colosenses 4:2–6; 1 Pedro 3:14–16; 2 Timoteo 4:5. ¿Qué nos enseñan estos textos acerca de la responsabilidad evangelística de todos los creyentes?



3) Las exhortaciones específicas a la evangelización en el Nuevo Testamento no son muchas y menos aún cuando se trata de exhortaciones al uso de algún método evangelístico concreto. ¿Por qué piensas que es así?



4) ¿Es válido hacer una distinción entre el «testigo» (todo creyente) y el «evangelista» (el que tiene un don evangelístico especial)? Da razones bíblicas para tu respuesta.



5) Considerar la opinión siguiente: En cuanto a nuestra responsabilidad evangelística, el Señor nos pide cuentas conforme a los dones que nos da y las oportunidades que nos rodean. Por lo tanto nos atañe considerar seriamente nuestras oportunidades y desarrollar nuestros dones evangelísticos.


  – ¿ Estás conforme con esta opinión?


  – ¿Qué dones te ha dado el Señor?


  – ¿Qué oportunidades se te presentan en las circunstancias actuales en las que vives?


  – ¿Cómo contestarías a la persona que dice: Yo no tengo don; o el Señor nunca me da oportunidades?



6) Evaluar esta opinión: La responsabilidad evangelística es común a todo creyente; el método evangelístico no es común sino que varía según el don, la personalidad y las circunstancias de cada cual.


  – Si es así ¿cómo podemos ayudarnos mutuamente en el desarrollo y estímulo de nuestros dones evangelísticos? (Colosenses 3:16).


  – Considera los creyentes de tu iglesia: ¿Cómo puedes estimularlos en la evangelización?¿Qué talentos o dones evangelísticos ves en ellos que quizás ellos mismos desconocen?



7) ¿Cómo puede una persona saber si tiene don de evangelización? ¿Cómo debe la iglesia ayudarle a ver si tiene este don?



8) ¿Qué factores espirituales o prácticos hacen que queramos evitar la responsabilidad evangelística? Hacer una lista de estos factores juntamente con argumentos que tú emplearías para contestarlos.



9) Repasar las diferentes citas bíblicas mencionadas entre paréntesis en este capítulo y expresar en tus propias palabras lo que nos enseñan acerca de la evangelización.


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