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domingo, 28 de enero de 2018

Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



Pablo se entrevista con Pedro y su grupo
Sorprendentemente, Pedro vuelve a aparecer en el denominado “concilio o reunión de los apóstoles” que nos cuentan Hechos 15 y Gálatas 2,1-10, con también sorprendentes variantes. 
Allí, en esa reunión, se discutió si tenía o no razón Pablo en predicar la buena nueva de que Jesús era el mesías también de los paganos.
La buena nueva era que Jesús era el mesías no solo de los judíos, sino del mundo entero… Y también se trató en Jerusalén sobre las consecuencias respecto a la observancia, o no, de la ley completa de Moisés por parte de unos paganos que creían en el Mesías. 
Téngase en cuenta  que en principio los judíos creían que el Mesías era para ellos solos…, pues naturalmente implantaría la supremacía de Israel  sobre la tierra entera… (el reino de Dios) y después… el paraíso eterno, en el que los judíos ocuparían si no los únicos puestos disponibles, sí los mejores. 




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lunes, 4 de abril de 2016

Dios -quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia- tuvo a bien revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles, no consulté de inmediato con ningún hombre

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Preparamos pastos frescos para las ovejitas del Pastor de los pastores
Autoridad—de Dios y No del Hombre
Gálatas 1:11-24 ; Gálatas 2:1-10
1:11 Pero os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según hombre; 12 porque yo no lo recibí, ni me fue enseñado de parte de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. 

13 Ya oísteis acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo: que yo perseguía ferozmente a la iglesia de Dios y la estaba asolando. 14 Me destacaba en el judaísmo sobre muchos de mis contemporáneos en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. 

15 Pero cuando Dios  -quien me apartó desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia- tuvo a bien 16 revelar a su Hijo en mí para que yo lo anunciase entre los gentiles,  no consulté de inmediato con ningún hombre  17 ni subí a Jerusalén a los que fueron apóstoles antes que yo, sino que partí para Arabia y volví de nuevo a Damasco. 

18 Luego, después de tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro  y permanecí con él quince días. 19 No vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo,  el hermano del Señor; 20 y en cuanto a lo que os escribo, he aquí delante de Dios, que no miento. 21 Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia. 22 Y yo no era conocido de vista  por las iglesias de Judea, las que están en Cristo. 23 Solamente oían decir: "El que antes nos perseguía ahora proclama como buena nueva la fe que antes asolaba." 24 Y daban gloria a Dios por causa de mí. 

2: 1 Luego, después de catorce años, subí otra vez a Jerusalén, junto con Bernabé, y llevé conmigo también a Tito. 2 Pero subí de acuerdo con una revelación y les expuse el evangelio que estoy proclamando entre los gentiles. Esto lo hice en privado ante los de reputación, para asegurarme de que no corro ni he corrido en vano. 

3 Sin embargo, ni siquiera Tito quien estaba conmigo, siendo griego, fue obligado a circuncidarse, 4 a pesar de los falsos hermanos quienes se infiltraron secretamente para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, a fin de reducirnos a esclavitud. 5 Ni por un momento cedimos en sumisión a ellos, para que la verdad del evangelio permaneciese a vuestro favor. 

6 Sin embargo, aquellos que tenían reputación de ser importantes -quiénes hayan sido en otro tiempo, a mí nada me importa; Dios no hace distinción de personas- a mí, a la verdad, los de reputación no me añadieron nada nuevo. 

7 Más bien, al contrario, cuando vieron que me había sido confiado el evangelio para la incircuncisión  igual que a Pedro para la circuncisión  8 -porque el que actuó en Pedro para hacerle apóstol de la circuncisión actuó también en mí para hacerme apóstol a favor de los gentiles-, 9 y cuando percibieron la gracia que me había sido dada, Jacobo, Pedro  y Juan, quienes tenían reputación de ser columnas, nos dieron a Bernabé y a mí la mano derecha en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles y ellos a los de la circuncisión. 10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres, cosa que procuré hacer con esmero. 


Pablo declara hablar con autoridad dada por Dios


DECLARACIÓN DE LA AUTORIDAD DE PABLO
Gálatas 1:11–12

Pablo les declara a sus hermanos que el evangelio que les ha predicado no era un mensaje humano o hecho por el hombre; no lo había recibido de hombre, ni le había sido enseñado. En cambio, lo había recibido mediante una revelación de Jesucristo.

Desde el comienzo Pablo quiere que entiendan que su autoridad procede de Dios y no de hombre alguno: Os hago saber (gnorio, 11). 

Lo que así asevera es una declaración terminante que se dispone a sustanciar en detalle. Al dirigirse a ellos como hermanos indica que la apostasía de los gálatas no era completa o irrevocable; eran aún sus hermanos en la fe. 

Como habría de recalcar más adelante, Pablo afirma que el evangelio anunciado por él es el pronunciamiento de que la salvación era por gracia por medio de la fe y no por las obras de la ley (cf. Gálatas 3:1–4:31). 

En toda la carta no se advierte que haya tenido ningún otro conflicto teológico con sus adversarios. De particular significación es el hecho de que el evangelio no es según hombre. Esta expresión tiene para Pablo una significación especial, y aun puede equipararse con “carnal”. 2 Lo que quiere decir el apóstol es bien claro: su evangelio no era un mensaje meramente humano, como lo explica después en el versículo siguiente.

Este mensaje no era humano porque Pablo no lo había recibido de ningún hombre (12), ni le había sido enseñado. Tampoco eran humanos ni la fuente de su evangelio ni el método por el cual lo había recibido. La mayoría de los maestros cristianos, aun en los días de Pablo, habían sido enseñados por otros, pero no él. El había recibido el evangelio por revelación de Jesucristo. Esto se refiere, no a una revelación general, al alcance de todos los que la recibieran, sino a una revelación especial y personal a Pablo.

La pretensión de tener una revelación personal lo expone a uno a ser acusado de presuntuoso y peligroso. No es difícil, pues, apreciar la preocupación de los adversarios de Pablo. 

Sobre la base de lo que les parecía una revelación estrictamente privada y personal, él estaba abrogando mucho de lo que ellos consideraban vital y sagrado. A lo largo de las edades se han levantado quienes proclamaron un mensaje aduciendo que era el resultado de una revelación especial. Esta es precisamente la falacia de gran parte del concepto moderno de la “inspiración”. Tales maestros aceptan que la Biblia es “inspirada”. Pero también que otras obras fueron inspiradas—aun las de un Shakespeare y un Beethoven. 

Esto, desde luego, destruye la unicidad de las Escrituras. Reconocemos que Dios ha inspirado y dado revelaciones a los hombres desde los tiempos bíblicos. Pero la revelación de la Palabra escrita es única. En este sentido es definitiva y no continua. La audaz pretensión de Pablo fue plenamente sustanciada, no por él, sino por el Espíritu de Dios. Nuestra tarea no es agregar a la revelación escrita, sino entenderla y explicarla.

JUSTIFICACIÓN DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA DE PABLO
Gálatas 1:13–2:21

    1. Celosa oposición antes de la conversión (Gálatas 1:13–14)

Pablo les recuerda a los gálatas que ellos han sabido de su conducta en el judaísmo—su excesiva persecución a la iglesia y celosa adhesión a las tradiciones de sus antepasados.

Estos paganos convertidos de Galacia probablemente habrían oído (Gálatas 1:13) de este período de la vida de Pablo de sus propios labios, lo cual estaría de acuerdo con su costumbre de emplear en su predicación el testimonio personal. Conocían su conducta en otro tiempo en el judaísmo. Los gálatas estaban también al tanto de que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba. 

La persecución a la iglesia cristiana por Pablo había sido excesiva y extremada. El término asolaba (protheo) es muy fuerte, y significa “destruir” o “saquear”—con las claras implicaciones de los estragos de la guerra. Así describe el apóstol su conducta antes de su conversión, como una guerra personal contra la iglesia de Cristo.

Pablo no sólo demostraba su celo persiguiendo a los cristianos y destruyendo a la iglesia, sino que al mismo tiempo aventajaba (prokopto, progresaba) en el judaísmo a muchos de sus contemporáneos en su propia nación (Gálatas 1:14). 

Nacido de padres hebreos, había aceptado la interpretación más estricta de la ley—era fariseo. Aun bajo normas tan exigentes podía describirse como “irreprensible” (cf. Fil. 3:5–6), siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres. Su progreso en el judaísmo iba mucho más allá de la ley—en su sentido más estricto. Se describe a sí mismo como un zelote. Esta era, por supuesto, una parte esencial del fariseísmo. En este sentido excedía a muchos de sus contemporáneos.

El argumento básico de Pablo en esta sección es que su vida anterior a su conversión demuestra que había recibido la autoridad para su función de Dios y no del hombre. En apoyo de esta afirmación señala los hechos de su extremada hostilidad al cristianismo (en el lado negativo) y su progreso superior en el judaísmo farisaico (en el lado positivo). Ambas son pruebas de que su aceptación del cristianismo no podía atribuirse en ningún sentido a influencia o instrucción cristianas (humanas). Sólo podía haberlo realizado una revelación divina.


    2. Después de la conversión—sin consulta humana (Gálatas 1:15–24)

a. Pablo en Arabia y Damasco (Gálatas 1:15–17)
Dios había señalado a Pablo desde su nacimiento para predicar a los gentiles. 

Cuando Dios lo llamó—mediante la revelación de su Hijo—él no visitó a los apóstoles en Jerusalén, sino que se fue a Arabia (tal vez unos 320 kilómetros al sur de Damasco y 150 kilómetros al sudeste de Jerusalén). No fue sino hasta tres años después que visitó a Pedro y Santiago en Jerusalén, y entonces sólo por 15 días. 

Después de esto fue a Siria y Cilicia. Durante este tiempo era desconocido para las iglesias de Judea, salvo la información de que su ex-perseguidor ahora estaba predicando la fe que antes había destruido.

Como observa Burton, toda la sección que comienza con Pero  no está en contraste con lo que ha dicho antes. Más bien es una ampliación de lo mismo. 

De modo que una traducción mejor es esta: Y cuando agradó a Dios. La expresión cuando agradó a Dios es un hebraísmo que reconoce la soberanía divina. Es simplemente otra forma de decir “cuando Dios quiso”. 

Dios era quien había apartado a Pablo desde el vientre de su madre
Esta última expresión es otro hebraísmo familiar para referirse al nacimiento. Pablo llama así la atención al hecho de que Dios lo había apartado desde su nacimiento. Apartó (aphorizo) puede significar apartar de, en el sentido de excomulgar (cf. Lc. 6:22), o apartar para. 

Aquí obviamente significa esto último, y equivale prácticamente a una designación. Dios había designado a Pablo para su tarea especial desde su nacimiento. Entonces, un día, en el camino a Damasco, se reveló esa designación, y Dios lo llamó. El ciegamente celoso fariseo fue confrontado por el Cristo resucitado—y oyó el llamado de Dios. Como se ha visto en Gálatas 1:6, Pablo apreciaba la proclamación del evangelio como el llamado de Dios a los hombres a Sí. El apóstol lo había oído de los labios del Señor resucitado. El llamado y la designación eran, como son todas las bendiciones de Dios, por su gracia.

En otros lugares se dan los detalles de esta revelación, primordialmente en los tres relatos de la conversión de Pablo (Hch. 9:1–18; 22:4–16; 26:9–18). Como lo evidencia su referencia abreviada aquí, el hecho importante era que la experiencia estaba destinada a revelar a su Hijo en mí (16). 

Esta se convirtió en la piedra fundamental del ministerio de Pablo, sobre la cual se construyó todo lo demás. El era legítimamente un apóstol, porque había visto a Cristo (cf. 1 Co. 9:1; 15:8). Tanto delante de sus compatriotas como de sus captores romanos Pablo tenía una sola defensa—se había encontrado con el Señor resucitado. De modo que su autoridad para predicar el evangelio, ahora atacada, era que lo había recibido por una revelación del Hijo de Dios. ¿Qué era esa revelación? Se la ha descrito como una “farsa”, una “alucinación”, una “señal”, un “trance” y una “visión”. 

Pero todas esas explicaciones pierden de vista el punto principal—fue una revelación personal. ¡Plugo a Dios revelar a su Hijo en mí! El propósito de la experiencia era que Pablo le predicase entre los gentiles. El término gentiles (ethnos) los diferencia de los judíos (cf. Hch. 9:15; 22:15; 26:16–18).

Así como la experiencia de Pablo se convirtió en el punto focal de toda su vida y ministerio, hoy el cristiano necesita un punto de referencia comparable en su vida espiritual. 

Claro que la experiencia de Pablo era única, pero no obstante, hay una experiencia personal de confrontación con Cristo que hoy proporciona realidad espiritual al alma inquisitiva. Esta no sólo es necesaria en términos de un llamado al que es designado ministro de Jesucristo, sino que es no menos esencial para todo seguidor del Salvador. 

Un encuentro con el Señor resucitado y viviente es el comienzo indispensable de toda vida transformada—el milagro del nuevo nacimiento. Esto constituye para el que ha nacido dos veces un punto de perspectiva que coloca en su foco todo lo que sigue. “Antes era ciego, pero ahora veo.”

Pablo justifica su pretensión señalando que después de su conversión y su revelación especial no consulté en seguida con carne y sangre. La palabra consulté (prosanatithemi) significa contribuir o agregar algo. En este caso el apóstol está aclarando que nadie agregó nada a su evangelio —venía de Dios. Su actividad, tanto después de su conversión como antes, apoya esta afirmación.

Ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo (17). Los judíos siempre hablaban de “subir a Jerusalén”, y ésta de la misma manera se convirtió en la sede reconocida de la dirección humana y la autoridad de la iglesia primitiva. Es significativo que el nuevo convertido, habiendo sido llamado especialmente, no consultó con los líderes cristianos. Esto apoya fuertemente la pretensión de Pablo de una autoridad única. La palabra antes es importante porque subraya el apostolado de Pablo. El también era apóstol, aunque otros lo hubieran precedido en esa santa vocación.

Pablo fue a Arabia, que está en marcado contraste con Jerusalén. Era un desierto más bien que una activa metrópoli. Allí encontró comunión con Dios más bien que comunicación con los hombres. Pablo no expresa el propósito de su ida a Arabia, pero está implícito que fue un retiro espiritual, y no un viaje misionero. Desde la perspectiva histórica apreciamos que necesitaba reconstruir todo su sistema de pensamiento. Esto era esencial para que pudiera ministrar más allá de los límites del judaísmo. Los primeros apóstoles simplemente habían agregado al judaísmo a Cristo como el Mesías esperado. Pablo había de ir más allá de esto. Después de su período de meditación en Arabia, dice, volví de nuevo a Damasco. Allí predicó, probablemente con renovada visión y vigor.

b. Breve visita de Pablo a Jerusalén (Gálatas 1:18–20). 
Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para ver a Pedro (18). Esta es la primera mención de la ciudad de Damasco, que es predominante en todos los relatos de la conversión de Pablo en Hechos. 

El hecho de que volviera de nuevo a Damasco indica claramente que había partido de allí. La mención de los tres años tiene el efecto de expresar que demoró ese largo período en consultar con los líderes de la iglesia. 

Los tres años probablemente representen el período total desde su conversión. No hay sugestión alguna de que el viaje de Pablo a Jerusalén tuviera el propósito de obtener aprobación o sanción para su evangelio. Fue simplemente una visita para encontrarse con Pedro, el jefe reconocido de la iglesia. Y fue visita breve—sólo quince días en contraste con los tres años transcurridos desde su conversión. Ciertamente tan breve tiempo habría proporcionado pocas oportunidades para instrucción o enseñanza.

Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del Señor (19). Hubiera sido de esperar que, si estaba buscando la aprobación o aceptación oficiales, hubiera visitado a todos los apóstoles. Esto lo niega expresamente, manifestando que el único apóstol a quien él vio en esa ocasión, además de Pedro fue Jacobo, el hermano del Señor. Esta referencia a Jacobo es de importancia especial ya que él, como jefe de la iglesia de Jerusalén, fue identificado más tarde con el grupo legalista que contendió con Pablo.

La actitud de Pablo hacia los líderes de la iglesia no debe ser interpretada erróneamente como desprecio por el liderazgo humano. Todo su mundo se había derrumbado y sólo Dios podía reconstruirlo—en comunión solitaria. Más tarde, cuando su evangelio fue desafiado, no podría defenderlo sino de esta manera. Hay suficiente evidencia de que él respetaba profundamente la dirección y autoridad humanas (cf. Hch. 21:18–26), pero no vacilaba en llamar a cuentas a cualquiera que pusiera en entredicho la verdad de su conciencia. Esto es simplemente reconocer que la suprema autoridad humana es la conciencia personal. Es así como, 15 siglos después, Martín Lutero, un discípulo de Pablo, desafió a la iglesia y al imperio declarando: “¡No es ni seguro ni correcto actuar contra la conciencia!”

Pablo podía por lo tanto afirmar: En esto que os escribo, he aquí delante de Dios que no miento (20). Esta solemne declaración—llamando a Dios como testigo de la veracidad de sus palabras— es un método que Pablo utiliza para recalcar la importancia de lo que está diciendo (cf. Ro. 9:1; 2 Co. 1:23; 11:31; 1 Ts. 2:5).

c. Pablo en Siria y Cilicia (Gálatas 1:21–24). 
El relato de Hechos 9:28 completa muchos detalles de este después (21). Los años de Pablo en Siria y Cilicia, vinieron después que había predicado a Cristo y discutido abiertamente en Jerusalén y después que había despertado la asesina oposición de sus enemigos (cf. Hch. 9:29; 22:17–20). 

Sus hermanos cristianos lo enviaron a Tarso para proteger su seguridad personal. En dicha ciudad evidentemente estableció su cuartel general en Cilicia, después de lo cual fue llevado a Antioquía de Siria por Bernabé (cf. Hch. 9:30; 11:25).

La declaración de que no era conocido de vista a las iglesias de Judea, que eran en Cristo (22) no debe ser entendida en el sentido de que los cristianos de Judea no hubieran visto u oído a Pablo después de su conversión. Todo el énfasis de este argumento estaba en que durante ese extenso período no había estado predicando y trabajando en Jerusalén—el centro más antiguo de la iglesia. Los relatos de Hechos muestran claramente que Pablo había predicado y testificado en Jerusalén antes de regresar a Tarso. Sin embargo, durante este período de aproximadamente 11 años no había vuelto a Judea.

Durante ese ínterin, la iglesia de Judea había oído que aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba (23). Esta debe haber sido una noticia increíble y emocionante—y glorificaban a Dios en mí (24).


    El evangelio de Pablo y el Concilio de Jerusalén Gálatas 2:1–10

a. El informe de Pablo (Gálatas 2:1–2)
Catorce años después Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén a comunicar privadamente su evangelio a los dirigentes de la iglesia. Estos hombres prominentes no agregaron nada al mensaje de Pablo. 

Aun a pesar de algunos que habían espiado a Pablo, no exigieron que su colaborador Tito fuera circuncidado. En cambio, dieron su bendición a Pablo y Bernabé, reconociendo que su comisión a los gentiles era comparable con el ministerio que los otros apóstoles desempeñaban entre los judíos.

Después, pasados catorce años, dice Pablo, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito (Gálatas 2:1). No está claro a qué se refiere este después. ¿Fue después de su conversión o después de su visita anterior, tres años después de su conversión? La cuestión tiene poca importancia para el relato del incidente, pero está relacionada significativamente con la cronología de la vida de Pablo. Es probable que los 14 años señalen el intervalo entre las visitas a Jerusalén.

La asociación de Bernabé con Pablo empezó cuando el primero apoyó al fariseo recién convertido en su deseo de unirse a los discípulos en Jerusalén (Hch. 9:26–27). 

Más tarde Bernabé le dio a Pablo la oportunidad de comenzar un ministerio en Antioquía (Hch. 12:22–25). No tenemos información detallada acerca de cómo Tito se asoció con el apóstol. Es evidente que este cristiano griego era uno de los primeros convertidos de Pablo (Tit. 1:4). 

Al final del segundo viaje misionero, Tito era ya un líder en la joven iglesia. La referencia aquí indica que él se hallaba entre los “algunos otros” obreros de Antioquía escogidos para representar a esa iglesia en esa histórica conferencia (Hch. 15:1–2).

Pablo expuso en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predicaba entre los gentiles. El mensaje del evangelio que Pablo colocó delante de ellos era que Jesucristo había sido crucificado, había resucitado, y volvería otra vez; y que había justicia para todos mediante la fe en El sin las obras de la ley. 

Según Hechos 15:4, Pablo y sus acompañantes informaron a toda la iglesia de Jerusalén, mientras aquí en Gálatas se expresa específicamente que fue en privado. Esto indicaría que la sesión pública fue precedida por una conferencia privada, lo que definitivamente habría sido sabio hacer. Véanse los comentarios sobre Hechos 15:4–12.A los que tenían cierta reputación es una traducción libre de lo que parece ser una sentencia o pensamiento interrumpido, causado tal vez por la ansiedad o hasta la agitación en la mente de Pablo. 

Ello refleja su obsesión de no decir demasiado —¡o no decir suficiente! Estaba relatando el hecho de que había apelado a los líderes de la iglesia para que aclararan un asunto muy crítico; empero el apóstol no quería implicar una sumisión completa al juicio de ellos, ni negar su propia autoridad peculiar que le había sido divinamente dada. Así que Pablo se refiere a Jacobo, a Cefas (Pedro) y a Juan como “los que tenían reputación de ser algo” (6), y los “que eran considerados como columnas” (9). Tenían cierta reputación en el sentido de que esa era la apariencia que tenían en los ojos de la iglesia. Detrás del titubeo de Pablo estaba su convicción de que la autoridad final debía proceder de Dios, no del hombre.

Una de las metáforas acostumbradas de Pablo es la que representa la vida cristiana como una carrera (cf. 5:7; 1 Co. 9:24–26; Fil. 2:16). El apóstol alude a su vida y a su ministerio entre los gentiles precisamente como una carrera, y declara su preocupación de no correr o haber corrido en vano. Con esto Pablo expresa que se da cabal cuenta de que si los líderes reconocidos de la iglesia en Jerusalén se oponían a su evangelio, todo el trabajo que él había hecho sería destruido por sus emisarios, y él no podría tener la esperanza de lograr cosa alguna en el futuro. Su certidumbre del origen divino de su mensaje no le impedía ver que la división y la divergencia en la iglesia serían fatales para ésta.

b. Pablo rehúsa circuncidar a Tito (Gálatas 2:3–5). 
En el verso 3 aparece la primera mención específica en la epístola del problema particular que se está tratando: la circuncisión forzosa de los convertidos gentiles. ¿Era necesaria? Pablo escribe: Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a circuncidarse. El propósito del apóstol al narrar todo el evento era demostrar que aun allí en la iglesia de Jerusalén, su acompañante griego no había sido forzado a someterse a la ley ceremonial. 

Por lo tanto, ¿qué bases podían tener sus contrincantes para insistir que se practicara la circuncisión en la patria de los gentiles?

Los versículos 4 y 5 son un paréntesis que llama la atención a aquellos que estaban ejerciendo presión para poner en práctica la circuncisión. La presión venía porque falsos hermanos introducidos a escondidas… entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud (4). 

La expresión falsos hermanos sugiere que eran creyentes compañeros de ellos, pero la insistencia que hacían en la necesidad de la ley constituía ante los ojos de Pablo una negación de Cristo (Gálatas 2:21). Estos hombres se habían introducido a escondidas, o sea, “habían sido metidos secretamente”. 

Su propósito expreso era espiar, para obtener información personal de la libertad de la ley que estos convertidos gentiles disfrutaban en Cristo. Todo esto era un intento de imponer la ley sobre ellos y esclavizarlos otra vez (cf. comentarios sobre Gálatas 4:1–10). El elemento de sigilo definitivamente se relaciona a sus móviles. Indudablemente fingieron ser hermanos cristianos y con la confianza que tal compañerismo les otorgó observaron (“espiaron”) la libertad de los convertidos gentiles. Después de eso podían llevar tal información y tratar de imponer la circuncisión.

Pablo no se atemorizó por esos hombres ni por sus tácticas. Escribe: A los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros (5). Estos falsos hermanos trataron ahora de forzar a Pablo ante la iglesia de Jerusalén a que conformara su evangelio a la ley. Fue contra esta presión que Pablo declara que “no cejó en sujeción” (VM., lit.) “ni aun por una hora”. 

Aun Tito, a pesar de sus argumentos y demandas, no fue forzado a circuncidarse. Este fue probablemente el punto específico en el que Pablo ya no quiso ceder. La razón por la que no cedería ni un paso fue porque esto era una defensa de la verdad del evangelio que él había predicado a sus convertidos gentiles. Este mensaje de verdad cristiana no podría continuar si él fracasaba. Si se sometía a la circuncisión de sus convertidos gentiles, el evangelio que él les había predicado no podía ser veraz.

c. Reconocimiento del ministerio de Pablo (Gálatas 2:6–10)
Una vez más Pablo se refiere a los “apóstoles columnas” como los que tenían reputación de ser algo (6). Aquí entra en más detalle en su depreciación de la importancia de ellos. Lo que hayan sido significa literalmente: “De qué clase eran anteriormente.” 

Esto indudablemente se refiere al hecho de que estos hombres se habían asociado con Jesús en su ministerio terrestre. Pero aun esto no era importante para Pablo, y ello por una muy buena razón: Dios no hace acepción de personas, que literalmente significa: “Dios no recibe la apariencia (o rostro) del hombre.” Esto sencillamente significa que para Dios lo exteriormente aparente no es importante.

Aquí Pablo está tratando con un problema que rápidamente estaba llegando a un punto incontrolable en la iglesia primitiva, especialmente en las áreas gentiles. A los que habían estado con Jesús durante su ministerio terrenal se les estaba dando un lugar de distinción que podía tener consecuencias peligrosas. 

Los judíos tenían una salvaguardia hondamente arraigada en su credo en contra de la idolatría, pero los gentiles que se habían convertido por el ministerio de Pablo fácilmente podían caer en esta trampa. Dado el antecedente de idolatría del que venían, sólo un paso distaba de la veneración a los discípulos terrenales de Jesús a un culto a una deidad. 

Lo que era más, el derecho de apóstol que Pablo esgrimía estaba siendo desafiado por sus enemigos precisamente por esta razón: que él no había sido uno de los discípulos originales. De modo que al escribirles a sus convertidos gentiles acerca de la relación que él tenía con esos líderes que habían seguido al Señor, Pablo enfáticamente declara que para Dios la apariencia externa no es lo importante. 

La autoridad en la iglesia procede de Dios. Viene, no sobre la base de la relación que cierta persona haya tenido con Jesús durante su estancia en la tierra, sino a la luz de su experiencia presente con Cristo. Esto no significa que Pablo no tenía respeto hacia esos líderes, y ni siquiera que no los estimara. Todo lo contrario, ya que él estaba en Jerusalén para tener una conferencia con ellos. 

En vez de eso debemos ver aquí una reflexión del interés de Pablo en que se observe la verdadera base de la autoridad.

No sólo se negaron los líderes de la iglesia a forzar a Tito a que se circuncidara, pero además dice Pablo, los de reputación nada nuevo me comunicaron. Este es el propósito principal de Pablo al narrar este evento. En la defensa de su autoridad, como algo procedente de Dios, el apóstol aquí declara que ni siquiera los líderes de la iglesia tuvieron algo que añadir a su mensaje.

En vez de eso, actuaron por el contrario, cuando vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (7). Una acción positiva tal se basó en una intuición importantísima y trascendental. Así como Pedro era el líder reconocido de aquellos que estaban ministrando el evangelio en el mundo judío, asimismo reconocieron que a Pablo se le había encomendado (lit., confiado) un ministerio similar a los gentiles.

Este reconocimiento de liderismo, mismo que Pablo llama apostolado, se basaba en la clara evidencia de la misma divina actividad en Pablo como en Pedro. El que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para con los gentiles (8). El mismo Dios infundió energía en ambos.

El feliz resultado de esta conferencia fue que reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo (9). Por primera vez Pablo identifica a los líderes de la iglesia en Jerusalén, a quienes se había estado refiriendo en los versículos previos. Al poner a la cabeza de la lista a Jacobo (el hermano de Jesús), se sugiere que era el líder de la iglesia, tal vez en su administración, en tanto que Pedro era el líder de la obra misionera entre los judíos. Estos hombres tomaron una acción positiva. Les dieron a Pablo y a Bernabé la señal reconocida de amistad y armonía: la diestra en señal de compañerismo. A la luz de esta aprobación completa y sin dudas, ¿cómo se podía poner en tela de duda la autoridad de Pablo?

El resultado fue que Pablo y Bernabé fuesen a los gentiles, y ellos a la circuncisión. Se hace la pregunta si esta división era racial o geográfica. Había gentiles en Palestina y judíos en el mundo greco-romanoasiático. La contestación más obvia es que a Pablo se le dio autoridad definitiva en el territorio en el que había estado trabajando —fuera de Palestina. Este era el asunto que había motivado todo. Sin embargo, también parece obvio que la decisión afectó directamente los requisitos que se habían de imponer sobre los convertidos gentiles, en cualquier sitio donde residieran.

Los líderes de la iglesia en Jerusalén añadieron sólo una estipulación a su aprobación, y fue que Pablo se acordase de los pobres (10). El estaba listo (spoudazo, vehemente; celoso, VM.), con diligencia a hacer, lo cual se puede ver en sus actividades posteriores (cf. Ro. 15:31; 2 Co. 8–9).

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sábado, 8 de agosto de 2015

Habrá juicio sin misericordia contra aquel que no hace misericordia. ¡La misericordia se gloría triunfante sobre el juicio!

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
Tipo de Archivo: PDF | Tamaño: MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Capacitación Ministerial
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BOSQUEJOS EXPOSITIVOS
SANTIAGO 2:1-13

1 Hermanos míos, tened la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo, sin hacer distinción de      personas. 
    2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y ropa lujosa, y            también entra un pobre con vestido sucio, 
       3 y sólo atendéis con respeto al que lleva ropa lujosa y le decís: "Siéntate tú aquí en                buen lugar"; y al pobre le decís: "Quédate allí de pie" o "Siéntate aquí  a mis pies",  
           4 ¿no hacéis distinción entre vosotros, y no venís a ser jueces con malos criterios? 
             5 Amados hermanos míos, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo,                    ricos  en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? 
                 6 Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son                          ellos los que os arrastran a los tribunales? 
                     7 ¿No blasfeman ellos el buen nombre que ha sido invocado sobre vosotros? 
                        8 Si de veras cumplís la ley real conforme a las Escrituras: Amarás a tu                                     prójimo como a ti mismo,  hacéis bien. 
                            9 Pero si hacéis distinción de personas, cometéis pecado y sois                                                reprobados por la ley como transgresores. 
                              10 Porque cualquiera que guarda toda la ley pero ofende en un solo                                            punto se ha hecho culpable de todo. 
                                  11 Porque el que dijo: No cometas adulterio, también dijo: No cometas                                       homicidio.  Y si no cometes adulterio, pero cometes homicidio, te                                            has hecho transgresor de la ley. 
                                      12 Así hablad y así actuad, como quienes están a punto de ser                                                    por la ley de la libertad. 
                                           13 Porque habrá juicio sin misericordia contra aquel que no hace                                                 misericordia. ¡La misericordia se gloría triunfante sobre el                                                        juicio! 

Normas Cristianas de Valor


Santiago 2:1–13

En esta sección Santiago vuelve a un tratamiento más completo de su preocupación, expresada en 1:9–11, por una adecuada actitud cristiana hacia la riqueza. Su advertencia está claramente en línea con el énfasis del propio Jesús en que no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero (cf. Mt. 6:24). La advertencia de Santiago es apoyada también por Pablo: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Ti. 6:10). El problema es tan viejo como el hombre, pero la admonición de Santiago es tan pertinente hoy en día como los consejos de los médicos de someterse a exámenes físicos regulares para detectar a tiempo los síntomas de cáncer.

  A.      UNA FALSA MEDIDA DE LOS HOMBRES, 2:1–4

La preocupación específica de Santiago es que una congregación cristiana no trate de cortejar el favor de los ricos por causa de sus riquezas. ¿Están estas palabras dirigidas hoy directamente a una iglesia de clase media? ¿Están dirigidas a una congregación nueva que se esfuerza por establecerse en la comunidad? ¿Nos hablan a nosotros cuando tratamos de atraer a personas que pueden pagar el presupuesto? Todas éstas son metas válidas ¡pero la Biblia nos exhorta a cuidarnos! Santiago nos amonesta a no mostrar parcialidad hacia las personas de ingresos elevados cuando vienen, ni darles un trato preferencial en nuestros esfuerzos por ganarlas. Cuando lo hacemos no somos como Jesús.

    1.      El mandamiento (2:1)

El verso 1 debiera leerse como un mandamiento en línea con la naturaleza imperativa de la epístola. Pero Santiago empieza su amonestación donde debe empezar toda amonestación efectiva—identificándose con aquellos a quienes reprueba. Escribe hermanos míos (1) y hermanos míos amados (5). Como sabio dirigente eclesiástico, Santiago pide a sus lectores que juzguen sus conductas a la luz de su suprema fidelidad cristiana—vuestra fe en nuestro… Señor Jesucristo. Estaba escribiendo a hombres y mujeres cristianos. Ellos estaban bien conscientes del significado de la fe cristiana—la religión que Cristo había traído al mundo. Acepción de personas significa parcialidad; la exhortación es: “No mostréis prejuicios ni parcialidad” (Amp. N.T.). Phillips presenta la exhortación gráficamente: “Nunca intentéis, hermanos míos, combinar el esnobismo con la fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo.”


    2.      La ilustración (2:2–4)

Hoy en día estos versículos constituyen una pauta de ética para los ujieres de la iglesia. Pero en la iglesia del siglo I probablemente estuvieran dirigidos, no a un ujier, sino a cualquier miembro de la congregación que tuviera un asiento escogido para el servicio. Tal vez Santiago había observado esta clase de trato preferencial en la iglesia de Jerusalén o en alguna congregación vecina que había visitado. La congregación (2; gr., sinagoga, VM.) sería el lugar en que los cristianos—probablemente un grupo mixto de judíos convertidos y gentiles—se reunían para el culto. Es el mismo término empleado para las sinagogas judías. Era ésta una palabra y una forma de culto que la iglesia primitiva tomó directamente de sus antepasados hebreos. Debe notarse, sin embargo, que este es el único lugar en el Nuevo Testamento en que se llama “sinagoga” a una congregación cristiana.

Podemos suponer que el hombre con anillo de oro y el pobre, serían visitantes, no miembros regulares. Hay diferencia de opinión acerca de si eran visitantes cristianos o no cristianos. Esto, sin embargo, no cambia la verdad espiritual del pasaje. La actitud mostrada era equivocada en ambos casos. Y si el hombre bien vestido era una persona de la clase descrita en 6–7, aunque fuera miembro, su profesión religiosa había hecho poco para transformar su vida. 

La acción anticristiana era juzgar inmediatamente el valor del hombre por la apariencia de su atuendo. El anillo de oro indicaría un hombre de rango senatorial o un noble romano. Durante los primeros años del imperio solamente esta clase de hombres tenían derecho de usar un anillo así. Ropa espléndida significa una toga blanca, como la que usaban a menudo los candidatos a funciones públicas. “Acepción” (3, VM.) debe entenderse en el sentido de prestar especial atención al hombre de apariencia próspera. En la sinagoga por lo general había sillas u otra clase de asientos para los ancianos y los escribas. En esos asientos se ofrecía un lugar de honor a una persona de rango. Las de menor rango permanecían de pie o se sentaban en el suelo. Bajo mi estrado puede leerse “a mis pies” (RSV).

¿No hacéis distinciones (“sois parciales”, VM.) entre vosotros mismos? (4) tiene dos interpretaciones posibles. Algunos piensan que significa hacer distinciones entre los miembros, dividiendo así la iglesia. The Amplified New Testament traduce así: “discriminando entre los vuestros.” Otros interpretan la frase simplemente como un pensamiento paralelo a la segunda mitad del versículo. La NEB traduce todo el versículo: “¿No veis que sois inconsecuentes y juzgáis con normas falsas?” Jueces con malos pensamientos, es decir, que piensan con motivos erróneos. Aquí había jueces que estaban empleando normas erróneas de medición. ¿Cuáles eran los malos pensamientos de estos cristianos equivocados? (1) Que las ropas finas son señales de hombres buenos, y las ropas raídas de un carácter malo. (2) Que el valor de las personas se puede medir por su riqueza. (3) Que la situación financiera debe influir en la aceptación en la iglesia. (4) Que los “sistemas de castas” sociales y económicas son aceptos a Cristo y apropiados para su iglesia.


  B.      UNA VERDADERA MEDIDA DE LOS HOMBRES, 2:5–7

Santiago escribe usando estilos muy diversos. A menudo escribe breves sentencias que nos recuerdan a los proverbios. Pero aquí es tan cuidadoso como Pablo en desarrollar la secuencia de su argumento.


    1.      Dios elige a los pobres (2:5–6a)

Oíd (5) significa: “Un momento, prestad atención.” Es comparable al uso que hace Jesús de “de cierto, de cierto os digo” (cf. Jn. 3:5). Aquí Santiago reprueba a sus hermanos, pero es la reprobación del amor a los hermanos míos amados. El es sensible al maltrato de los pobres y a las acciones a menudo endurecidas e inhumanas de los ricos (cf. 5:1–6). Pero no defiende a los pobres por su pobreza ni ataca a los ricos porque son ricos. Tanto su defensa como su ataque se basan en otros hechos; hechos que admite como generalmente ciertos de las respectivas clases.

El argumento de Santiago es habéis afrentado (6) a aquellos que ha elegido Dios (5). “No es que Dios haya limitado su elección a los pobres, sino que, como lo muestra la historia, ellos han sido su primera elección (véase Lc. 1:52; 1 Co. 1:26).” Y la elección de Dios no ha sido arbitraria. Es simplemente un hecho que los pobres y los oprimidos se muestran más obedientes al evangelio que los ricos que dependen del poder de su dinero. En todo caso, Santiago aclara que los pobres, a los que se refiere, son ricos en fe y herederos del reino que ha prometido (Dios) a los que le aman.


    2.      La pobre elección humana de los ricos (2:6b–7)

Para el cristiano simplemente no tiene sentido favorecer a los ricos y desairar a los pobres. Juan Calvino comentaba que es ridículo honrar a nuestros verdugos y mientras tanto injuriar a los amigos. Probablemente Santiago se estuviera refiriendo a judíos ricos. En su Palestina natal, había visto a los ricos fariseos oprimir a la iglesia (Hch. 4:1–4); y tal vez estaba familiarizado con las experiencias de Pablo en las ciudades gentiles (Hch. 13:50; 16:19).
Tres cargos específicos se presentan contra los ricos cuyo favor busca la iglesia. Opresión y comparecer ante los tribunales son los dos primeros; el tercero es blasfemia. En todos ellos Santiago apela al conocimiento del propio lector y a su sentido de lo conveniente. “¿Acaso los ricos no os oprimen, y ellos mismos os arrastran ante los tribunales? ¿No blasfeman ellos aquel nombre honorable del cual vosotros sois llamados?” (VM.) “Del cual vosotros sois llamados” (7) es literalmente que fue invocado sobre vosotros. La referencia señala a la experiencia del bautismo en el cual el buen nombre, es decir, el nombre de Cristo, era invocado sobre ellos. El uso que el escritor hace de el… nombre en lugar de Dios o Cristo parece reflejar su educación judía en la cual siempre había un respeto tan grande por Dios que vacilaban en pronunciar el nombre de la Deidad.


  C.      LA NORMA QUE SIEMPRE ES JUSTA, 2:8–13

    1.      La ley real (2:8)

En este párrafo (8–13) Santiago nos lleva de vuelta, como siempre debemos hacerlo cuando evaluamos el carácter de nuestra conducta, a una norma básica para el cristiano—Amarás a tu prójimo como a ti mismo (8). Siempre haremos bien si hacemos lo que quisiéramos que los otros nos hicieran a nosotros si las condiciones fueran a la inversa.
Esta ley para la guía de la conducta cristiana es conforme a la Escritura. Se la cita del Antiguo Testamento (Lv. 19:18) y fue reafirmada en las enseñanzas de Jesús (Mt. 22:39). Es la ley real porque es la palabra de nuestro Señor; es la ley real porque cuando es observada en acciones, en verdad no podemos quebrantar ninguna de las leyes de Dios que gobiernan nuestras relaciones con nuestro prójimo. Guardar esta ley es guardarlas todas.


    2.      La parcialidad es pecado (2:9–11)

El autor va avanzando hacia la conclusión de su argumento: Si los cristianos observan la ley del amor agradarán a Dios, pero cuando muestran parcialidad cometen un pecado. En 9–11 anticipa una posible objeción. “¿Por qué dar tanta importancia a esta cuestión de la acepción de personas? Es sólo una ofensa que ciertamente no ha de tomarse demasiado en serio.” Santiago refuta esta objeción señalando que quebrantar cualquier parte de la ley es quebrantar toda la ley.

a. Todo pecado quebranta la ley de Dios (2:10). ¿Qué quiere decir Santiago cuando afirma que cualquiera… que ofendiere en un punto (de la ley), se hace culpable de todos? (10). Ciertamente no quiere decir que quebrantar un mandamiento acarrea consecuencias tan malas como quebrantar los diez. Ni que las consecuencias de una falta menor son serias como los resultados de un pecado flagrante. 

Algunos de los estoicos más extremos afirmaban que el robo de un centavo eran tan malo como matar a nuestros padres. Pero Santiago era un cristiano, no un estoico. Jesús enseñó que debemos amar a Dios con todo el corazón. Todo pecado es evidencia de que mi amor a Dios no es completo. Todo pecado, pues, es tan malo como cualquier otro en el sentido de que quebranta mi comunión con Dios. Si ese pecado no es perdonado y esa comunión no es restablecida, uno ha roto su unión vital con Dios. 

En este sentido uno se hace culpable de todos: el guardar todos los otros mandamientos no tiene valor para satisfacer a Dios mientras rechazo su voluntad para mi vida en un solo punto. En este sentido un hombre es “culpable de todos en que quebranta toda la ley, aunque no el todo de la ley, porque ofende contra el amor, que es el cumplimiento de la ley.” Uno no puede cometer el pecado de menospreciar voluntariamente la personalidad humana y ser agradable a Dios más de lo que puede violar cualquier otro mandamiento y retener el favor de Dios.

b. La parcialidad es seria (2:11). En el verso 9 Santiago ha dicho que si hacemos acepción de personas somos convictos por la ley como transgresores. Ahora trata de mostrar la gravedad de esta transgresión. El mismo Dios que dijo: “No cometerás adulterio”, ordenó: “No matarás”—y esta clase de destrucción de la personalidad es homicidio. Santiago refleja aquí la extensión de Jesús del mandamiento contra el homicidio (cf. Mt. 5:21–22). Airarse contra un semejante es devastador; despreciar a una persona es, a los ojos de Dios, una forma de homicidio. Los hombres pueden ser destruidos por una actitud maligna tan efectivamente como por un ataque físico.


    3.      Vivir a la luz del juicio de Dios (2:12–13)

No podemos agradar a Dios en esta vida si nuestra conducta viola la regla de oro. Cuando comparezcamos en el Día del Juicio la misma regla estará en vigor. Por lo tanto Santiago exhorta: Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad (12).

El cristiano no está bajo la ley de Moisés. Desde que vino Cristo estamos bajo la ley de la libertad (12). Somos libres de los pequeños detalles de la ley antigua, pero seremos juzgados por la ley de Cristo—“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:37, 39). Esto es a la vez más severo y más benigno que la ley mosaica. “Será un juicio más profundo que el del hombre, porque no se detendrá en preceptos particulares ni aun en la acción exterior, cualquiera que fuere, sino que penetrará el temperamento y el motivo. Por otro lado, elimina todo cuestionamiento acerca del cumplimiento exacto de cada precepto separado. Si ha habido en uno el verdadero espíritu de amor a Dios y amor al hombre, éste es aceptado como el real cumplimiento de la ley.”

Se señala claramente el aspecto severo del juicio del Nuevo Testamento: Juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia (13). Esta es la posición de Jesús en Mateo 6:15: “Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” Pero aun así, Dios es un Dios de misericordia, y la misericordia triunfa sobre el juicio.

A la luz de estas verdades uno sólo puede orar: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad” (Sal. 139:23–24). No permitas que peque al ser parcial hacia el rico o menospreciar al pobre, aun bajo nombres más elegantes. Enséñame a juzgar mi conducta a la luz de tu Palabra. No dejes que sea guiado por mis propios temores o por los prejuicios del día en que vivo. Guíame por la senda en la que debo andar; entonces me presentaré ante ti sin temor. En el nombre de Jesús. Amén.

Bosquejo homilético
La igualdad a los ojos de Dios es para todos
2:1–13
Introducción: 
Una de las características de Dios en su soberanía, es que él mira con misericordia a todos los seres humanos por igual y en él no hay variación ni mudanza de su amor.

  I.      La fe del Señor es sin distinción, 2:1–4.
    1.      El Señor ama a todos por igual (v. 1).
    2.      El Señor exige a la congregación igualdad (vv. 2–4).
      (1)      Tanto con el pobre, como con el rico.
      (2)      Tanto con el débil, como con el fuerte.

  II.      La elección del Señor es sin distinción, 2:5–11.
    1.      A los pobres de este mundo (vv. 5–7).
      (1)      A quienes hace ricos en fe.
      (2)      A quienes hace herederos del reino.
    2.      A los que aman al prójimo como a sí mismos (vv. 8–11).
      (1)      Que no hacen distinción de personas (v. 9).
      (2)      Que no cometen adulterio ni homicidio (v. 11).

  III.      La misericordia del Señor es sin distinción, 2:12, 13.
    1.      Para los que hablan y actúan (v. 12).
    2.      Para los que practican la misericordia (v. 13).

Conclusión: 
El Señor tomará cuentas no solamente a los individuos como tales, sino que también a su iglesia le exigirá responsabilidad como lo plantea el apóstol Santiago.




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