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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla.

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6





El espíritu inmundo que vuelve
(Mt. 12.43–45)

43 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. 
44 Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. 
45 Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación. 

El sindrome de Ekbom

En 1896 Perrin describió este síndrome en tres pacientes llamándolo neurodermatitis parasitofobica, pero fue en 1938 cuando Karl Axel Ekbom un neurólogo, estructura sus causas, patogenia y pronostico, por lo cual lleva el nombre de Síndrome de Ekbom.
Este síndrome es una psicosis de ansiedad y rascado que el paciente experimenta por una supuesta parasitosis, donde aseguran que están infestados de ácaros, liendres, pulgas, vermes intestinales, entre otras. Se han descrito tres tipos:
- ECTOPARASITARIA: sienten los parásitos en la piel.

- ENDOPARASITARIA: sientes los parásitos en los órganos internos.
- MIXTA.

Los pacientes se presentan en el medico con lesiones de rascado, prurito y fobia a los parásitos, debe hacerse un diagnóstico diferencial antes de etiquetar al paciente en este síndrome. Lo podemos clasificar en:
SINDROME PRIMARIO se presenta como una psicosis hipocondríaca monosintomática que se manifiesta como un delirio monotemático fijo, en ausencia de esquizofrenia, trastorno afectivo primario o trastorno mental orgánico con personalidad conservada y sin deterioro psicótico.
SINDROME SECUNDARIO: se relaciona con diferentes enfermedades como son la esclerosis multiple, trastornos neurodegenerativos, Parkinson, demencia vascular, accidentes cerebrovasculares, traumatismos, tumores o infecciones del SNC, HIV, tuberculosis sistémica, diabetes mellitus, neuropatías periféricas, cáncer linfático, lupus eritematoso, artropatías severas, hiperbilirrubinemia, insuficiencia cardiaca congestiva, intoxicaciones a fármacos, adicciones al alcohol, cocaína, anfetaminas, etc., y diversos trastornos psiquiátricos.
Es un problema muy frustrante para la dermatología, ya que el paciente no tiene ningún problema médico. Por lo que el dermatólogo debe enviar al paciente con un psiquiatra para confirmar el diagnóstico, clasificar las causas, prevenir el daño y dar un tratamiento y seguimiento adecuado.
También pueden utilizarse medicamentos como la Pimozida, antipsicóticos, antidepresivos o inhibidores.
¿Cuál es la receta para la salud mental y el bienestar? San Agustín lo expresó así: «Mi alma no tiene descanso hasta que reposa en ti.» La Biblia es el libro fuente sobre esta cuestión. El principiante encontrará la mejor receta para la paz en el Evangelio de Juan, capítulo 3, versículos 1 al 21, y la mejor instrucción para mantener la paz mental en Filipenses capítulo 4, versículos 4 al 9.
El planteamiento defendido en la obra The Psychological Way/The Spiritual Way, por el doctor y la señora Bobgan es triple:
Hablar/escuchar
Confesión/aceptación
Reflexión/comprensión
“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos ni en silla de escarnecedores se ha sentado, antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Y será como árbol plantado junto a arroyos de agua que da su fruto a su tiempo, y su hoja no cae”.
(Salmos 1:1–2)


      •      “¿Quién está calificado para ser un buen consejero bíblico?”

         —El cristiano que tiene una relación personal con Dios, que está comprometido profundamente con Jesucristo y que vive bajo la dirección del Espíritu Santo está calificado para consolar y animar a los demás.
         —La persona que ha buscado y recibido personalmente el consuelo divino

      “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”. (2 Corintios 1:3–4)

         —La persona que ama a Cristo y se preocupa por las necesidades espirituales de los demás

      “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. (Gálatas 6:2)

         —La persona que debido a su estudio cotidiano de la palabra de Dios puede manejar la verdad con exactitud

      “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. (2 Timoteo 2:15)

         —La persona que ha sido llamada por Dios para aconsejar a otros

      “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará”. (1 Tesalonicenses 5:24)

      •      “¿Cuál es la principal responsabilidad del consejero bíblico?”

         —Para que la consejería sea efectiva en verdad, el consejero debe tener una relación sincera con Jesucristo, compañerismo con él y buscar la voluntad de Dios a través de su palabra.


      “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. (Juan 15:5)



 “¿Quién está calificado para ser un buen consejero bíblico?”
         —El cristiano que tiene una relación personal con Dios, que está comprometido profundamente con Jesucristo y que vive bajo la dirección del Espíritu Santo está calificado para consolar y animar a los demás.         —La persona que ha buscado y recibido personalmente el consuelo divino
      “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”. (2 Corintios 1:3–4)
         —La persona que ama a Cristo y se preocupa por las necesidades espirituales de los demás
      “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. (Gálatas 6:2)
         —La persona que debido a su estudio cotidiano de la palabra de Dios puede manejar la verdad con exactitud
      “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. (2 Timoteo 2:15)
         —La persona que ha sido llamada por Dios para aconsejar a otros
      “Fiel es el que os llama, el cual también lo hará”. (1 Tesalonicenses 5:24)
      •      “¿Cuál es la principal responsabilidad del consejero bíblico?”
         —Para que la consejería sea efectiva en verdad, el consejero debe tener una relación sincera con Jesucristo, compañerismo con él y buscar la voluntad de Dios a través de su palabra.
      “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. (Juan 15:5)


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martes, 5 de julio de 2016

bien es al hombre no tocar mujer. Mas a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su mujer, y cada una tenga su marido.

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




Mas a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su mujer

Libertad del abuso sexual masculino
Los sentimientos de repugnancia surgen rápidamente en la mente de la mayoría de las personas cuando se consideran imágenes de perversión sexual. Supongamos que esa fuera la percepción de usted mismo y que además fuera ministro del evangelio a tiempo completo. Para agravar el asunto añada el autoconcepto de ser un bastardo criado en un hogar de raza mixta, con todo el rechazo social que desgraciadamente le acompaña.

  • ¿Cómo se sentiría con respecto a su persona? 
  • ¿Aceptaría fácilmente el hecho de ser un santo que peca, o se vería como un pecador desgraciado? 
  • ¿Andaría en la luz, tendría comunión con otros creyentes y hablaría la verdad con amor? 
  • ¿O viviría una vida solitaria, muerto del susto pensando que alguien se va a dar cuenta de lo que realmente le sucedería por dentro? 
Tal es el caso de la siguiente historia.
*     *     *
La historia de Doug
Papá nunca me llamó «hijo».
Mi madre no estaba casada cuando nací, pero a los dos años se casó con un negro. Era una persona decente, pero nunca me llamó «hijo» ni jamás me dijo que me amaba. Cada vez que íba a algún lado con ambos padres era obvio que yo no era producto de su matrimonio y a veces me llamaban «el chiquillo de Sambo».
  • Cuando tenía edad preescolar, una mujer que me Cuidaba me llevó a su apartamento e hizo juegos sexuales conmigo. 
  • En los años siguientes realicé experimentación sexual con otros niños, 
  • fui explotado sexualmente por muchachas y muchachos mayores y finalmente 
  • fui violado por jóvenes.
Comprendía que mi identidad era «bastardo»: alguien que no había sido planeado ni deseado, un accidente. Muy pronto percibí que mis ansias de amor y de aceptación posiblemente se podrían satisfacer a través del sexo, y que al ofrecerle satisfacción a otros por medio del sexo, podría mostrarles que mi amor no era egoísta. Por tanto, el sexo llegó a ser una obsesión y con el tiempo me llevó a la perversión.

Traté muchísimo de lograr los aplausos y la aprobación también de parte del mundo «correcto», y gané muchos premios y honores en la escuela. Pero mi autoimagen estaba en cero y nadie ni nada parecía ayudarme. A los dieciséis años de edad me volví suicida.

Entonces un verano fui a un campamento y conocí personas que parecían quererme genuinamente. Allí me enteré del amor de Jesús por mí. La promesa de obtener ese amor, combinado con el enorme disgusto por mi persona, me condujo a recibirlo a Él como mi Salvador. En esa época ya sabía que mi estilo de vida era malo y que debía abandonarlo, pero lo había fijado durante años y me parecía que no tenía el poder para cambiar.

Sin embargo, me propuse seguir a Cristo, orando que de alguna manera milagrosa me transformara un día en la persona que ansiaba ser. Me preparé para el ministerio, me gradué y luego me puse a trabajar con ahínco. Creo que parte de lo que me motivaba a trabajar en el ministerio fue darme a otros con el fin de que a cambio, me amaran a mí.
Desde el principio, nuestra relación matrimonial estaba perdida.
Al cabo de unos cuantos años me casé con una mujer maravillosa. Desde el principio nuestra relación matrimonial estaba perdida por la invasión de imágenes masculinas; mi propia perversión en el pasado destruyó toda posibilidad de tener una vida sexual saludable. 

Constantemente luchaba por no retroceder a las formas anteriores de sexo ilícito. Recurrí a la masturbación, cosa que consideraba sexo «protegido» dado que así podía controlar mi ambiente.

Mi esposa siempre me fue leal, pero definitivamente sentía que algo andaba mal. No fue sino hasta que cumplimos diez años de casados que finalmente le conté un poco respecto a mi problema. Esa noticia fue muy dolorosa para ella, pero a la vez sintió alivio de conocer al fin la verdad.

Escuchaba conferenciante tras conferenciante hablar de la victoria en Jesús y yo pensaba: Eso es bueno para el que no tiene un pasado como el mío. A otros les dará resultados, pero no a mí. Simplemente voy a tener que vivir con mi pecado. Más adelante tendré el cielo, pero por ahora debo lidiar con las realidades de mi pasado. Sentía que estaba encadenado en una horrible identidad; era una esclavitud muy pesada.
Si me suicidara, esperaba que pareciera un accidente.
Desarrollé un plan de contingencias en caso de que alguien se enterara de que había sido «homosexual» o bisexual. Conduciría mi auto contra un camión de transporte. Por años estuve preparando el camino contándole a la gente que me daba muchísimo sueño tras el volante y tenía que comer algo para mantenerme despierto. Si tuviera que suicidarme, esperaba que pareciera un accidente para que a mi familia le dieran dinero del seguro.

Una noche, en un grupo de terapia, me hipnotizaron y conté algo de mi problema; más de lo que debí. Salí con el estímulo del grupo, pero no me sentí bien por lo que les había contado. De regreso a casa busqué uno de esos camiones por la carretera solitaria, decidido a terminar con mi vida, pero no apareció ninguno. Apenas metí el auto en la entrada de la casa, mis hijos salieron corriendo a recibirme y su aceptación y amor fue tan maravilloso que rápidamente volví a la realidad.
Di el paso para alejarme de mi prisión de autocompasión.
Luego de algunos fracasos en el ministerio, pedí consejos a unos hermanos cristianos mayores. Uno de ellos me dijo: «Te oigo decir que te esfuerzas tratando de comprobar que eres digno». Esa fue una verdad muy dura e inmediatamente me metí en mi patrón «autocompasivo» diciendo: «Señor, nunca ha habido una persona más rechazada que yo». Entonces fue como si Dios hubiera hablado en voz alta a mi mente diciendo: «Al único a quien le di la espalda fue a mi propio Hijo, quien llevó tus pecados en la cruz». Ese fue un paso hacia la recuperación, de alejarme de mi prisión de autocompasión.

Poco a poco hubo crecimiento. Dios me estaba ayudando a ver las cosas desde una perspectiva distinta y ya mis pasiones no me controlaban tanto. Pero me seguía molestando la realidad de que nuestra relación matrimonial no era todo lo que debía ser.
En una escala de diez, las tentaciones en mi vida mental bajaron a dos.
Tuve la oportunidad de sentarme bajo la enseñanza de Neil y de oírlo hablar del conflicto espiritual. Aprendí algunas dimensiones nuevas sobre la resistencia a Satanás y, en una escala de diez, las tentaciones en mi vida mental bajaron a dos. Mi vida de oración llegó a ser más vibrante e intensa. Mi necesidad de sentir autogratificación sexual que había tenido durante veinticinco años disminuyó hasta tal punto que se eliminó totalmente.

Al fin encontré que podía tener una relación normal con mi esposa sin que pasara por mi mente un video de otros imponiéndose sexualmente sobre mí. Fue algo sano y bello. Todos esos cambios sucedieron sin que yo los persiguiera. Me senté a aprender de Neil y el Señor hizo lo demás.
Pensaba que como único se acaba con el pecado es destruyendo al pecador.
Entonces surgieron algunas dificultades y me di cuenta de que estaba sufriendo un ataque y que debía reforzar lo aprendido. La verdad que me había ayudado de maneras distintas fue quién era yo en Cristo, definido por mi Salvador y no por mi pecado. 

En Romanos pude ver la diferencia entre quién soy y mi actividad: «Y si hago lo que yo no quiero, ya no lo llevo a cabo yo, sino el pecado que mora en mí» (Romanos 7:20). Al fin pude separar el verdadero yo de mis acciones. 

La razón por la que en todos esos años había sentido tendencias al suicidio fue porque creía que como único acabaría con el pecado era destruyendo al pecador. Todavía sufría una lucha constante entre la autoridad de mis experiencias contra la autoridad de las Escrituras, pero al escoger la verdad y hacerle frente a las mentiras de Satanás empecé a experimentar mi verdadera identidad.

Pude aprovecharme de la ayuda que me dio Neil cuando hablé en un congreso eclesiástico de fin de semana. Después de la última sesión hubo un rato de testimonios en que la gente empezó a confesar sus faltas unos a otros, como un miniavivamiento. Nunca había visto algo así; fue una experiencia bellísima.

Pero mientras hablaba en ese congreso sobre el conflicto espiritual, a cientos de millas de distancia, mi esposa pasó un susto por manifestaciones demoníacas en nuestra casa. Tuvo que llamar a nuestros amigos para que la apoyaran y oraran por ella. Esto llegó a ser una pauta que continuó por un período.

En el lado positivo, por medio de nuestro ministerio las personas se liberaban de ataduras que las habían esclavizado por años. Las víctimas de abuso que habían tenido relaciones desequilibradas recibían restauración en sus matrimonios y los pastores se liberaban de problemas que paralizaban a sus ministerios. A la vez nos vimos hostigados por Satanás y agotados por un horario abarrotado.
Durante esa opresión hubo una oleada de pensamientos perversos.
Ahora que reflexiono sobre la vez en que había planeado quitarme la vida pero que al llegar a casa encontré a mis hijos en la entrada, me doy cuenta de que muchos de mis recuerdos del pasado se habían bloqueados, misericordiosamente. Sin embargo, durante la opresión demoníaca que vino después, hubo escenas retrospectivas de conducta depravada y oleadas de pensamientos perversos. Luego habría un torrente de pensamientos autodestructivos en los que el suicidio era de nuevo la salida más fácil para toda la presión que experimentábamos.

Entraba y salía de la realidad sin poder controlarlo. Me dio miedo volverme loco. Me despertaba a medianoche sudando por haber soñado con horrores increíbles como matar a mis seres queridos y colocar sus cadáveres en bolsas transparentes.

Hablé de este ataque con mis hermanos en Cristo y hubo un apoyo masivo en oración. Estaba muy débil y vulnerable, y necesitaba el apoyo de la oración por parte del pueblo de Dios para quitarme de encima esa arremetida de depresión demoníaca. Finalmente se fue, y de nuevo pude pensar con objetividad y espiritualidad sobre los asuntos.
La fortaleza que tengo hoy se debe a que no estoy solo.
Por la experiencia me he convencido de que nadie es tan fuerte que pueda mantenerse solo. Tengo una esposa que ora por mí, un grupo de apoyo de hombres con quienes me reúno una vez por semana, un estudio bíblico en la iglesia, y amigos dedicados y seres queridos. Todos necesitamos un cuerpo de creyentes para animarnos, gente que con nosotros enfrente los ataques del enemigo.

Anticipo con gozo los retos futuros. Nuestro ministerio continúa. Mi esposa y yo todavía estamos resolviendo algunos asuntos en nuestro matrimonio que no se habían solucionado totalmente, pero no hay nada allí que Dios no pueda sanar. Mi aceptación de Él es mi mayor fortaleza. Gracias a su amor incondicional no tengo que probar que soy digno. No hay nada que pueda hacer para aumentar su indiscutible amor por mí.

Donde antes llevaba la etiqueta de «bastardo», Colosenses me indica que en Cristo somos elegidos, amados y santos. Estas son las nuevas etiquetas que luzco, y que establecen mi identidad.
Dios dice que Él me escogió y no precisamente como el último del grupo.
Cuando era niño y otros escogían a los miembros de los equipos de béisbol, me parecía que escogían a todo el mundo antes que a mí. Era como si yo fuera una desventaja para el equipo que me escogiera. Pero Dios dice que Él me escogió y no fue precisamente como el último del grupo.

Recientemente pude tomar la mano de papá y decirle que no ha habido momento en que lo amara más que ahora, ni que estuviera más orgulloso de él que ahora. Se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo: «No creí jamás que te importaba. Nunca supe que yo era tan importante para ti». Me acercó a él, me estrechó en sus brazos y me dijo por primera vez: «Hijo, te amo».
¡Cómo penetró eso en las profundidades de mi corazón!

Dios tiene el ministerio de reparar nuestras vidas. Nos está cambiando a su semejanza. Está uniendo todas las piezas separadas, tocando todas las relaciones entre padre e hijo, esposo y esposa. Ha empezado la buena obra y la continuará hasta que estemos delante de él, completos en Cristo.
*     *     *
¿Dónde está su identidad?
Hay muchas maneras enfermizas de identificarnos, y el hacerlo de acuerdo al color de nuestra piel o al estigma conectado con nuestro nacimiento es la más enfermiza. Si tuviéramos sólo una herencia física, tendría sentido tomar nuestra identidad del mundo natural. Pero tenemos también una herencia espiritual.

Repetidas veces Pablo amonesta a la iglesia para que se despoje del viejo hombre y se vista del hombre nuevo: «El cual se renueva para un pleno conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó. Aquí no hay griego ni judío, circuncisión ni incircunsición, bárbaro ni escita, esclavo ni libre; sino que Cristo es todo y en todos» (Colosenses 3:10, 11). En otras palabras, deje de identificarse por la raza, religión, cultura y sociedad. ¡Encuentre su identidad común en Cristo!
La esclavitud del pecado
Todo aquel que amontone más condenación sobre este pastor o sobre cualquiera que lucha así, ayuda al diablo y no a Dios. El diablo es el adversario, Jesús nuestro abogado. No hay nada que quiera más la gente atrapada por el pecado sexual que ser libres.
Ningún pastor en sus cinco sentidos botaría su ministerio por una noche de placer, sin embargo, muchos lo hacen. ¿Por qué? ¿Podremos ser siervos de Cristo y a la vez cautivos del pecado? Tristemente, hay muchos que viven como siervos en ambos reinos, habiendo recibido libertad del reino de las tinieblas y trasladados al reino del Hijo amado de Dios. Aun cuando ya no estemos en la carne por estar en Cristo, todavía podemos andar (vivir) de acuerdo a la carne, si así lo decidimos. Y la primera obra de la carne enumerada en Gálatas 5:19 es la inmoralidad (fornicación).

Hice una encuesta del cuerpo estudiantil de un seminario y me di cuenta que 60% se sentía culpable por su moralidad sexual. El otro 40% estaba probablemente en varias etapas de negación. Todo cristiano legítimo anhelaría ser sexualmente libre. El problema es que los pecados sexuales son únicos en su resistencia al tratamiento convencional. En todo caso, sí se puede lograr la libertad. Permítame establecer una base teológica para la libertad y luego sugerir algunos pasos prácticos que debemos tomar.
Dos elementos fundamentales
Si tuviera que resumir las dos funciones imprescindibles que deben ocurrir para que un creyente sea liberado y mantenga esa libertad, diría: «Primero, actúe. Haga algo respecto a la disposición neutra de su cuerpo físico, entregándolo a Dios. Segundo, sea vencedor en la batalla por su mente, programándola de nuevo con la verdad de la Palabra de Dios». Pablo resumió ambas funciones en Romanos 12:1, 2:
Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este mundo; más bien, transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, de modo que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.
En este capítulo quiero discutir el asunto del pecado sexual habitual en su relación con el cuerpo físico. En el siguiente capítulo trataré el tema de la batalla por nuestra mente en relación a las ataduras sexuales.

En Romanos 6:12 se nos amonesta que no dejemos que el pecado reine en nuestros cuerpos mortales para obedecer sus malos deseos. Esa es nuestra responsabilidad: no dejar que el pecado reine en nuestros miembros. Lo difícil es que la fuente de los conflictos son «vuestras mismas pasiones que combaten en vuestros miembros» (Santiago 4:1).
Muertos al pecado
En Romanos 6:6, 7 encontrará el concepto básico que debemos entender para no dejar que el pecado reine en nuestros cuerpos: «Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto ha sido justificado del pecado». A menudo pregunto en una conferencia: «¿Cuántos han muerto con Cristo?» Todo el mundo levanta sus manos y luego pregunto: «¿Cuántos son libres del pecado?» Debería haber el mismo número de manos, o si no, esta gente tiene un problema con las Escrituras.

Cuando fracasamos en nuestro andar cristiano es común razonar: «¿Qué experiencia debo tener para vivir como si llevara la muerte de Cristo?» La única experiencia necesaria fue la que Cristo tuvo en la cruz. Muchos tratan una y otra vez de hacer morir al viejo ser (hombre) y no pueden. ¿Por qué no? ¡Porque el viejo ser ya murió! No se puede volver a hacer lo que ya Cristo hizo por usted. La mayoría de los cristianos tratan desesperadamente de convertirse en lo que ya son. Recibimos a Cristo por la fe … andamos por la fe … somos justificados por la fe … y también somos santificados por la fe.

Sin embargo, en mi propia experiencia muchas veces no me siento muerto al pecado. Muy a menudo me siento vivo al pecado y muerto a Cristo, aun cuando se nos amonesta «vosotros, considerad que estáis muertos para el pecado, pero que estáis vivos para Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6:11). Es importante reconocer que tomar esto como cierto lo hace cierto. Lo tomamos como cierto porque es cierto. 

Creer algo no lo convierte en la verdad. Es verdad; por tanto, lo creo. Y cuando decidimos caminar por fe de acuerdo a lo que afirman las Escrituras, termina siendo la verdad en nuestra experiencia. Así que, para resumir: Usted no puede morir al pecado porque ya murió al pecado. Decida creer esa verdad y andar en ella por la fe, entonces el resultado de estar muerto al pecado se va desarrollando en su experiencia.

De manera similar, no sirvo al Señor para lograr su aprobación. Soy aprobado por Dios; por tanto, le sirvo. No trato de vivir en rectitud con la esperanza de que algún día Él me ame. Vivo con rectitud porque ya Él me ama. No trabajo en su viña tratando de ganarme su aceptación. Soy aceptado en el Amado; por tanto, le sirvo con muchísimo gusto.
Vivamos libres
Cuando el pecado hace su llamado, yo digo: «No tengo que pecar porque ya he sido librado de las tinieblas y ahora estoy vivo en Cristo. Satanás, tú no tienes ninguna relación conmigo y ya no estoy bajo autoridad». El pecado no ha muerto. Sigue siendo fuerte y atractivo, pero ya no estoy bajo su autoridad y no tengo ninguna relación con el reino de las tinieblas. Romanos 8:1, 2 ayuda a aclarar el asunto: «Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte».

¿Estará funcionando todavía la ley del pecado y de la muerte? Sí, y se aplica a todo el que no esté en Cristo, a los que no lo han recibido en sus vidas como su Salvador. También está en efecto para cristianos que han decidido vivir de acuerdo a la carne. En el mundo natural podemos volar si vencemos la ley de la gravedad con una ley superior. Pero en el momento que desconectamos esa potencia superior, perdemos nuestra altura.

Así es con nuestra vida cristiana. La ley del pecado y de la muerte se reemplazó por una potencia superior: la resurrección de Cristo. Pero caeremos el momento en que dejemos de andar en el Espíritu y de vivir por la fe. Así que: «Vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis provisión para satisfacer los malos deseos de la carne» (Romanos 13:14). Satanás no puede hacer nada respecto a nuestra posición en Cristo, pero si logra que creamos lo que no es cierto, viviremos como si no fuera cierto, aun cuando lo sea.
Nuestros cuerpos mortales
En Romanos 6:12 se nos advierte que no dejemos que el pecado reine en nuestros cuerpos mortales, luego el versículo 13 nos da la percepción de cómo lograrlo: «Ni tampoco (sigáis presentando) vuestros miembros al pecado, como instrumentos de injusticia; sino más bien presentaos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia». Nuestros cuerpos son como un instrumento que se puede usar para el bien o para el mal. No son malos sino mortales, y todo lo mortal es corruptible.

Pero para el cristiano existe la maravillosa anticipación de la resurrección cuando recibiremos un cuerpo imperecedero como el de nuestro Señor (1 Corintios 15:35ss). Pero hasta entonces tenemos un cuerpo mortal, que puede estar al servicio del pecado como instrumento de iniquidad o al servicio de Dios como instrumento de justicia.

Obviamente, es imposible cometer un pecado sexual sin usar nuestro cuerpo como instrumento de iniquidad. Cuando lo hacemos, permitimos que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal y obedecemos las pasiones de la carne en vez de ser obedientes a Dios.


Personalmente, creo que la palabra pecado en Romanos 6:12 se personifica en referencia a la persona de Satanás: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus malos deseos». Satanás es pecado: el compendio del mal, el príncipe de las tinieblas, el padre de las mentiras. Me sería demasiado difícil entender cómo un simple principio, y no una influencia malévola personal, pudiera reinar en mi cuerpo mortal de tal forma que yo no tuviera ningún control sobre el mismo.

Aun más difícil de entender es cómo echar un principio de mi cuerpo. Pablo dice: «Parece que la vida es así, que cuando quiero hacer lo recto, inevitablemente hago lo malo» (Romanos 7:21, La Biblia al día). Lo que está presente en mí es el mal (la persona, no el principio) y es así porque en algún momento usé mi cuerpo como instrumento de iniquidad.

Pablo concluye con la promesa victoriosa de que no tenemos que permanecer en este estado de iniquidad: «¿Quién me libertará de la esclavitud de esta mortal naturaleza pecadora? ¡Gracias a Dios que Cristo lo ha logrado!» (Romanos 7:24, 25, La Biblia al día). ¡Jesús nos dará libertad!
Pecamos con nuestros cuerpos
1 Corintios 6:15–20 define la relación vital entre el pecado sexual y el uso de nuestros cuerpos:
¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡De ninguna manera! ¿O no sabéis que el que se une con una prostituta es hecho con ella un solo cuerpo? Porque dice: Los dos serán una sola carne. Pero el que se une con el Señor, un solo espíritu es. 
Huid de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues habéis sido comprados por precio. Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo.
Todo creyente está en Cristo y es miembro de su cuerpo. Unir mi cuerpo con una prostituta sería usar mi cuerpo para pecar, en vez de usarlo como un miembro del cuerpo de Cristo: la iglesia. «El cuerpo no es para la inmoralidad sexual, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Corintios 6:13). Si está unido al Señor en Cristo, ¿se imagina el torbellino interno que resultaría si a la vez está unido físicamente con una prostituta? Esa unión crea una atadura impía que se opone a la unión espiritual que tenemos en Cristo. La esclavitud que viene como resultado de esa unión es tan tremenda que Pablo nos advierte: «Huid de la inmoralidad sexual». ¡Salga corriendo!

Los pecados sexuales forman una categoría aparte, ya que todos los demás pecados están fuera del cuerpo. Podemos ser creativos en la manera de arreglar, organizar o usar de otra manera lo que Dios ha creado, pero no podemos crear algo espontáneamente de la nada como sólo Dios puede hacer. La procreación es el único acto creativo en que el Creador permite que el hombre participe, y Dios ofrece instrucción muy detallada de cómo debemos vigilar el proceso de traer a este mundo otras vidas. Limita el sexo a un acto íntimo del matrimonio, exige que el lazo matrimonial dure hasta que la muerte los separe y encarga a los padres proporcionar un ambiente que fomente la crianza de los niños en el conocimiento del Señor.
La perversión satánica
Cualquiera que haya ayudado a las víctimas a salir del abuso ritual satánico sabe cuan profundamente Satanás viola las normas de Dios. Esos rituales son las orgías sexuales más repugnantes que jamás su mente se atrevería a imaginar. 
No es el sexo como lo entendería un humano normal. Por el contrario, es la explotación más desgarradora, obscena y violenta de otro ser humano que usted pueda imaginar. Violan y torturan a los niñitos. El clímax para un satanista es sacrificar a alguna víctima inocente en el momento del orgasmo. 
La palabra «enfermizo» no puede describir con justicia el abuso. La «maldad absoluta» y la «iniquidad total» describen mejor el increíble envilecimiento de Satanás y de sus legiones de demonios. Si Satanás apareciera como es en nuestra presencia ¡creo que sería un noventa por ciento de órgano sexual!

Los satanistas tienen ciertos reproductores escogidos para desarrollar una «super» raza satánica que según ellos gobernará este mundo. A otros reproductores se les exige que traigan sus crías o fetos abortados para sacrificarlos. 

Satanás hará todo lo que pueda para establecer su reino, mientras que a la vez intenta pervertir la descendencia del pueblo de Dios. Con razón los pecados sexuales son tan repugnantes para Dios. Usar nuestros cuerpos como instrumento de iniquidad permite que Satanás reine en nuestros cuerpos mortales. Hemos sido comprados con un precio, hemos de glorificar a Dios en nuestros cuerpos. En otras palabras, debemos manifestar la presencia de Dios en nuestras vidas conforme producimos fruto para su gloria.
El comportamiento homosexual
Si bien la homosexualidad es una fortaleza que va en aumento en nuestra cultura, no existe tal cosa como un homosexual. Considerarse homosexual es creer una mentira, porque Dios nos creó varón y hembra. Sólo existe el comportamiento homosexual, y normalmente esa conducta fue desarrollada en la primera infancia y fue reforzada por el padre de las mentiras. Cada persona a quien he aconsejado y que lucha contra las tendencias homosexuales ha tenido una fortaleza o atadura espiritual importante, algún aspecto de su vida donde Satanás tiene pleno control.

Pero no creo en un demonio específico de homosexualidad. Esa mentalidad nos tendría echando fuera ese demonio y entonces la persona estaría totalmente liberada de futuros pensamientos y problemas. No conozco ningún caso así, aunque no podría presumir de limitar a Dios de realizar semejante milagro. Sin embargo, he ayudado a muchísima gente atada por la homosexualidad, a encontrar su libertad en Cristo y la he dirigido hacia una nueva identidad en Él y a la comprensión de cómo resistir a Satanás en esta área.

Los que se ven cautivos por el comportamiento homosexual luchan contra toda una vida de malas relaciones, de hogares desajustados y de confusión de papeles. Sus emociones han sido atadas al pasado y se lleva tiempo establecer una nueva identidad en Cristo. Típicamente pasan por un arduo proceso de renovación de mentes, pensamientos y experiencias. En la medida en que lo hacen, sus emociones finalmente se conforman a la verdad que ahora han llegado a creer.

Los gritos proferidos desde el púlpito diciendo que los homosexuales tienen el infierno como su destino, sólo desespera más a los que luchan con ese problema. Los padres autoritarios que no saben amar contribuyen a una mala orientación de su hijo y los mensajes de condena refuerzan una autoimagen ya dañada.

No me malentienda. Las Escrituras condenan claramente la práctica de la homosexualidad, así como de todas las demás formas de fornicación. Pero imagínese lo que debe ser padecer sentimientos homosexuales que uno ni siquiera pidió, para luego saber que Dios le condena por ello. 

Como resultado, muchos quieren creer que Dios los creó así, mientras que los homosexuales militantes tratan de comprobar que su estilo de vida es una alternativa legítima a la heterosexualidad, y se oponen violentamente a los cristianos conservadores que dicen otra cosa.

A los que batallan contra las tendencias homosexuales, debemos ayudarlos a establecer una nueva identidad en Cristo. Hasta los consejeros seculares saben que la identidad es un asunto clave en la recuperación. ¡Cuánto mayor no será el potencial de los cristianos para ayudar a esta gente, ya que tenemos un evangelio que nos libera de nuestro pasado y nos establece en Cristo! 

Así que, como consejero pido a las personas atrapadas por la homosexualidad que profesen su identidad en Cristo. También les pido que renuncien a la mentira de que son homosexuales y que declaren la verdad de que son hombres y mujeres. Algunos quizás no tengan una transformación inmediata, pero su declaración pública los coloca en el camino de la verdad, de ahí en adelante pueden decidirse a continuar o no en él.
La salida de la atadura sexual
¿Qué puede hacer uno cuando está esclavizado sexualmente? 
  • Primero, sepa que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. Despreciarse a uno mismo o a los demás no resuelve esta atadura. La acusación es una de las tretas de Satanás. Además, el suicidio definitivamente no es el medio que Dios tiene para liberarlo.
  • Segundo, siéntese solo, o con una amistad de mucha confianza, y pídale al Señor que le revele a su mente todas las veces que usó su cuerpo como instrumento de iniquidad, incluyendo cada pecado sexual.
  • Tercero, responda verbalmente a cada ofensa conforme la recuerde, diciendo: «Confieso (el pecado que sea) y renuncio ese uso de mi cuerpo». Un pastor me dijo que una tarde pasó tres horas solo y fue totalmente purificado después. Las tentaciones todavía se presentan, pero se ha destruido su poder. Ahora tiene la posibilidad de decirle «no» al pecado. Si usted cree que este proceso podría durar demasiado tiempo, ¡trate de no hacerlo y verá lo larga que le parecerá el resto de una vida arrastrándose en medio de la derrota! Tómese un día, dos días o una semana si es necesario.
  • Cuarto, cuando haya terminado de confesar y de renunciar, diga lo siguiente: «Me comprometo ahora con el Señor y mi cuerpo como instrumento de rectitud. Te presento mi cuerpo como sacrificio vivo y santo a Dios. Te ordeno, Satanás, que te vayas de mi presencia y a ti, Padre celestial, te pido que me llenes de tu Espíritu Santo». Si es casado, diga también: «Reservo el uso sexual de mi cuerpo sólo para mi cónyuge, de acuerdo a 1 Corintios 7:1–5».
  • Por último, decida creer la verdad de que está vivo en Cristo y muerto al pecado. Habrá muchas ocasiones en que la tentación podrá ser arrolladura, pero tiene que declarar su posición en Cristo en el primer momento en que esté consciente del peligro. Diga con autoridad que ya no tiene que pecar, porque está en Cristo. Luego viva por la fe de acuerdo a lo que Dios dice que es verdad.
Echar de mi cuerpo el pecado es la mitad de la batalla. Renovar mi mente es la otra mitad. Los pecados sexuales y las prácticas de ver pornografía tienen la mala costumbre de quedarse dentro del banco de su memoria por mucho más tiempo que otras imágenes. Ser liberado es una cosa; mantenerse libre es otra. 
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sábado, 2 de junio de 2012

Consejería Cristiana: Para Ministros y Predicadores Itinerantes


biblias y miles de comentarios
Base bíblica 2: La depravación del hombre
¡Cuán bella sería la historia humana si la Biblia terminara con Génesis capítulo dos! Dios creó al hombre, digno, honroso, un perfecto reflejo suyo. Vivían en perfecta harmonía en el verdadero paraíso. Esto era el propósito de Dios y su diseño original para nuestra raza. Parece como un sueño lejos de la realidad que vivimos.
La entrada del pecado al mundo cambió todo. Inmediatamente cuando Adán y Eva pecaron, la imagen divina fue estropeada, la dignidad fue distorsionada y las consecuencias del pecado que padecemos hasta hoy día comenzaron. Es menester entender estas consecuencias en el contexto de la consejería bíblica. Si no fuera por el pecado y sus efectos no habría necesidad de la consejería. La meta sobresaliente de la consejería bíblica es cooperar con Dios en la obra de restaurar la imagen suya, y restituir al hombre a su diseño original. Si fuéramos competentes como consejeros tendríamos que comprender cómo el pecado ha afectado cada aspecto de la vida humana. La magnífica imagen de Dios, las preciosas relaciones humanas y el vínculo entre Creador y criatura, todos llevan la mancha del pecado.
Consideremos, pues, las consecuencias pecaminosas como aparecen en Génesis capítulo tres. La pareja original decidieron actuar fuera del plan de Dios. Dios les había creado sin necesidad. Fueron honorables, sin falta alguna, reflejos cristalinos de Dios, verdaderos señores de la tierra. Disfrutaron el compañerismo perfecto, la harmonía sin impedimentos y la comunión de Dios. Sin embargo el Tentador sembró la idea de que su situación era menos que idílica con la declaración (v. 5), «sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal».
Ahora, recordemos que tenían una relación perfecta con Dios. Podrían preguntarle, «Padre, ¿hay algo que debemos saber sobre el bien y el mal?» Pero no confiaron en Dios, sino escucharon a la serpiente y decidieron que tenían una necesidad que debían suplir por ellos mismos. Así actuaron en independencia de Dios, tomaron el fruto y lo comieron.
Dios creó al hombre para relaciones. Una de las principales consecuencias del pecado es su influencia negativa sobre las relaciones humanas. Observamos el comienzo de estos efectos en Génesis 3.
Primeramente el pecado dañó la relación entre Dios y el hombre. Dios había provisto todas las necesidades del hombre. Vivía en el paraíso. Tenía comida, trabajo, propósito, dignidad, inteligencia, seguridad, compañerismo y amor. Era dependiente de Dios, pero así Dios le creó, y así su vida funcionaba perfectamente. Veamos lo que le pasó a esta relación dependiente e idílica cuando el pecado entró.
Como hemos visto, Adán y Eva tomaron la decisión de comer del fruto prohibido. Decidieron no creer en la palabra de Dios, sino creyeron a otra criatura, la serpiente. No consultaron a Dios sobre el asunto, sino confiaron en sus propias percepciones (v. 6), y actuaron independientes de Dios. Desde entonces el ser humano ha sido intensamente independiente. Hay un compromiso intrínseco en el pecaminoso corazón humano para hacer las cosas por sí mismo. Hasta que aun la palabra dependencia suena como debilidad. ¿Cómo fue su reacción cuando usted leyó el último párrafo? Allí hablamos de la vida humana original, ideal, perfecta y dependiente. ¿No suena paradójico hablar de la vida ideal y dependiente? Hay algo dentro de nosotros que se rebela contra la idea de depender de alguien o algo.
Soy norteamericano. Nací en los Estados Unidos de América, crecí en el Canadá y actualmente vivo en los E.U.A. La independencia es uno de los ideales fuertes de los norteamericanos. Su herencia es la gente que vinieron de Europa y otras partes para conquistar una tierra nueva. Nuestros antepasados fueron gente que confiaron en sí mismos. En la mente norteamericana las personas dependientes son personas débiles. Sin embargo esto no es la idea de Dios. Él nos creó dependientes de Él e interdependientes el uno del otro.
Lamentablemente, la independencia humana se extiende aún hasta la relación con Dios. Tal como nuestros padres originales tomaron su decisión de pecar fuera de Dios, nosotros vivimos y actuamos la mayoría del tiempo fuera de Dios. Como si fuera débil buscar ayuda o depender de otra persona, hay una reacción fuerte dentro de nosotros de no buscar la ayuda de Dios, o depender de Él. Lo triste de esto es que nuestra independencia nos mantiene separados de Dios. Hay otra palabra que podríamos usar para esta independencia. Es el egoísmo. Cuando Adán y Eva pecaron tomaron una decisión egoísta. Hasta hoy, todos nosotros, sus descendientes, hemos tomado nuestras decisiones egoístas, independientes de Dios.
Dios creó al hombre para relacionarse con él y sus semejantes. Ya por medio del egoísmo e independencia del hombre, la relación con Dios se interrumpió. Lea el triste versículo ocho.
«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Parece que Dios tenía el hábito de llegar al huerto y pasear con sus criaturas. ¿No le parece utópica la idea de pasear con Dios, el Creador, en un huerto perfecto, a la hora precisa cuando el aire es más fresco? ¡AHHH!… Pero, espere. No les pareció tan agradable a Adán y Eva. Cuando oyeron la voz de Dios, huyeron de Él y se escondieron de su presencia. Tenían miedo de Dios, y no pudieron aguantar su presencia. Hasta hoy día la humanidad ha huido y se ha escondido de la presencia de Dios. Dios creó al hombre para tener compañerismo con él. Pero ya le vemos persiguiendo a su creación, y al hombre huyendo de su presencia. Muchos hombres y mujeres se esconden de Dios detrás del alcoholismo, adicciones, perversiones sexuales, enojo, amargura, trabajo excesivo, anorexia, bulimia, o la búsqueda del dinero, fama o poder. Estas cosas brotan en pleitos, familias destruidas, corazones quebrantados y personas destruidas. Si quitamos todos los escombros de la vida arruinada, si eliminamos las cosas que el hombre usa para esconderse, encontramos al hombre o a la mujer desnuda, sola, temblando por miedo de oír la voz de Dios. La misma voz de Dios todavía llama a la humanidad, «¿Dónde estás tú?» Y el hombre se esconde de la voz divina.
Pero, los efectos del pecado sobre la relación del hombre con Dios no terminaron con la huida del hombre. En el versículo 10 el hombre confesó su miedo a Dios. Parece irónico cómo la criatura podría tener miedo de su propio Creador. No obstante, todavía es Dios quien tiene la solución de las necesidades de millones de personas que le temen y quieren esconderse de Él.
Además, el hombre ya tiene la insolencia de echarle la culpa del problema a Dios. Cuando Dios le preguntó si le habían desobedecido, la respuesta en el versículo 12 es «la mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (énfasis del autor). ¡Interesante! En el capítulo 2 versículo 23 había dicho, «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne, será llamada Varona, porque del varón fue tomada». Palabras que alaban a Dios por su regalo y dan dignidad, aceptación y honra a la mujer. Pero, después que pecó, las palabras cambiaron a palabras de desprecio y culpa. «Dios, no soy yo el culpable, es la culpa de esta mujer, y fíjate, realmente es la culpa tuya, tú la creaste y me la diste.»
Cuán lejos del original llegó el hombre por medio de un solo acto pecaminoso. La relación con Dios de compañerismo, confianza y dependencia nunca sería igual. Pero también, Dios creó a la humanidad para relacionarse el uno con el otro. Esto también fue afectado.
Como vimos antes, el versículo 25 del capítulo 2 es un bello versículo. Vemos allí la comunicación y comunión perfecta entre el hombre y su esposa. No hay barreras, disfraces ni inhibiciones en la completa intimidad, en la comunicación y comunión conyugal. Estaban desnudos sin sentir vergüenza. Pero, ¿qué pasó cuando el pecado entró a la raza humana? En contraste con este versículo encontramos el versículo 7 del capítulo 3 como triste y feo. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.» Con la entrada del pecado, la intimidad, abertura y comunicación entre el hombre y su esposa fueron empeñados con la vergüenza, temor y desconfianza. Aquí vemos al esposo y a la esposa sin la confianza y franqueza para estar desnudos. Fíjense, no había nada digno en la vergüenza aquí. Es completamente propio para el marido y su esposa estar desnudos. Es la situación propia para la desnudez sin vergüenza. Sin embargo, el pecado trajo la vergüenza. No pudieron aguantar la franqueza e intimidad de antes. Inmediatamente, sintieron la necesidad de esconderse el uno del otro.
Desde este momento, hasta el presente los hombres se han esforzado para esconderse el uno del otro. Bueno, Adán y Eva usaron delantales para tratar de esconder su desnudez. Pero ahora no es cuestión de ropa. Desgraciadamente, hoy día, la ropa se usa muchas veces para coquetear y exhibir. Hemos llegado a ser mucho más sofisticados que nuestros primeros padres. Hemos construido barreras psicológicas, emocionales, verbales y de comportamiento. No nos escondemos detrás de la ropa, sino del trabajo, el silencio, el aislamiento, el egoísmo y el abuso.
Hay otras evidencias de los efectos del pecado sobre las relaciones entre humanos. Vimos antes la respuesta del hombre a la pregunta de Dios que se encuentra en el versículo 12. «Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.» El hombre no tuvo el valor de responsabilizarse por sus propias acciones, sino echó la culpa sobre su esposa. Dios le había dado al hombre a la mujer como su compañera, su ayuda idónea. Naturalmente él debía amarla, protegerla, apreciarla y cuidarla. Ahora con su nuevo corazón pecaminoso, la culpa y la menosprecia. Ya ella no es el regalo precioso de Dios, sino «la mujer que me diste por compañera». ¿Cuántos alcohólicos, adictos, abusadores y dictadores de casa se excusan de la misma forma? «Si no fuera por esta mujer…»
Pero, la motivación de Adán no fue solamente despreciar a su cónyuge, sino protegerse a sí mismo. Dios le había hecho una pregunta difícil: «¿Has comido del árbol que yo te mandé no comieses?» Fue difícil porque la única respuesta correcta y valiente fue: «Sí, Señor, he pecado». Con esta pregunta, la luz de la santidad y justicia de Dios brilló sobre su conciencia y no lo podía aguantar. Otra vez hay el impulso de esconderse. Pero, ya tiene su delantal y ya no puede esconderse más físicamente de la presencia de Dios. Está frente a frente con su Creador. ¿Qué va a hacer? Intenta esconderse verbalmente. «Dios, no me mires, estás viendo a la persona equivocada.» Así, no quería admitir lo que hizo. Quería echar la culpa a Dios, a la mujer, o a ambos.
Antes de que mis hermanas lectoras empiecen a sonreír demasiado, veamos que la mujer no fue mejor. Lamentablemente, los efectos del pecado no son propiedad única del sexo masculino. Con la respuesta cobarde del hombre, Dios volteó a la mujer y lanzó la pregunta: «¿Qué es lo que has hecho?» Y ella también busca a alguien para culpar. Esta vez la culpa cayó sobre la serpiente. ¡Interesante! Con sus intentos de esconderse detrás de las acciones de otros, los humanos en esta historia se parecen más a culebras deslizándose que la misma serpiente. La serpiente no tenía a nadie para culpar.
Pero, no somos mejores que nuestros padres originales, ¿verdad? Hasta hoy día los deseos de protegerse a sí mismo, de esconderse, de evitar la responsabilidad de sus propias acciones y de culpar a otros afectan negativamente a las relaciones humanas. Podemos encontrar la semilla de la mayoría de los problemas matrimoniales en estos impulsos pecaminosos.
Con una sola acción de desobediencia el pecado entró a la raza humana con fuerza. Cada aspecto de la vida humana fue afectado. Miremos el versículo 16: «A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti». Ahora aun el tremendo gozo del nacimiento de los hijos está reducido por el dolor del parto, debido al pecado. Y la relación esposo a esposa está distorsionada.
Tengamos cuidado de no malentender la segunda parte de este versículo. Recordemos que Dios está pronunciando la maldición por el pecado sobre la raza, y prediciendo cómo será la vida humana desde entonces. Así, cuando dice que «tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti», no está hablando del deseo natural de la mujer para el hombre. Tampoco está ordenando que el hombre deba enseñorearse de la mujer. La frase es descriptiva no prescriptiva. Primero, ¿qué quiere decir Dios con la frase «tu deseo será para tu marido»? Recordemos que está avisando sobre cómo será la experiencia humana ya que abrieron la puerta al pecado. ¿Es que la esposa no quería a su marido, antes de pecar? ¿Quizá ella no tenía deseo sexual antes? Dudo de cualquiera de estas ideas. Antes de pecar, Adán y Eva vivieron en el paraíso. Fue el único periodo de la historia cuando la vida humana era perfecta. Una esposa sin afecto para su esposo, ni deseo sexual no me parece como la perfección.
Posiblemente, habla de la dependencia de la mujer de su esposo. Ya no podrá vivir independiente de él. Pero, creo que hay más. Dios había creado al hombre y a la mujer para ser dependientes de Él, e interdependientes el uno del otro. Su dependencia en su esposo no será algo nuevo. Creo que la frase podría ser traducido «tu deseo será sobre tu marido», en vez de «tu deseo será para tu marido» (énfasis agregado por el autor). Según lo que los que entienden el hebreo me han informado, la frase habla de un deseo de usurpar. Así habla de la tendencia femenina de controlar la relación matrimonial, de tratar de cambiar a su marido por la manipulación, y de usurpar el liderazgo (lamentablemente, muchas veces no hay necesidad para la esposa de usurpar el liderazgo porque como hombres lo abdican). Dios creó la relación matrimonial de tal manera que el hombre debería ser el líder benéfico y sirviente, y la esposa debería responder a este liderazgo como la ayuda idónea funcionando al lado de su esposo. Pero el pecado distorsionó esto (veremos la distorsión del rol masculino en la próxima frase del versículo). Ya por la consecuencia del pecado, la esposa no estará tan contenta apoyando, aconsejando y ayudando en el liderazgo del esposo en la relación matrimonial, sino que tendrá la inclinación de apropiarse del liderazgo.
Seguro que hay muchos hombres que no funcionan como verdaderos líderes en su propio hogar, y por la falta de esto la esposa toma el papel. Entonces, el deseo de la esposa para su marido, mencionado aquí, se manifiesta de una de dos maneras. Muchas veces la mujer desea que el esposo cumpla su rol de liderazgo, pero él no lo hace por falta física, emocional, psicológica o espiritual. En otras ocasiones, el deseo de la esposa es tener la posición que Dios ha dado como responsabilidad solemne al esposo. Esta inclinación de la mujer de usurpar la responsabilidad del hombre, junto con la tendencia del hombre de abdicar su responsabilidad forma la distorsión pecaminosa del orden original que Dios declara aquí.
Pero, tal como el pecado distorsionó la respuesta femenina al plan divino, lo estropeó en el entendimiento masculino también. La frase «y él se enseñoreará de ti» (v. 16) no relata al liderazgo normal y propio del hombre en el matrimonio. Aquí vemos el despotismo que lamentablemente es tan común entre los hombres de todo el mundo. Demasiadas veces, mientras que los hombres por un lado abdican su rol propio del liderazgo, por el otro lado tratan de controlar su matrimonio y su hogar por la violencia, la dominación, y por ser dictadores. Mientras que su esposa lleva el verdadero liderazgo, él trata de convencerse a sí mismo de que es el líder por su actitud controladora y abusadora. Esta frase no trata con el propio liderazgo masculino, sino con el despotismo, abuso y machismo que es la experiencia humana debida al pecado.
Dios creó el matrimonio como la relación humana más íntima para funcionar perfectamente según su diseño. Lastimosamente, el pecado lo convirtió en la relación más propensa al dolor, odio, pleitos y tristeza. Me acuerdo un deplorable chiste popular de mi niñez. Un muchacho pregunta a otro: «¿Quieres pelear?» Cuando el segundo muchacho dice que «sí», el primero dice: «¡Cásate!» ¡Qué triste!, el pecado ha distorsionado el matrimonio de tal manera que aun los niños lo ven como un campo de batalla.
El pecado, como una infección insidiosa, afectó cada detalle de la vida humana. Así, todas sus relaciones, actitudes, deseos y acciones llevan la mancha pecaminosa de una forma u otra. En los versículos 17 al 19 de Génesis 3 leemos como Dios maldijo la tierra en relación del trabajo del hombre. Se nota que el trabajo no es la maldición. Esto fue dado al hombre como regalo y orden de Dios en Génesis 1:28–29. Lo contrario a la idea popular del trabajo, no es parte de la maldición, sino de la bendición de Dios. Sin embargo, la dificultad y lucha asociados con el trabajo y la búsqueda de las necesidades de la vida es parte de la maldición. Es otro profundo efecto del pecado sobre la vida humana. ¿Cuántas veces el hombre cede su responsabilidad en la familia porque «no tiene tiempo»? Está tan ocupado buscando las necesidades físicas de la familia que no puede proveer las necesidades espirituales y emocionales. O, por lo menos, esta es la excusa. ¿Cuántos problemas hay en las familias y hogares alrededor del mundo porque no tienen suficiente dinero, comida u otras cosas materiales? Todos estos problemas son resultados del pecado.
El último problema de cada ser humano es la muerte. Nuestra propia muerte llena el corazón de miedo. La muerte de otros llena el corazón de dolor. La certeza de la muerte llena al mundo con violencia, ansiedad, tristeza y dolor. La muerte es el máximo efecto del pecado. Génesis 3:19b «pues polvo eres, y al polvo volverás».
¡Hay tantos efectos del pecado sobre nuestra raza! Todos son tristes, dolorosos y feos. ¿Por qué insistimos en que algo tan feo como la depravación de la raza human sea un cimiento de la consejería bíblica? ¿No sería más agradable apoyar la dignidad humana y pasar por alto este tema feo? Bueno, mucha de la psicología popular hace exactamente esto. Así, el hombre moderno es un pecador con dignidad, pero todavía un pecador.
Tal como debemos entender el diseño original de la humanidad para entender la meta de la consejería, debemos entender la caída al pecado y depravación de la raza para entender la necesidad de la consejería. Todavía el hombre tiene dignidad. Es creado a la imagen de Dios. Sin embargo, la imagen está estropeada. La dignidad lleva la mancha del pecado. Dios creó al hombre perfecto: con relaciones perfectas, matrimonio ideal, mundo idílico. Pero, tal perfección ahora no existe fuera de la persona de Jesucristo. Como cristianos somos pecadores redimidos. Estamos en proceso de crecer a la perfecta imagen de Dios en Cristo. Cuando Cristo vuelva, los cristianos llevaremos la perfecta imagen de Dios una vez más. Mientras tanto no somos perfectos, sino Dios nos está perfeccionando. Filipenses 1:6 dice: «estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». No dice «estoy persuadido que ya son perfectos». Lamentablemente, cuando las personas aceptan a Cristo como su único y suficiente Salvador, todavía llevan muchos de los efectos del pecado. Son salvos del pecado, pero sus vidas, relaciones, actitudes y circunstancias todavía son afectadas por el pecado. Han vivido una vida pecaminosa. Viven en un mundo pecaminoso. Están en relación con otros pecadores. Así, los nuevos convertidos necesitan ayuda para caminar en un mundo imperfecto hacia la perfección en Cristo. Esto se llama discipulado. Pero, estoy convencido de que en mucho de lo que popularmente se llama el discipulado falta algo esencial. Un buen discipulado tiene que dirigir al discípulo a la meta de la perfección de la imagen de Cristo (el diseño original, la imagen de Dios). También tiene que entender y ayudar al discípulo con los efectos del pecado en su vida y relaciones. Entonces, el que hace discípulos debe tener un ojo puesto en la meta de la perfección y el otro fijado en la realidad de la vida abatida por el pecado. Es en este aspecto del discipulado que se encuentra la necesidad de la consejería bíblica.
Nos encontramos con una especie de sube y baja emocional cuando estudiamos las bases bíblicas de la consejería. Empezamos con el gozo y placer de la dignidad con que Dios nos creó. La restauración de tal dignidad y proposito es la meta del ministerio de la consejería. Pero, la historia cambió por la entrada del pecado. En este capítulo hemos visto unos de los efectos trágicos del pecado sobre la raza. Estos efectos siguen hasta hoy y forman la razón y necesidad del ministerio de la consejería.
En el siguiente capítulo consideraremos el plan de Dios para la redención. ¡Gracias a él, no quiso dejarnos en el hoyo de la depravación! Hizo su plan de rescate que se llama la redención. La redención es la esperanza de la consejería.
 
Base bíblica 3: La redención del hombre
En el capítulo anterior ya vimos a la raza humana en una situación desesperada. Adán y Eva se habían rebelado contra Dios, actuaron independientes de Él, y hundieron a la raza humana, completa, en las horribles consecuencias del pecado. Parece como una situación sin esperanza. Pero Dios no es un Dios impotente, sino omnipotente. Él no es un Dios de desesperación, sino de esperanza.
Si la dignidad del hombre forma la meta de la consejería y la depravación es la razón de ella, la redención divina es su esperanza. Cuando tratamos con los problemas profundos de las personas, cuando ayudamos a nuevos creyentes a superar su vida vieja, cuando buscamos soluciones para las relaciones estropeadas y rotas de nuestros semejantes, muchas veces parecen sin esperanza. Y de este modo serían sin la muerte y resurrección de Cristo.
¡Jamás debemos aconsejar sin reconocer la importancia de la nueva vida dada al individuo por la redención en Cristo! La restauración de la vida al diseño original no se puede efectuar sin que la persona tenga la nueva vida en Cristo. Jesús mismo dijo en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
En la consejería y en el discipulado estamos buscando que la persona crezca más y más a la imagen de Dios en Cristo. Tal crecimiento es solamente posible para aquel que tiene la nueva vida en Cristo. Tal vida se recibe solamente por medio de la redención.
¿Qué hizo exactamente Cristo en la redención por nosotros? Consideremos la descripción de la persona y obra de Cristo en Filipenses 2:5–8. Quiero que prestemos especial atención al contraste de la actitud de Jesús con las actitudes humanas pecaminosas, como las vimos en el capítulo anterior.
Recordemos que la tentación original del pecado llegó en la forma de llegar a ser como Dios. Adán y Eva comieron del fruto prohibido porque el Tentador les prometió que iban a ser como Dios. Desde entonces el hombre ha tenido el deseo de mejorarse por sí mismo, de superarse, de llegar a ser como Dios.
En el versículo 6 de Filipenses 2 vemos la actitud opuesta en Jesucristo. Dice que Él, «siendo en forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Jesús nunca tuvo necesidad, deseo ni razón para hacerse a sí mismo Dios. ¡Él es Dios! Sin embargo, para rescatar al hombre de su pecaminosa autoadoración puso su propia divinidad a un lado. El único hombre que tiene todo el derecho de reclamar la divinidad, escogió a no reclamarla para redimir a los hombres que hurtan la divinidad por sí mismos. Dejó a su trono para salvar a los mismos que quieren usurparlo. Se despojó de su propia autoridad y poder por los hombres, que en tratar de robar tal autoridad y poder habían llegado a ser impotentes.
El egoísmo es intrínseco al pecado humano. Nuestro corazón pecaminoso nos ha convertido a todos en egocéntricos. Pero, una vez más, vemos lo opuesto en Jesucristo. El versículo 7 continúa: «sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».
En su obra de la redención Jesús manifestó las actitudes opuestas a las pecaminosas que nos esclavizan. Mientras que nosotros nos protegemos a nosotros mismos, insistimos en nuestros «derechos», y buscamos nuestro propio bien, Cristo se despojó a sí mismo y escogió el rol del siervo. Llegó a ser como los hombres, pero sin pecado. El Creador, para rescatar a su depravada y esclavizada creación llegó a ser como la criatura. Desde el huerto el hombre se ha escondido del Creador. Pero Él nos ha perseguido, no con fuerza, sino con mansedumbre. En vez de perseguirnos para castigarnos, nos ha perseguido para salvarnos. No nos ha buscado para condenarnos, sino para redimirnos; Juan 3:17: «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él».
El hombre pecaminoso es orgulloso. Jesús escogió la humanidad sobre la divinidad, y en su condición humana escogió la humildad. Él es Rey de los reyes, y nació en un establo para acostarse en un pesebre. Vivió sin casa y sin posesiones, y murió como un criminal. Todo esto para rescatar a la humanidad de su propio orgullo.
Fue la desobediencia del hombre que hundió a la humanidad en el hoyo de la depravación. Pero Jesús fue obediente. Tal como la desobediencia humana es completa resultando en la muerte, la obediencia de Jesús es completa llevándole a la muerte, resultando en la vida; Romanos 5:18: «Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de la vida». Su obediencia le llevó al último sacrificio, la muerte. Y su muerte fue lo más cruel que podemos imaginar, la cruz.
Jesús hizo todo esto para cumplir la redención. Redimir quiere decir comprar, o pagar el precio del rescate de alguien. Por el pecado todos nosotros nacimos depravados, esclavos al pecado. Como hemos dicho, toda la vida humana está afectada por el pecado. La dignidad nuestra se ha convertido en una caricatura grotesca. El diseño original ya está distorsionado, pervertido, torcido y roto. Nacimos perteneciendo al pecado. El único camino a la restauración de lo que hemos perdido es por el rescate o redención del pecado. La única persona que podría rescatarnos es el hombre perfecto, sin pecado, el Hijo de Dios, Jesucristo. Lo hizo por medio de pagar la pena última, su propia vida. Esto es la redención.
Hay que tener la redención como un cimiento, un fundamento de la consejería. Sin el cambio radical de la vida que hace la redención, el aconsejado no sería realmente diferente. Aconsejar sin presentar la redención como esencial a la restauración personal, es nada más que poner un barniz sobre lo malo de la vida. Aconsejar sin dirigir la persona a la redención es tratar de llegar a la restauración sin pasar por el propio camino de la restauración.
Por varios años mi familia y yo vivimos en el bello país de Venezuela. Cada año, en el 26 de diciembre, todos mis compañeros misioneros y nosotros nos reunimos en la playa, Bahía de Cata. La única manera de llegar a Cata es por un camino estrecho de puras curvas que sube y baja la montaña hasta llegar a la costa. Cuando mis hijos eran pequeños siempre se enfermaron cuando paseamos por el camino a la Cata. Es un camino peligroso y duro. Había la tentación de buscar otro camino. Pero no hay otro camino. Si queríamos la belleza de la playa Cata, el placer de las olas, sol y arena, y el compañerismo con nuestros amigos, teníamos que pasar este camino.
Hermano consejero, tal vez habrá la tentación de pasar por alto la redención en la consejería. Cuando hay resistencia o amargura contra el Evangelio, será más fácil buscar soluciones superficiales en vez de cambios radicales. A veces es más fácil sugerir ciertos cambios de comportamiento en vez de invitarle a entregar su vida entera a Cristo. Especialmente para aquellos consejeros que se inclinan a la psicología hay la tentación de apoyar la dignidad sin reconocer la depravación y buscar la restauración sin entender la necesidad de la redención. Todos los fundamentos bíblicos de la consejería son necesarios. Tratar de aconsejar sin incluir estos fundamentos bíblicos es como construir un edificio sin cimiento.
Habiendo dicho esto, quiero prevenirle sobre el otro extremo. Hay aquellos que aconsejan como si la redención fuera el único fundamento bíblico. La redención es indispensable para la consejería, pero es el comienzo de la restauración, no el fin. Hermano pastor, cuando una persona que no conoce a Cristo viene a usted buscando ayuda para problemas personales o familiares es cierto que necesita recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. Pero, recibir a Cristo no quita los problemas personales o familiares. La redención da esperanza para la consejería, pero no es una píldora mágica que soluciona todos los problemas de la vida en un momento. Para aquellos aconsejados que no conocen a Cristo, aceptar a Cristo y recibir su redención es parte indispensable de la restauración de su vida. Pero no es la restauración completa. La obra de Cristo en la cruz y la resurrección es completa, no podemos agregar nada a ella para la salvación ni la justificación. Pero hay otra doctrina soteriológica, la santificación.
La santificación tiene dos aspectos. Su aspecto realizado y el progresivo. En el aspecto realizado somos separados del mundo a Cristo para su uso. Nuestra posición en Cristo es completa, perfecta, cumplida. En la realidad de la vida cotidiana todos sabemos que no somos perfectos. A veces pecamos. Luchamos con hábitos viejos. Sufrimos de los resultados del pecado nuestro y de los otros. Allí se encuentra el enfoque del aspecto progresivo de la santificación.
Cuando alguien nace de nuevo, tiene nueva vida, pero, tal como en la vida natural, necesita crecer y madurar. El discipulado y la consejería ayudan en este proceso de crecimiento y madurez.
En el pasado el discipulado se ha enfocado en enseñar las disciplinas espirituales como leer la Biblia, orar, testificar y asistir a la iglesia. Tales cosas son importantes, y parte esencial de la maduración espiritual. Sin embargo, no garantizan la madurez.
Vivimos en un mundo donde el pecado está creciendo. El mundo está llenándose más y más del dolor, amargura y vergüenza que son las consecuencias del pecado. Más y más personas buscan la ayuda de pastores y líderes evangélicos para enfrentar la separación de la familia, la confusión, el dolor de la vida y las adicciones. No es justo dirigirles a Cristo y aparentar que todos sus problemas desaparecerán mágicamente. Debemos caminar a su lado mientras que enfrentan las consecuencias del pecado y permiten que el Espíritu Santo restaure su vida. Así el ministerio de la consejería va mano a mano con un discipulado que es más que solamente agregar unos comportamientos agradables a una vida rota. Sino que es un ministerio profundo que coopera con el Espíritu Santo en la transformación de la vida entera. Desde las actitudes, deseos y motivaciones del corazón hasta las relaciones íntimas, todo debe cambiar radicalmente para el discípulo de Cristo. Esto es un proceso de crecimiento. El valor del discipulador-consejero es inestimable en estar al lado del discípulo en el proceso.
Así que debemos entender que cada fundamento bíblico es indispensable para formar un cimiento fuerte y confiable para el ministerio de la consejería. Para formar nuestra base de la consejería no podemos pasar por alto ninguno de estos fundamentos. Éstos forman un cimiento confiable sobre el cual podemos construir nuestro entendimiento de la persona, los procesos psicológicos que forman la personalidad, y las motivaciones que empujan los hábitos de la vida.
Cuando aconsejamos tengamos la dignidad del diseño original delante como la meta que queremos ver cumplida. Mantengamos un claro entendimiento de la depravación y los profundos y extensivos efectos del pecado sobre la vida. Tengamos certeza de que sólo por medio de la redención de Cristo hay esperanza de cambios y de la restauración. Mantengamos siempre el propósito de buscar la restauración de la vida del aconsejado, que le lleva más y más cerca a la meta de ver la belleza y dignidad original. Siempre recordemos que el mismo proceso que pasa el aconsejado lo estamos pasando nosotros mismos. No aconsejamos de una posición perfecta, sino de una creciendo. No aconsejamos porque hemos llegado a la meta, sino porque estamos caminando hacia la meta. La perfección se efectuará cuando venga Jesucristo para llevarnos a su presencia eterna. Mientras tanto no somos perfectos, sino que debemos estar caminando hacia la perfección. El consejero no es perfecto pero debe estar caminando. Él puede dirigir al aconsejado en el camino, porque está caminando delante del aconsejado.
Para un cimiento bíblico completo debemos considerar un fundamento más, la restauración, o la santificación de la vida humana. En el siguiente capítulo consideraremos esto que es esencial para la consejería verdaderamente bíblica.
 

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