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martes, 24 de enero de 2017

Oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él

PARA RECORDAR ... El que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




¿Es bueno orar?

Animo a la Oración

           I.      Ánimo a la Oración
             a.      1 Timoteo 2:1–3 – Primero que nada
             Existen seis diferentes tipos de oración en la Palabra
                        i.      Súplicas
                        ii.      Intercesión
                        iii.      Acción de Gracias
                        iv.      Velando
                        v.      Dolores de Parto
                        vi.      Oración General

             Todas estas tienen un significado diferente y conllevan un énfasis completamente distinto. En las siguientes lecciones trataremos cada una de ellas en detalle.

             b.      Exhortaciones Bíblicas para orar
                        i.      Lucas 18:1
                        ii.      Lucas 11:2 (Mateo 6:5)
                        iii.      1 Timoteo 2:8
                        iv.      Filipenses 4:6
                        v.      Juan 16:23–24
                        vi.      Marcos 14:38
                        vii.      1 Crónicas 6:24–42
                        viii.      Judas 20 (1 Corintios 14:15)
                        ix.      1 Crónicas 7:14

             Una cosa es ciertamente evidente en estas escrituras: Dios quiere que oremos siempre, en todo y sobre todo. La mayoría de nosotros puede ver y entender que deberíamos orar y probablemente podemos hablar mucho al respecto, pero la pregunta es ¿ESTAMOS ORANDO?

           II.      Orar Debe Estar En Nuestros Corazones, Sino No Lo Haremos
             a.      La oración debe originarse en nuestro corazón
                        i.      1 Samuel 7:17
                        ii.      Lamentaciones 1:15–17
                        iii.      Lamentaciones 2:17–19
                        iv.      Lamentaciones 3:45–51

             Muchas veces para que seamos motivados, debemos ver algo que nos afecte. Si tan solo fuésemos motivados a orar antes de una crisis, muchas veces podríamos prevenirlas
                        v.      Salmo 126:5–6
                        vi.      1 Samuel 1:9–18

             b.      Ejemplos en las Escrituras de guerreros de oración
                        i.      Lucas 2:37 – Ana
                        ii.      Daniel 6:4–14 – Daniel
                        iii.      Colosenses 1:3 – Pablo
                    1.      Colosenses 1:9
                    2.      2 Tesalonicenses 1:11
                        iv.      Santiago 5:17–18 – Elías
                        v.      Jeremías 3:18–21 – Jeremías
                        vi.      Marcos 1:35 – Jesús
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martes, 24 de noviembre de 2015

En mi angustia invoqué a YHVH, Y Él me respondió; Del vientre del Seol pedí socorro, Y Tú escuchaste mi voz... ¡La salvación es de YHVH!

RECUERDA Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6








Nos preparamos para enseñar en la Congregación
Oración de Jonás
Jonás 2:1-10

1      Entonces oró Jonás a YHVH su Dios desde el vientre del pez,
2      y dijo: En mi angustia invoqué a YHVH,
    Y Él me respondió;
    Del vientre del Seol pedí socorro,
    Y Tú escuchaste mi voz.
    3      Me arrojaste a lo profundo,
    En medio de los mares, y me rodeó la corriente:
    Todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí.
    4      Me dije: Desechado soy de tu presencia,
    ¿Cómo podré volver a contemplar
          tu santa Casa?
    5      Las aguas me rodearon hasta el alma;
    Me rodeó el abismo.
    Las algas se enredaron en mi cabeza.
    6      Descendí a los cimientos de los montes,
    Y cuando la tierra echaba sus cerrojos
    Para siempre sobre mí,
    Tú, oh YHVH, Dios mío,
    Sacaste de la fosa mi vida,
    7      Cuando mi alma desfallecía en mí,
    Me acordé de YHVH,
    Y mi oración llegó hasta ti en tu santa Casa.
    8      Los que siguen la vanidad de sus ídolos se alejan de su misericordia;
    9      Pero yo te ofreceré sacrificio de alabanza,
          Y cumpliré lo que prometí.
          ¡La salvación es de YHVH!
    10 Entonces YHVH dio orden al pez, Y éste vomitó a Jonás en tierra.

LA ORACIÓN DE JONÁS DENTRO DEL GRAN PEZ


JONÁS EN LO PROFUNDO 
Jonás 2:1–9

Este pasaje, compuesto después que el pez vomitó al profeta, registra cómo oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez (1). Está escrito en forma poética. Aunque incluye una confesión de pecado y una promesa de obedecer a Dios, es en gran parte un salmo de alabanza y adoración por la liberación divina de la muerte en lo profundo del mar.

El hecho de que Jonás orase en un lugar tan inusual y que su oración fuera contestada, nos recuerda que podemos hacer de cualquier lugar una capilla. La oración y la alabanza no son extrañas en parte alguna.

Desde su angustia, su aflicción, su miseria física y espiritual, Jonás invocó a Jehová (2). La eficaz invocación del Señor no debe ser necesariamente con la voz, sino con el corazón. El seno del Seol sería la parte más profunda, o las profundidades de la región de oscuridad y muerte, el sepulcro. Lo profundo de las aguas era como un sepulcro para él que era contado como entre los muertos (cf. Sal. 88:3–12). Varios de los salmos comienzan con un tono semejante, por ejemplo: Salmos 18:5; 120:1; 142:1. También Lamentaciones 3:55–58 habla de la oración en medio de una profunda angustia.

El profeta pasa revista gráficamente a los horrores de su terrible experiencia al hundirse “hondo, en el corazón de sus mares” (3; RSV: cf. Sal. 42:7–9). Pero empieza su recital reconociendo que no llegó a tales extremos por casualidad. Todo cayó sobre él por acción de Dios. Reconoce al Señor: Tú me echaste a lo profundo (3a). Esto debiera estimularnos a comprender que todo—aun las angustias y aflicciones—viene o por acción directa de Dios o porque El lo permite. El tiene un designio para nosotros, un designio que encierra un bien futuro para nosotros y gloria para El.

      A menudo la nube que la hora presente envuelve
      Para dar brillo sirve a nuestros días futuros.

Jonás había sacado pasaje para Tarsis con el deliberado propósito de huir de la presencia de Dios. Pero al enfrentar la muerte cambió de opinión (4). En parte sus temores surgieron del hecho mismo de que se sabía fuera de la vista de Dios, fuera de su voluntad y de su favor. Declaró: “Arrojado soy de tu presencia” (LXXX). Esta traducción sugiere que desesperaba de volver a contemplar el templo, que para un judío piadoso significaba la presencia misma de Dios: “¿Volveré a mirar otra vez hacia el santo templo?” La versión Reina-Valera 60 sugiere arrepentimiento y un propósito sincero de volver a adorar a Dios con todo el corazón: Desechado soy de delante de tus ojos; mas aún veré tu santo templo. Parece haber tenido fe en que se salvaría.

No podemos saber cuál de estas versiones expresa con más exactitud los sentimientos del profeta en lo profundo de las aguas. Pero cualquiera de ellas muestra claramente que Jonás había cambiado de mentalidad y lamentaba estar huyendo del mandato divino. “La presencia de Dios, que antes consideró como una carga, y de la cual quiso escapar, ahora se ha tornado en su deseo, y siente que su pena más amarga es verse privado de ella. El le volvió la espalda a Dios, y entonces Dios le volvió la espalda a él, haciendo de su pecado su castigo.”

¡Cuán desesperada era su situación! “Me rodearon las aguas, amenazando mi vida”, dijo (5, Berk.; cf. Sal. 69:2). El alga se enredó a mi cabeza. Desespera totalmente. “A las raíces de los montes descendí, echó la tierra sus cerrojos tras de mí para siempre” (6, BJ.). Pero se regocija en que Dios en su misericordia lo haya librado: Mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío (6). Este testimonio tiene un asombroso paralelo en Salmos 16:10, citado por Pedro en Hechos 2:27.

La Septuaginta da una visión de la angustiada penitencia que llenaba el corazón de Jonás: “Pero, oh Señor mi Dios, que mi vida arruinada sea restaurada” (6c). El apóstata puede tener ánimo. Las olas del mal deseo lo han tragado. Pero si, como Jonás, se humilla, si se vuelve del pecado a Dios, de la desobediencia a la obediencia, puede tener la seguridad de que Dios vendrá nuevamente a él. Su vida arruinada también puede ser restaurada.

Cuando mi alma desfallecía en mí (7) puede significar que el profeta cayó en la inconsciencia. Luego, reviviendo, oró instintivamente (cf. Sal. 139:18). Ahora está agradecido porque Dios contestó esa oración. Tiene consciencia de que seguir cualquier cosa que no sea Dios es ir tras vanidades ilusorias (8) o ídolos. Estos no pueden cumplir lo que prometen y sólo separan al alma de Dios, nuestra Fuente de misericordia. 

Muchos hombres han hecho un dios del intelecto, el orgullo, la ambición, la codicia o la propia voluntad. Jonás nos advierte: “Los que rinden pleitesía a ídolos sin valor desprecian la gracia que podría ser suya” (8, Berk.). La RSV traduce: “Los que veneran a ídolos vanos olvidan su verdadera lealtad.” Jonás, que había hecho un ídolo de su propia voluntad, lo arrancó de su corazón y prometió en adelante adorar y obedecer solamente a Jehová, porque en El solo hay salvación (9).

Por la experiencia de Jonás aquí narrada podemos aprender mucho acerca de la “Oración Eficaz”: (1) Cuándo orar, 1; (2) Dónde orar, 2–6; (3) A quién orar, 7–8; y (4) Por qué orar, 9.


JONÁS LIBERADO
Jonás 2:10


A continuación de la confesión de pecado de Jonás y su reconocimiento de Dios como su único medio de liberación y salvación, mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra. No se nos dice dónde fue liberado el profeta, pero ahora estaba en libertad nuevamente para hacer la obra de Dios. Había aprendido a través de las dificultades que huir de la voluntad de Dios por evitar tareas difíciles siempre nos envuelve en mayores dificultades.

Con esta experiencia en el mar Jonás se convirtió en “el profeta de Cristo, no en palabras, sino en sufrimientos personales, cuya significación típica, aunque probablemente desconocida para él (1 P. 1:10–12), nos es revelada por el Espíritu Santo. 

Su paso de la nave a la tumba oscura aunque viva, y de allí nuevamente a la luz, después de tres días, presenta el descenso del Señor de la cruz de madera al oscuro sepulcro, y su salida de allí a la vida otra vez después del mismo número de días, más vívidamente que si hubiera predicho lo mismo con palabras”. Mateo 12:38–41 debiera considerarse en relación con esto. Ello indica que la única señal que Dios da al mundo pecador es la resurrección de Jesucristo de los muertos (cf. Ro. 4:25; 1 Co. 15; 1 Ts. 4:14).

A algunos les parece tan increíble todo el episodio de Jonás en el mar y en el vientre del pez, tal como se relata en este capítulo, que no aceptan el relato como histórico (véase la Introducción). No negamos que la disciplina, preservación y restauración de Jonás fue un milagro de Dios. Pero si se reconoce a Dios como el Creador y Sostenedor del universo, su intervención milagrosa es de esperar. “Los milagros mismos fueron parte de la revelación redentora. Por medio de ellos, el Dios verdadero de cielos y tierra manifestó su superioridad sobre los dioses de las naciones y su dominio pleno sobre su creación.”

La Biblia relata muchos eventos—aun acontecimientos vitales para nuestra salvación—que no pueden ser explicados por la filosofía y la ciencia humanas. Leído sin fe, todo el mensaje de la Palabra de Dios se pierde. Pero si, por medio de la fe, admitimos lo que enseña la Biblia acerca de los postulados de la creación, la providencia, el pecado y la salvación, los milagros se tornan una verdadera necesidad, una necesidad de la gracia.

Pero entre aquellos que aceptan como histórico el libro de Jonás, algunos se detienen tanto en los detalles de este relato tan único del pez, que pierden de vista el verdadero mensaje que Dios quiso darnos. Para evitar esto debemos tener presente que el principal propósito de los milagros relatados en la Biblia no es simplemente un despliegue de poder para probar la existencia de Dios. Su propósito es más bien mostrar la actitud de Dios hacia los hombres e indicar la consiguiente respuesta que los hombres debieran dar a Dios. Ha dicho Gillett: “Como fenómeno religioso, los milagros no deben ser considerados como prueba de Dios, sino como revelaciones acerca de El.”

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sábado, 5 de septiembre de 2015

Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; de modo que de la presencia del Señor vengan tiempos de refrigerio

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6




 
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Nos preparamos para Construir nuestro sermón
Hechos 3:11-21
Discurso de Pedro en el templo
11 Como él se asió de Pedro y de Juan, toda la gente, atónita, concurrió apresuradamente a ellos en el pórtico llamado de Salomón. 
12 Pedro, al ver esto, respondió al pueblo: 
—Hombres de Israel, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿Por qué nos miráis a nosotros como si con nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este hombre? 
13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres  ha glorificado a su Siervo  Jesús, al cual vosotros entregasteis y negasteis ante Pilato, a pesar de que él había resuelto soltarlo. 
14 Pero vosotros negasteis al Santo y Justo; pedisteis que se os diese un hombre asesino, 15 y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos. De esto nosotros somos testigos. 
16 »Y el nombre de Jesús hizo fuerte, por la fe en su nombre, a este hombre que vosotros veis y conocéis. Y la fe que es despertada por Jesús le ha dado esta completa sanidad en la presencia de todos vosotros. 
17 Ahora bien, hermanos, sé que por ignorancia lo hicisteis, como también vuestros gobernantes. 
18 Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas, de que su Cristo había de padecer. 
19 »Por tanto, arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados; de modo que de la presencia del Señor vengan tiempos de refrigerio 20 y que él envíe al Cristo, a Jesús, quien os fue previamente designado. 
21 A él, además, el cielo le debía recibir hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las cuales habló Dios por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos. 

EL AUTOR DE LA VIDA (Hechos 3:11–21)

El pueblo judío tiene una nueva oportunidad (Hechos 3:17–21)


Ya en este momento, el inválido sanado, todavía tomado de las manos con Pedro y Juan, se hallaba en el Pórtico de Salomón, un pórtico techado que se hallaba a un lado del patio del Templo. Desde todos los patios del Templo, la gente corría y se aglomeraba para verlos. Fácilmente pueden haberse reunido diez mil personas en el Templo a la hora de la oración.

Esta era la oportunidad que esperaba Pedro, y respondió con prontitud a las preguntas sin formular que se veían en sus caras maravilladas. Su mensaje sigue el mismo esquema general dado por el Espíritu en el día de Pentecostés, pero adaptado a esta nueva situación.

Dirigiéndose a ellos como a “varones israelitas” (era la costumbre, aunque había mujeres en la multitud), les preguntó por qué se maravillaban de esto y por qué ponían sus ojos en él y en Juan, como si la capacidad de aquel hombre para caminar tuviera su fuente en el poder o la piedad (santidad) de ellos.

A continuación, Pedro dio testimonio de Jesús. Aquel a quien las Escrituras describen como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de sus padres (Exodo 3:6, 15), había glorificado a su Hijo (Siervo) Jesús.

Nuevamente les recuerda que eran responsables por el arresto de Jesús y por haberlo negado ante Pilato, aun cuando éste había decidido ponerlo en libertad. Aquel a quien habían negado era el Santo y Justo. Nuevamente, está haciendo una referencia al Siervo sufriente de Isaías (Isaías 53:11; cf. Zacarías 9:9). Pero se habían apartado de El tan completamente, que habían pedido que se les liberara a un homicida en su lugar. (Vea Lucas 23:18, 19, 25.)

Eran culpables de la muerte del Autor de la vida. ¡Qué contraste! Le habían dado muerte a Aquél que les había dado vida a ellos. La palabra griega traducida Autor es arjegón, una palabra que generalmente significa originador, fundador. En Hebreos 2:10 y 12:2 también está traducida como autor. Se refiere a la participación de Jesús en la creación Juan 1:3 dice de Jesús, la Palabra viva: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” 

En otras palabras, el Jesús preencarnado era la Palabra viviente que pronunció los mundos y existieron, y por medio de El, Dios inspiró la vida en el hombre que había formado (Génesis 2:7). Este Jesús, la fuente misma de la vida, y por tanto, de la sanidad, era el que ellos habían matado. Pero Dios lo había levantado de entre los muertos. Pedro y Juan habían sido testigos. La sanidad de aquel hombre también era testimonio de que Jesús estaba vivo.

Note la repetición del Nombre en el versículo 16. Por la fe (fundado en la fe, con base en la fe) en su Nombre, este hombre que ustedes ven y conocen, su Nombre lo ha hecho fuerte. Y la fe que es por (a través de) El (Jesús) le ha liberado de su defecto corporal en presencia de todos ustedes.

El Nombre, por supuesto, se refiere a la personalidad y naturaleza de Jesús como el Sanador, el gran Médico. La sanidad apareció al haber fe en Jesús y en lo que El es. Pero no era la fe de ellos en sí misma la que había obrado la sanidad. Era el Nombre, esto es, el hecho de que Jesús es fiel a su naturaleza y personalidad. 

El es el Sanador. Claro que la fe había tenido una gran participación, pero era la fe por medio de Jesús. La fe que el mismo Jesús les había impartido (no sólo a Pedro y a Juan, sino también al hombre) le dio libertad completa de su defecto a este hombre lisiado delante de sus propios ojos. Jesús había sanado al cojo; todavía estaba sanando a los lisiados a través de sus discípulos.

Pedro añade que sabía que por ignorancia, ellos y sus gobernantes habían matado a Jesús. Pablo confesaría más tarde que él perseguía a la Iglesia por ignorancia y en incredulidad (1 Timoteo 1:13). Esto quiere decir que ellos no sabían en realidad que Jesús fuera el Mesías, ni tampoco que fuera el Hijo de Dios. Esta ignorancia no hacía menor su culpa. Hasta en el Antiguo Testamento siempre había perdón disponible para los pecados hechos en ignorancia. Jesús mismo exclamaría: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron también el cumplimiento de profecías que Dios había revelado por la boca de todos sus profetas; esto es, por el cuerpo de profetas en pleno. Su mensaje total, tenía uno de sus focos en la muerte de Cristo. Así y todo, esto no hacía menor la culpa de los jerosolimitanos tampoco.

Como en el día de Pentecostés, Pedro los exhortó entonces al arrepentimiento, al cambio de pensamiento y de actitudes con respecto a Jesús. Que se convirtieran (se volvieran hacia Dios) para que sus pecados (incluso el pecado de rechazar y matar a Jesús) fueran borrados (limpiados, tachados, destruidos) y para que vinieran de la presencia (faz) del Señor tiempos (estaciones, ocasiones) de refrigerio. 

A quienes se arrepintieran, El les enviaría el Mesías Jesús designado para ellos, que los cielos debían recibir hasta los tiempos de la restauración (restablecimiento) de todas las cosas, de las que habló Dios por la boca de sus santos profetas desde tiempo antiguo (desde el comienzo de la edad). Esta última expresión es una paráfrasis que podría significar “desde la eternidad” o “desde el principio de los tiempos”. El sentido es “todos los profetas que han existido”.

Gracias a este pasaje vemos que el arrepentimiento y la conversión hacia Dios, no sólo traen consigo que los pecados son borrados, sino también tiempos de refrigerio que nos da el Señor. No tenemos que esperar hasta que Jesús regrese para poder disfrutar de estos tiempos. El pasaje indica, especialmente en el texto griego, que podemos tenerlos ahora, y hasta el momento en que Jesús venga.

Son demasiados los que ponen toda su energía en advertencias sobre los peligrosos tiempos que se avecinan y en la declaración de que habrá caídas (2 Timoteo 3:1; 2 Tesalonicenses 2:3). Estas cosas llegarán. Las caídas, por supuesto, pueden ser caídas espirituales, aunque la palabra griega significa de ordinario revueltas, revolución y guerra. Aunque las advertencias son necesarias, el cristiano no tiene por qué hacer de esto el punto central de su atención. 

El arrepentimiento (cambio de pensamiento y de actitud) y la conversión hacia Dios, seguirá trayéndonos tiempos de refrigerio desde la presencia misma de Dios. El día de la bendición espiritual, el día de los milagros y del avivamiento no ha pasado. En medio de tiempos peligrosos, aún podemos poner nuestros ojos en el Señor, y recibir derramamientos refrescantes y poderosos de su Espíritu.

Los tiempos de restauración son una referencia a la edad por venir, el Milenio. Entonces Dios restaurará y renovará, y Jesús reinará personalmente sobre la tierra. La restauración profetizada incluye un nuevo derramamiento del Espíritu en el reino restaurado.

Algunos sacan de contexto la restauración de todas las cosas, y tratan de hacer que incluya hasta la salvación de Satanás. Pero “todas las cosas” es una expresión que debe ser tomada junto con otra: “que habló Dios”. Sólo aquellas cosas que ha sido profetizado que serán restauradas, lo serán realmente.

Los profetas también señalan que el reino llegará a través del juicio. Daniel 2:35, 44, 45 presenta la imagen de Babilonia, que representa todo el sistema mundano desde Babilonia hasta el final de los tiempos. Hasta que no sea golpeada en el pie (en los últimos días de esta época), el presente sistema mundial no será destruido y reducido a polvo. Hasta lo bueno que haya en el sistema mundial actual tendrá que ser destruido para dar paso a las cosas mejores del reino futuro, que llenará la tierra después de que Jesús venga de nuevo.
No sabemos cuándo sucederá. 

Pero lo importante es que no tenemos que esperar a que venga el Reino para experimentar las bendiciones y el poder de Dios. El Espíritu Santo nos trae las arras, un primer anticipo de las cosas por venir. Y podemos tener estos tiempos de refrigerio prometidos aun ahora, si cumplimos con las condiciones del arrepentimiento y la conversión hacia Dios.
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Mas ustedes negaron al Santo y al Justo, y pidieron que se les diese un homicida, y mataron al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
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Preparemos nuestro sermón expositivo
Pedro interpreta el milagro de la curación del cojo de nacimiento
(Hechos 3:11–16)
11Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. 
12Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? 
13El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. 
14Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida,
15y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. 
16Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
PEDRO ENTREGA SU ENSEÑANZA ACERCA DE LA CURACIÓN DEL COJO

Mientras el paralítico sanado se aferraba a los apóstoles—quizás por temor o inseguridad—, la concurrencia se agolpaba más y más para investigar el suceso. El pórtico (que quizás para completar el pensamiento deberíamos decir que consistía de una doble fila de columnas de mármol con techo de cedro) era muy conocido por Pedro, especialmente por la asistencia a las fiestas (comp. Jn. 10:23).

No podemos desconocer que la memoria de Pedro se incentivó al ver reunida en ese lugar semejante cantidad de gente. Es una multitud preparada para oír la explicación, no tanto de la sanidad, sino de la persona en cuyo nombre Pedro la realizó.
La primera parte del discurso tiene tres objetivos principales.
(1)     Procura ubicar a sus oyentes. Aunque muchos habían oído que el milagro se había producido en el “nombre de Jesús de Nazaret”, estaban confundidos. Pedro les pregunta a qué se debe el asombro y por qué se muestran confundidos sobre el origen del suceso. El apóstol siente que antes de ofrecer su explicación el auditorio tiene que estar preparado para oír.
(2)     Corrige la suposición generalizada sobre el origen del milagro. Algunos suponen que se trata de un poder mágico nacido como recompensa a la piedad de aquellos hombres de oración. Pero la hipótesis es una deshonra para Dios. Pedro quiere corregirla dejando a la concurrencia aun más desconcertada.
(3)     Se asegura de que el camino para oír la verdad está libre de prejuicios. Si las suposiciones no hubieran sido eliminadas, no hubieran comprendido bien el sentido del verdadero milagro, y la verdad se hubiera mezclado con el error. Pedro obliga a su auditorio a creer una sola versión de lo ocurrido y no dos o más.
LA FE EN OPERACIONES
1.     Por la fe los apóstoles viven la vida de oración (3:1)
2.     Por la fe ven la necesidad del paralítico (3:4)
3.     Por la fe Pedro puso en evidencia el valor del cristianismo:
     llama al paralítico a confiar: “míranos”
     le hace oír el nombre de poder: “Jesús de Nazaret”
     recibe lo que necesita: “se le afirmaron los tobillos”
a.     Anuncia al verdadero autor del milagro
Dios es la fuente de los milagros. La creación visible e invisible es la evidencia.
Cuando Pedro menciona al Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, además de hacerles recordar las promesas recibidas (Gn. 26:24; 28:13) también les señala que la redención o éxodo de Egipto fue a causa de ellos (Ex. 3:6, 15, 16; 6:3; 32:13), y que la restauración del cautiverio de Babilonia se debía a la misma causa. 

Dios había demostrado su fidelidad con la nación a pesar de la idolatría en la que habían caído (2 R. 13:23; 1 Cr. 29:18; 2 Cr. 30:6). Tal como solían cantar, “Dios es misericordioso” (Sal. 136). El es quien en cumplimiento a su palabra (Is. 7:14; Mi. 5:2) envió a su Hijo Jesús, cuya encarnación es el más grande de los milagros de todos los tiempos (Gá. 4:4).
b.     Aclara el propósito de Dios
La dificultad existente en el pueblo hebreo no radicaba en la fidelidad de Dios o en el cumplimiento de sus promesas, sino en la relación—para ellos extraña—entre él y Jesús de Nazaret. Así que Pedro da un giro a su explicación diciendo que el mismo Dios (7:32) relacionado con Abraham es quien “ha glorificado a su Hijo Jesús” (ver Is. 52:13).

Al ser así, lo que el judaísmo trataba de prolongar no tenía razón alguna. Los hebreos sabían que Dios había glorificado a Moisés (Ex. 24:16; 2 Co. 3:7, 8) y había dado por terminada la era patriarcal. Pero no podían (o no querían) comprender cómo la ley también había llegado a la culminación. 

Sin embargo, al haber glorificado a Jesús (7:55; Lc. 24:26; Jn. 17:22, 24) Dios mismo trajo la dispensación de la ley a su legítima finalización. Al rechazar a Jesucristo habían descartado la profecía más importante dicha por Moisés: “Vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable” (v. 22).

La convicción de que Jesús es el Mesías le permite a Pedro abrir la puerta para puntualizar la fatalidad de lo que habían protagonizado en el pasado inmediato. Utiliza cuatro verbos claves y muy duros contra la actitud de ellos. Además, describe al Señor con los títulos mesiánicos que ellos bien conocían.
(i)     “Vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato”. 
     Como ya lo había dicho en Pentecostés, Pedro atribuyó al pueblo hebreo en general la culpa por la muerte de Jesús (v. 13). “Negar”, tal como él mismo lo había hecho delante de los sirvientes del sumo sacerdote, es afirmar lo contrario o “rechazar” lo que Cristo había afirmado y probado ser (Mt. 20:19; 26:2; 27:22–23). Lo hicieron por cuenta propia porque Pilato había decidido soltarle.
(ii)     “Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida” (v. 14). 
     La negación y entrega se ve agravada por la persona a quien rechazaron. El “Santo” es uno de los títulos más venerados en la expectativa mesiánica hebrea (comp. Sal. 16:10; 71:22; Is. 10:20; 47:4; 48:17; Mr. 1:24) que juntamente con el “Justo” vitalizaron las esperanzas de la nación (Lv. 19:36). Ellos conocían las Escrituras de los profetas que hablaban del que había de venir, pero cuando vino prefirieron un homicida y a Jesús lo hicieron ejecutar (4:27, 30; Lc. 23:18, 19).
(iii)     “Matasteis al Autor de la vida” (v. 15)
     En el momento de elegir, no advirtieron la diferencia entre un supresor de la vida y el autor de ella. Por tener una conciencia desviada y sin libertad de análisis, se unieron a la masa de fastidiados con los conflictos planteados por los sacerdotes. No comprendiendo la obstinación religiosa prefirieron dar un corte, sin advertir que cortaban con el Autor de la vida, para escoger su propia muerte, para ellos y sus descendientes (comp. Jn. 1:4; 5:26).

Dios revirtió el rechazo y lo utilizó para mostrar su soberanía. Resucitó al Señor Jesús en la manera en que lo hemos estudiado, y constituyó a los apóstoles en testigos (v. 15) (comp. 1:8).
c.     Atribuye el milagro al Señor Jesús
El v. 16 es la clave para comprender este y otros milagros. Los apóstoles que vieron la resurrección del Señor Jesús conocen también el efecto del Espíritu. Tienen que creer en lo que poseían y en las palabras del Señor. Necesitan fe para utilizar tanto poder y no atribuirse para sí los resultados. Es por la fe en el nombre de Jesús (comp. Hch. 14:9–10) que este hombre está sano. Pedro se esfuerza en ponerlos a ellos por testigos de todo lo ocurrido tal como lo vieron y oyeron, agregando: “en presencia de todos vosotros”.

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No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
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Información 


Preparemos nuestro sermón expositivo
Hechos 3: 1-10

Pedro sana a un cojo en el templo
1 Pedro y Juan subían al templo a la hora de la oración, la hora novena.  
2 Y era traído cierto hombre que era cojo desde el vientre de su madre. Cada día le ponían a la puerta del templo que se llama Hermosa, para pedir limosna de los que entraban en el templo. 
3 Este, al ver a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba para recibir una limosna. 
4 Entonces Pedro, juntamente con Juan, se fijó en él y le dijo: 
—Míranos. 
5 El les prestaba atención, porque esperaba recibir algo de ellos. 
6 Pero Pedro le dijo: 
—No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda! 
7 Le tomó de la mano derecha y le levantó. De inmediato fueron afirmados sus pies y tobillos, 8 y de un salto se puso de pie y empezó a caminar. Y entró con ellos en el templo, caminando, saltando y alabando a Dios. 
9 Todo el pueblo le vio caminando y alabando a Dios. 

10 Reconocían que él era el mismo que se sentaba para pedir limosna en la puerta Hermosa del templo, y se llenaron de asombro y de admiración por lo que le había acontecido. 

El MILAGRO DE SANIDAD (3:1–10)


1 Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. 2 Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo 3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. 4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. 5 Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. 6 Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.

7 Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; 8 y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. 9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. 10 Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.

Entre el patio de los gentiles y el patio de las mujeres había una bella puerta de bronce labrado, de estilo corintio, con incrustaciones de oro y plata. Era más valiosa que si hubiera sido hecha de oro puro.

En la Puerta Hermosa, Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo de nacimiento al que llevaban a diario y dejaban fuera de ella para que pidiera limosnas (regalos de caridad). Más tarde leemos que el hombre tenía más de cuarenta años. Jesús pasó por allí muchas veces, pero es evidente que el hombre nunca le pidió sanidad. También es posible que Jesús en la providencia divina y sabiendo los tiempos perfectos, dejó a este hombre para que se pudiera convertir en un testigo mayor aún cuando fuera sanado más tarde.

Cuando este hombre les pidió una limosna, Pedro, junto con Juan, fijó sus ojos en él. Qué contraste este momento con los celos que los discípulos se mostraban mutuamente antes (Mateo 20:24). Ahora actúan en conjunto, en completa unidad de fe y de propósito. Entonces Pedro, como vocero, le dijo: “Míranos”. Esto hizo que el hombre pusiera toda su atención en ellos, y suscitó en él la esperanza de recibir algo.

Sin embargo, Pedro no hizo lo que él esperaba. El dinero que tenía, muy probablemente ya se lo había dado a los creyentes necesitados. Pero sí tenía algo mejor que darle. Su declaración: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy”, exigió fe de su parte. No hay duda de que lo dijo bajo el impulso del Espíritu Santo, que le había dado un regalo (un don) de sanidad para este hombre (1 Corintios 12:9, 11).

Entonces Pedro, en forma de mandato, le dijo: “En el nombre de Jescuristo de Nazaret, levántate y anda”. Al mismo tiempo, puso su fe en acción, al tomar al hombre por la mano derecha y levantarlo. Inmediatamente, los pies y los tobillos de aquel hombre recibieron fortaleza (se le afirmaron). Es muy posible también que la fe de aquel hombre recibiera una sacudida al ser mencionado el nombre de Jesús, Mesías de Nazaret. Quizá alguno de los tres mil que fueron salvos en Pentecostés ya le había testificado. Con seguridad habría oído de otros que habían sido sanados por Jesús.

Cuando los pies y los tobillos de aquel hombre se llenaron de fortaleza, Pedro no tuvo que seguirlo levantando. El hombre saltó, se puso en pie por un instante y comenzó a caminar. Puesto que era cojo de nacimiento, nunca había aprendido a caminar. No hay sacudida psicológica capaz de realizar esto.

Ahora que el hombre estaba sanado, podía entrar al Templo. Puesto que no se les permitía a los impedidos entrar, ésta sería la primera vez en su vida. Entró caminando normalmente con Pedro y Juan, daba unos cuantos pasos y saltaba de puro gozo, gritando continuamente las alabanzas de Dios. Dios lo había tocado y no podía contener el gozo y la alabanza.

El versículo 11 indica que todavía sostenía la mano de Pedro, y también tomó la de Juan. Qué escena tan maravillosa debe haber sido la del hombre aquel que entraba caminando y saltando en el patio del Templo, y arrastrando a Pedro y a Juan consigo.

Toda la gente que lo veía, lo reconocía como el hombre que había nacido cojo y estaba siempre sentado pidiendo limosna en la Puerta Hermosa. Por consiguiente, su sanidad los llenó de asombro (no la palabra ordinaria, sino otra que está relacionada con el terror) y de espanto (implica también perplejidad). Estaban atónitos y sobrecogidos.

Aunque en los evangelios pocas veces podemos ver a Pedro y Juan juntos, cuando lo hacen generalmente es para mostrar o dar testimonio de algo. La tradición ha tratado de hacer a Juan menor, pero es probable que tuvieran aproximadamente la misma edad. Lo importante, no obstante, no está en la edad sino en la capacidad de unir dos caracteres tan distintos y dos vidas dispares para hacer algo similar para el Señor. Supieron trabajar juntos como pescadores (Lc. 5:10), oyeron el mismo llamado y recibieron el mismo bautismo (Jn. 1:41). Los dos prepararon la pascua (Lc. 22:8). Juan llevó a Pedro al palacio del sumo sacerdote (Jn. 18:16) y presenció las negociaciones. Pedro negó al Señor y se distanció, pero la amistad no se enfrió porque con Juan fueron al sepulcro en la mañana de la resurrección (Jn. 20:6).

Después de la resurrección creció aún más el afecto entre los dos, después que Pedro ajusta sus relaciones con el Señor Jesús. Fue Pedro quien preguntó “Señor ¿y qué de éste?” (Jn. 21:21), señalando a Juan, pensando que una decisión de Cristo los separaría del ministerio.

Ahora están definitivamente unidos, porque las rivalidades de la inmadurez pasaron al olvido (Mt. 20:20; Mr. 10:35). Juntos van a Samaria (8:14) y también respaldan la labor de Pablo y Bernabé entre los gentiles (Gá. 2:9).
a.     La visita al templo

Los dos apóstoles están a punto de entrar al templo a las tres de la tarde, la hora del sacrificio. La tradición hebrea había establecido la hora tercia (9 de la mañana), la hora sexta (12 del mediodía) y la hora novena (3 de la tarde) para la oración privada. Daniel tenía esa misma costumbre (Dn. 6:10, 13) y también otros siervos de Dios (Sal. 55:17), aunque las frecuencias variaban (Sal. 119:164). Prácticas similares parecen haber prevalecido hasta principios del siglo II, aunque las circunstancias cambiaron a causa de la posterior desaparición del templo en el año 70 DC, y también por la extensión del evangelio en territorio gentil.

Además, la enseñanza de la Biblia es orar en todo lugar (10:4; 12:5; 16:13; Ro. 12:12; Col. 4:2) y en todo tiempo, que es una manera de dejar el judaísmo atrás y para siempre. Al margen de esta enseñanza nos conviene observar la lección para nosotros: (1) “subían juntos”—unidad de propósito; (2) “a la hora de la oración”—prolijidad en el horario fijado.
b.     La presencia del paralítico
No sabemos si este era el único paralítico; pensamos que no. Seguramente había otros, pero a Lucas le interesa destacar este caso porque tiene presente por lo menos dos cosas: (1) ilustrarle a Teófilo cómo eran los milagros que Jesús realizaba después “que fue recibido arriba” (1:2); (2) mostrar cómo la oposición no podría destruir la comunidad de los santos.

Aunque hemos de estudiar el caso como algo real y práctico, no podemos dejar de decir que este hombre es una figura de la triste situación de la humanidad: espiritualmente paralítica, cerca de la religión pero lejos de Dios. Una humanidad en busca de favores de los hombres que no pueden dar las soluciones de fondo porque no tienen poder para enfrentar la situación.

Aunque en 2:43 vimos que “muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles”, este caso es el primero que disponemos al detalle. Por esta causa es importante dedicarle atención.

Miremos: 

primer lugar al paralítico, desahuciado por la sociedad, con más de cuarenta años de dolor en todos los sentidos: físico, moral, espiritual, etc. Era pobre y dependiente de la sociedad aun para el escaso movimiento que podía realizar.

En segundo lugar, y lo que a nuestro juicio es lo más importante, está la actitud de Pedro y Juan como representantes de un cristianismo activo. Si bien lo que piensan encarar es un desafío, se interesan por el prójimo, muestran interés por hacer el bien, y lo concretan.

Ambos “pusieron en él los ojos”, buscando penetrar en el secreto de lo que pasaba en el interior de esta persona. Actuaron de un modo muy particular: 
(1) “Míranos”, es decir, pon en nosotros tu atención. No somos igual que los demás, porque representamos al Dios viviente. 
(2) “Él estuvo atento”, es decir, logran que preste atención. Están seguros de que tienen algo para él, pero el hombre ignora qué es. Los apóstoles quieren que deje todo para descubrir en detalle todo lo que sucederá y posteriormente esté en condiciones de saber a quién atribuir lo acontecido. 
(3) Le hablan y se identifican con él. Pedro le dice: “no tengo plata ni oro, etc.”, frase con la que el apóstol se hizo famoso hasta hoy. Parte de esa fama surge de que siendo los apóstoles depositarios de las donaciones de la iglesia, no disponían de dinero para sí; y parte podría ser porque la iglesia que reclama ser sucesora de los apóstoles hoy tiene una fortuna incalculable.

La cláusula central de su dicho es: “en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (v. 6), que como veremos es el epicentro del terremoto producido en los religiosos del sanedrín. 

(4) Transforman al cojo en un testigo, tomándole de la mano para ayudarle a concretar públicamente lo que acaba de oír.

Antes de analizar el método de la sanidad, es bueno que notemos cómo estos hombres vincularon la vida devocional con la vida social. Ven a las personas en su necesidad y no se limitan únicamente a la “oración de las tres de la tarde”. La lección es de actualidad. Tenemos la tendencia a desligar lo espiritual de lo social, y para algunos hermanos nada tiene en común una cosa con la otra. Pero no es así porque en un sentido somos luz, pero en otro sal metidos en la sociedad.
c.     El “nombre de Jesucristo de Nazaret”
El paralítico instalado en la puerta la Hermosa, que algunos identifican como la de Nicanor de tiempos posteriores, era la entrada principal oriental a los recintos del templo, desde el patio de los gentiles. Era bonita y elegante. Por las constantes visitas que los creyentes hacían al templo, se conocen las experiencias de la nueva comunidad.

Pero ahora se produce un verdadero incendio, al resonar “el nombre de Jesucristo de Nazaret” para dar sanidad a uno de los más antiguos paralíticos. Para Pedro, hacer uso de su don de sanidad es normal. Tiene una potencia que Jesucristo le otorgó y que puede dar simplemente impartiendo órdenes. 

Le dijo: “lo que tengo te doy”. Opera en el mismo nombre que había exaltado en Pentecostés y por cuya autoridad miles conocieron la verdad y fueron bautizados (2:38). Es la causa que encoleriza a los sacerdotes y produce la primera reacción virulenta contra la iglesia, reacción que estudiaremos más adelante.
d.     La reacción de la multitud
“Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios” (v. 9). El paralítico—ahora sanado—de inmediato pone en funcionamiento sus nuevas capacidades mostrando a la gente al menos cuatro maneras para activar sus facultades restauradas: 
(1) “se levantó” y se afirmaron sus pies, cobró fuerzas; 
(2) inicia su camino de progreso: “anduvo”; 
(3) se compromete con sus benefactores: “entró con ellos al templo”; 
(4) agradece a Dios: “saltando y alabando a Dios.”

El testimonio es singular; la gente nunca había visto nada semejante y “se llenaron de asombro y espanto”. Esto último, posiblemente al observar que el Jesús despreciado por los hombres y crucificado como blasfemo, era más poderoso que toda la religión y su aparato tradicional que no les había proporcionado nada.
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