lunes, 27 de abril de 2015

La hermosura de un espíritu colaborador y respetuoso tiende a suavizar al marido: El esposo tiene la oportunidad de observar detenidamente la diferencia que el evangelio hace en la vida de su esposa

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6



 
 
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El Matrimonio que Vive Sabiamente
1 Pedro 3:1–7
El alto índice de divorcios muestra que la fibra que une a nuestra sociedad es muy frágil. En algunos lugares, hay tantos divorcios como bodas. En realidad, este no es el único problema, porque muchas parejas mantienen la fachada y permanecen casadas pero sin unidad en el pensamiento, las metas y los valores. No se conocen realmente y no se apoyan mutuamente.
La clave para entender estos versículos es observar la relación que tienen con el capítulo 2. La palabra asimismo con que se inicia 3:1 relaciona el pasaje acerca del matrimonio con el ejemplo de Jesucristo. El, con paciencia y propósito, se sujetó a los demás y sufrió para llenar las necesidades de otros. Este es el secreto de un matrimonio feliz y duradero.
Imitar buenos modelos asegura el éxito en la vida personal y conyugal. Lo triste es que gran número de personas sólo han visto los modelos de padres y familiares que no pudieron desarrollar un matrimonio estable y feliz. Muchos ven telenovelas o leen revistas que reportan las vidas de las estrellas del cine con todos sus altibajos emocionales. Estas personas no practican los fundamentos del matrimonio cristiano.
Pedro nos recuerda el comportamiento de Jesucristo que es Dios mismo y quien diseñó el matrimonio, por lo que es el experto en relaciones humanas. La Biblia es el manual del fabricante que instruye a las parejas sobre el buen funcionamiento de esa institución.
El pasaje tiene dos párrafos dirigidos primero a la mujer y después al varón.
3:1–6
3:7
La belleza que necesita la esposa
La sabiduría que necesita el esposo
LA ESPOSA HERMOSA 3:1–6
Aquí instruye a la mujer en los secretos de la belleza personal, que bien entendida tiene poder, junto con la obra del Espíritu Santo, para ganar al esposo para Cristo
¡PENSEMOS!
Medite en los versículos 1–6. ¿Cuáles son las características de la mujer cristiana que pueden ganar a un esposo que no conoce al Señor? ¿Cuáles son los dos tipos de belleza que Pedro menciona? ¿Qué caracteriza a cada uno? ¿Cómo se muestra hoy en día el espíritu afable y apacible? ¿Qué aprende la mujer del modelo de Sara? ¿Por qué se comportaron así las santas mujeres? ¿Cuáles pueden ser algunos temores de la mujer actual? ¿Cómo puede la conducta correcta evitar el temor?
La belleza interna impacta al esposo (3:1–2)
En primer lugar, la mujer ha de seguir el ejemplo de Cristo; él mostró fuerza, paciencia y ternura, aun en medio de circunstancias que amenazaban su vida y controlaba sus reacciones para no pecar. Soportó los insultos y mal trato de sus enemigos. Dio su vida por los demás; es el tierno Pastor y Obispo de las almas.
Pedro instruye a las mujeres acerca de su relación con su esposo, sea creyente o no y aclara que, para ganar al esposo que no conoce a Cristo, es más importante la conducta que las palabras (sin palabra). La constante e insistente predicación de la esposa puede alejar al esposo y endurecer su corazón.
La hermosura de un espíritu colaborador y respetuoso tiende a suavizar al marido. En el versículo 2, la palabra considerando sugiere que el esposo tiene la oportunidad de observar detenidamente la diferencia que el evangelio hace en la vida de su esposa.
Note que la exhortación a que las esposas se sometan a sus maridos no sugiere inferioridad. Cristo no era inferior a quienes lo maltrataron y mataron. Un soldado puede ser mejor persona que un general. En todos los niveles de la sociedad existe el liderazgo, pero esto no significa que una persona sea superior a otra. Tanto la mujer como el hombre fueron hechos a la imagen de Dios; él les dio a los dos el dominio de la creación. Cuando reciben a Cristo, los dos vienen a ser uno en él.
Y DIJO JEHOVA DIOS: NO ES BUENO QUE EL
HOMBRE ESTE SOLO; LE HARE AYUDA IDONEA
PARA EL (GENESIS 2:18)
Tampoco debemos pensar que la mujer es la sirviente del hombre; ni debe ser maltratada o explotada porque Dios la creó para complementarlo. Ella es lo que él no puede ser y hace lo que hace mejor. La Biblia no humilla a la mujer sino que la dignifica como una persona que ayuda a su marido para que él sea mejor y más efectivo. Para este fin, ella ha de sentir confianza de expresar sus ideas y deseos. Su marido aprovechará su sabiduría femenina, conocimientos e intuición.
Ella por su lado, debe apoyar, animar y escuchar a su esposo; no manipularlo ni engañarlo. Tampoco despreciarlo ni criticarlo porque después de Dios, es la persona más importante en su vida.
El Señor ha creado el orden en el universo y también en el hogar para que haya unidad y tranquilidad. Los cónyuges no son competidores, sino socios en la tarea de crear un hogar que contribuya al bienestar, crecimiento y santidad de la pareja, de los hijos y de otras personas.
La belleza interna agrada a Dios (3:3–4)
En el primer siglo, la mujer invertía dinero y tiempo para adornarse según se indica en el versículo 5. ¿Cuáles son las tendencias de la mujer actual al respecto?
La pureza y modestia son cualidades internas que afectan la conducta y el adorno externo. Pedro no prohibe esto último; más bien enseña que el creyente no debe dejarse influir por la sociedad en su deseo de atraer la atención a través de la ostentación y la pompa. El apóstol dice que lo que está adentro es el adorno más valioso e impactante.
La mujer no ha de imitar la corriente de este mundo. Su encanto reside en una actitud pacífica de cooperación con su marido, sin mostrar rebeldía ni resentimientos.
Es evidente que Pedro no infiere que la mujer descuide su aspecto físico. El vocabulario que usa indica que es de esperarse que ella busque ser atractiva. Sara, el modelo de santidad, era una mujer conocida por su belleza y atractivo.
…QUE ENSEÑEN A LAS MUJERES JOVENES A AMAR
A SUS MARIDOS Y A SUS HIJOS, A SER
PRUDENTES, CASTAS, CUIDADOSAS DE SU CASA,
BUENAS, SUJETAS A SUS MARIDOS, PARA QUE LA
PALABRA DE DIOS NO SEA BLASFEMADA
(TITO 2:4–5).
La belleza interna ha sido comprobada a través de la historia (3:5–6)
Pedro cita los nombres de mujeres de la antigüedad que poseían cualidades sobresalientes de espíritu y conducta que adornaban sus vidas
En el versículo 5 menciona tres de estas características:
1)     santas,
2)     esperaban en Dios y
3)     sujetas a sus maridos.
“Santa” corresponde a la palabra “casta” que mencionó en el versículo 2. La esperanza que tenían puesta en el Padre celestial tiene relación con “afable” que usa en el versículo 4. Este adjetivo describe a la persona que vive tranquila porque acepta la voluntad del Altísimo para su vida. Aunque las circunstancias, incluso las del hogar, no son lo perfectas que quisiera, ella pone su fe en Dios para que él llene su vida de gozo y contentamiento.
Sara es ejemplo de sumisión. Si la mujer de hoy la imita, entonces será llamada “hija de Sara”, así como los que son salvos por la fe son “hijos de Abraham” (Gálatas 3:7).
En el versículo 6, el autor menciona dos cualidades más:
1)     “hacer el bien” que significa cultivar y practicar el estilo de vida que este pasaje describe, y
2)     estar sin temor. Esto último significa literalmente estar libre de pánico o agitación y exhibir serenidad. Esta característica es consecuencia de confiar en su esposo y reconocer que él es responsable delante de Dios del bienestar del hogar. Como dice el libro de Proverbios: “…no se aparten estas cosas de tus ojos; guarda la ley y el consejo. Y serán vida a tu alma, y gracia a tu cuello. Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes, no tendrás temor, sino que te acostarás, y tu sueño será grato. No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque Jehová será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso” (3:21–26)
¡PENSEMOS!
Para la mujer: ¿Cuáles son las cualidades personales en los versículos 1–6 que usted necesita cultivar más? ¿En qué formas puede mostrar respeto y admiración a su esposo? ¿Ha de someterse la esposa a su marido aun cuando él no demuestra amor? ¿Pueden existir circunstancias en las cuales la mujer no deba obedecer a su esposo? ¿Qué significa para usted el ser casta y santa? ¿Cuáles son algunos temores comunes de las esposas? ¿ ?Cómo puede la conducta correcta evitar el temor? Comparta algo que usted ha aprendido acerca de la sumisión en su vida matrimonial.
Para el hombre: ¿Qué puede hacer el esposo para hacer más fácil que su esposa se conduzca en la forma correcta?
EL ESPOSO SABIO 3:7
Es importante notar que Pedro dedica más espacio a la mujer que al hombre en este pasaje. No se debe a que el hombre tiene menos necesidad de orientación. En Efesios 5, Pablo dice mucho más al hombre que a la mujer. Posiblemente Pedro sabía que en aquellas congregaciones había muchas señoras cuyos maridos no eran creyentes todavía o conocía que eran rebeldes no sólo en las relaciones con el gobierno y sus amos, sino también en el hogar.
¡PENSEMOS!
¿En qué debe ser el comportamiento del hombre semejante al de la mujer? ¿En qué forma puede un esposo mostrar sabiduría en su relació con su compañera? ¿Qué significa que la mujer es un “vaso más frágil”? ¿Encuentra la idea de sumisión en las instrucciones a los hombres? ¿Qué significa para usted “coherederas de la gracia de la vida”?
El hombre también debe sujetarse
El escritor continúa la misma cadena de ideas. Empezó el versículo 1 diciendo: asimismo y en el 7 repite: igualmente para indicar que tanto las esposas como los maridos han de imitar a Jesucristo en el sometimiento y control personal. Ellos deben ejercer su liderazgo con amor, no buscando su propio bien y comodidad sino el bienestar de su esposa e hijos; deben entregarse a los que son de su familia y tratar de llenar sus necesidades. Esto requiere sacrificar sus deseos egoístas y sujetarse a los demás.
El hombre ha de ser sabio
“Vivid con ella sabiamente” significa adquirir conocimientos acerca de la naturaleza y necesidades especiales de su pareja. También quiere decir que el esposo ajusta su conducta de acuerdo a ellas y que se adapta a la naturaleza más frágil de la mujer.
El marido no puede disfrutar de autonomía personal. En primer lugar, Dios lo hace responsable del bienestar de los miembros de su familia y tendrá que rendirle cuentas de este importante encargo.
En segundo lugar, el esposo acepta el privilegio y el deber de compartir su vida con otro ser humano y guiar el hogar de manera que haya reciprocidad. El liderazgo del esposo es un ministerio, de manera que su esposa se siente amada, apoyada y edificada. El debe dedicarse a servir a los de su hogar administrándolo de tal manera que traiga seguridad, estabilidad, felicidad y desarrollo emocional y espiritual.
MARIDOS, AMAD A VUESTRAS MUJERES, ASI
COMO CRISTO AMO A LA IGLESIA, Y SE ENTREGO
A SI MISMO POR ELLA (EFESIOS 5:25).
Para comprender a su esposa, el marido necesita involucrarse con ella y sus preocupaciones, escucharla y dialogar con ella. El matrimonio provee una oportunidad única de conocer a otra persona, sus gustos, intereses, talentos, temores y ansiedades. La esposa anhela ser comprendida y
esto le hará sentir segura y amada.
El hombre ha de honrar a su esposa
Como la esposa ha de respetar a su esposo, también el marido tiene que asignarle una posición de honor, sabiendo que no es inferior, sino que tiene cualidades personales y habilidades únicas y valiosas. El esposo le hace sentir que es importante, atractiva y esencial para él.
Pedro explica que existen dos razones por las que la esposa merece consideración especial. En primer lugar, porque es más frágil. Es posible que se refiera a que por lo general, es más sensible y vulnerable emocionalmente. Por ejemplo, se siente profundamente lastimada cuando no ve afecto, lealtad y apoyo de su esposo.
En segundo lugar, Pedro dice que es “coheredera de la gracia de la vida”. En el matrimonio cristiano, ambos cónyuges son iguales porque los dos poseen la vida de Dios y tienen los mismos privilegios delante de él así como la misma responsabilidad de cumplir la voluntad divina; ambos son siervos del Altísimo.
MARIDOS, AMAD A VUESTRA MUJERES, Y NO
SEAIS ASPEROS CON ELLAS (COLOSENSES 3:19)
¿Cómo respeta y honra el hombre a su esposa? Cuidando su manera de hablar y siendo cortés; manifestando delante de otras personas su aprecio y respeto. Le asegura su lealtad y fidelidad, dando evidencias de que la ama y la hace sentir segura y apreciada por medio de los actos de apoyo, cariño y colaboración.
Un hombre así conserva la comunión con Dios
La relación que se desarrolla en el matrimonio es tan importante como cualquier otra conducta que Dios nos manda. Tiene muchas repercusiones para la tranquilidad del hogar, el testimonio a los demás, la unidad de la iglesia, la seguridad de los hijos y el crecimiento espiritual de los esposos. Además, también afecta nuestra relación con el Señor.
Cuando el esposo no vive sabia y respetuosamente con su mujer, se interrumpe su comunión con el Altísimo. Desobedecer el patrón divino para el matrimonio es pecado. Esta desobediencia y rebelión impide la comunicación y oración con el Señor. Mantener la armonía en el hogar es de suma importancia. El esposo, como líder, es la persona responsable por mantener el martimonio en el camino correcto. La oración es uno de los recursos más potentes que él y su esposa tienen.
¡PENSEMOS!
Para el hombre: ¿Qué debe hacer usted para llegar a comprender mejor a su esposa? ¿Está usted seguro que su esposa sabe que usted la ama? ¿Que ella siente que usted es leal y que la apoya? ¿Que usted la considera esencial? ¿Que aprecia su valor y su atractivo como persona? ¿Cómo podría mejorar su comunicación y su conducta para que ella sepa todo esto?
Para la mujer: ¿Cómo puede usted facilitar que su esposo la conozca mejor? ¿Necesita hacer combios en su comportamiento y comunicación para que le sea más fácil amarla y respetarla?
Para ambos: ¿Somos socios o competidores? ¿Contribuye cada uno a que el otro esté más cerca de Dios? ¿Nos entendemos mejor? ¿Tomamos en cuenta los sentimientos del otro? ¿Contesta Dios nuestras oraciones? ¿El matrimonio enriquece nuestras vidas? O, ¿estamos robándonos unos a otros la bendición de Dios?

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domingo, 26 de abril de 2015

La luz sigue brillando en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido ni la han comprendido

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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“Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra?” preguntaba Salomón al dedicar el templo (1 Reyes 8:27). ¡Buena pregunta, en verdad! La gloria de Dios había morado en el tabernáculo (Éxodo 40:34), y en el templo (1 Reyes 8:10–11); pero esa gloria se había alejado de Israel por causa de su desobediencia (Ezequiel 9:3; 10:4, 18; 11:22–23).
Entonces sucedió algo maravilloso: la gloria de Dios llegó de nuevo a su pueblo, en la persona de su Hijo, Jesucristo. Los escritores de los cuatro Evangelios nos han dado vistazos de la vida de nuestro Señor en la tierra, porque ninguna biografía completa jamás se podría escribir (Juan 21:25). Mateo escribió teniendo en mente a sus paisanos judíos, y recalcó que Jesús de Nazaret había cumplido las profecías del Antiguo Testamento. Marcos escribió para los atareados romanos. En tanto que Mateo recalcó al Rey, Marcos lo presentó como el Siervo que ministraba a los necesitados. Lucas escribió su Evangelio para los griegos, y les presentó al Hijo del hombre que simpatizaba con ellos.
Pero le fue concedido a Juan, el discípulo amado, escribir un libro tanto para judíos como para gentiles, presentando a Jesús como el Hijo de Dios. Sabemos que Juan tenía en mente a los gentiles tanto como a los judíos, porque a menudo interpretó palabras y costumbres judías para sus lectores (Juan 1:38, 41–42; 5:2; 9:7; 19:13, 17; 20:16). Su énfasis ante los judíos fue que Jesús no sólo cumplió las profecías del Antiguo Testamento, sino que también cumplió los tipos. Jesús es el Cordero de Dios (Juan 1:29), y la Escalera del cielo a la tierra (Juan 1:51; y ve Génesis 28). Es el Nuevo Templo (Juan 2:19–21), y da un nuevo nacimiento (Juan 3:4 en adelante). Es la serpiente levantada (Juan 3:14) y el Pan de Dios que vino del cielo (Juan 6:35 en adelante).
Entre tanto que los tres primeros evangelios se dedican a relatar eventos en la vida de Cristo, Juan enfatiza el significado de dichos eventos. Por ejemplo, los cuatro evangelios registran el milagro de la alimentación de los 5.000 hombres, pero sólo Juan registra el sermón de Jesús sobre “El Pan de Vida” que fue predicado enseguida de dicho milagro cuando lo interpretó para la gente.
Pero hay un tema principal que se halla en todo el Evangelio de Juan: Jesucristo es el Hijo de Dios, y si te entregas a él, te dará la vida eterna (Juan 20:31). En este primer capítulo Juan anotó siete nombres y títulos de Jesús que lo identifican como el Dios eterno.


  El Verbo (Juan 1:1–3, 14)

Así como nuestras palabras revelan a otros lo que hay en nuestro corazón y nuestra mente, de la misma manera Jesucristo es el “Verbo” de Dios para revelarnos el corazón y la mente de Dios. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Una palabra se compone de letras, y Jesucristo es “el Alfa y la Omega” (Apocalipsis 1:11), la primera y la última letras del alfabeto griego. Según Hebreos 1:1–3 Jesucristo es la última palabra de Dios para la humanidad, porque él es la culminación de la revelación divina.
Jesucristo es el Verbo eterno (Juan 1:1–2). Existía en el principio, no debido a que tuvo algún principio como criatura, sino porque es eterno. El es Dios y estaba con Dios. “Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58).
Jesucristo es el Verbo Creador (Juan 1:3). Hay por cierto un paralelo entre Juan 1:1 y Génesis 1:1, la nueva creación y la vieja creación. Dios creó los mundos mediante su palabra: “Y dijo Dios: Sea…”. “Porque él dijo, y fue hecho; El mandó, y existió” (Salmo 33:9). Dios creó todo por medio de Jesucristo (Colosenses 1:16), lo que quiere decir que Jesús no es un ser creado. El es el Dios eterno.
En el griego, “fue hecho” es una forma del verbo llamada tiempo perfecto, lo que significa un acto completado. La creación está terminada. No es un proceso todavía en marcha, aunque Dios por cierto sigue obrando en su creación (Juan 5:17). La creación no es un proceso; es un producto terminado.
Jesucristo es el Verbo Encarnado (Juan 1:4). No era un fantasma o espíritu cuando ministraba en la tierra, ni tampoco su cuerpo era una mera ilusión. Juan y los otros discípulos tuvieron una experiencia personal que los convenció de la realidad del cuerpo de Jesús (1 Juan 1:1–2). Aunque Juan recalca la deidad de Cristo, deja bien claro que el Hijo de Dios vino en la carne y estuvo sujeto a las limitaciones resultantes de la naturaleza humana, pero sin pecado.
En su Evangelio Juan destaca que Jesús se cansó (Juan 4:6) y tuvo sed (Juan 4:7), gimió por dentro (Juan 11:33), y lloró abiertamente (Juan 11:35). En la cruz tuvo sed (Juan 19:28), murió (Juan 19:30), y sangró (Juan 19:34). Después de su resurrección les demostró a Tomás y a los demás discípulos que todavía tenía un cuerpo verdadero (Juan 20:24–29), aun cuando era un cuerpo ya glorificado.
¿Cómo fue que el Verbo se hizo carne? Mediante el milagro del nacimiento virginal (Isaías 7:14; Mateo 1:18–25; Lucas 1:26–38). Tomó sobre sí la naturaleza humana sin pecado y se identificó con nosotros en todo aspecto de la vida desde el nacimiento hasta la muerte. “El Verbo” no era un concepto abstracto de la filosofía, sino una verdadera persona a quien se podía ver, tocar y oír. El cristianismo es Cristo, y Cristo es Dios.
La revelación de la gloria de Dios es un tema importante en el Evangelio. Jesús reveló la gloria de Dios por medio de su persona, sus obras y sus palabras. Juan anotó siete maravillosas señales (milagros) que abiertamente declaraban la gloria de Dios (Juan 2:11). La gloria del Antiguo Pacto de la Ley era una que menguaba, pero la gloria del nuevo pacto en Cristo es una gloria que va en aumento (ve 2 Corintios 3). La Ley podía revelar el pecado, pero no podía jamás quitarlo. Jesucristo vino con plenitud de gracia y verdad, y esta plenitud está disponible para todo el que confía en él (Juan 1:16).


  La Luz (Juan 1:4–13)

La vida [Gr. zoe] es un tema central en el Evangelio de Juan; se usa treinta y seis veces. ¿Cuáles son las cosas esenciales para la vida humana? Hay por lo menos cuatro: luz (si el sol desapareciera todo moriría), aire, agua y comida. ¡Jesús es todo esto! El es la Luz de la vida y la Luz del mundo (Juan 8:12). Es el “Sol de justicia” (Malaquías 4:2). Por su Espíritu Santo nos da el aliento de vida (Juan 3:8; 20:22), así como el Agua de vida (Juan 4:10, 13–14; 7:37–39). Finalmente, Jesús es el Pan vivo de Vida que descendió del cielo (Juan 6:35 en adelante.). No sólo tiene vida y da vida, sino que es vida (Juan 14:6).
La luz y las tinieblas son temas recurrentes en el Evangelio de Juan. Dios es luz (1 Juan 1:5) en tanto que Satanás es “la potestad de las tinieblas” (Lucas 22:53). La gente ama o la luz o las tinieblas, y ese amor controla sus acciones (Juan 3:16–19). Los que creen en Cristo son “hijos de luz” (Juan 12:35–36). Así como la primera creación empezó con “Sea la luz” así la nueva creación empieza con la entrada de la luz en el corazón del creyente (2 Corintios 4:3–6). La venida de Jesucristo al mundo fue la aurora de un nuevo día para el hombre pecador (Lucas 1:78–79).
Uno pensaría que los pecadores ciegos recibirían con beneplácito la luz, pero no siempre es ese el caso. La venida de la verdadera luz trajo conflicto porque los poderes de las tinieblas se opusieron a ella. Una traducción literal de Juan 1:5 dice: “La luz sigue brillando en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido ni la han comprendido”. En el griego el verbo puede significar vencer, captar o comprender. En todo el Evangelio de Juan se ven reveladas ambas actitudes: la gente no quiere comprender lo que el Señor está diciendo y haciendo y, como resultado, se opondrá a él. Juan 7–12 relata el crecimiento de esa oposición, que a la larga llevaría a la crucifixión de Cristo.
Cada vez que Jesús enseñó una verdad espiritual, sus oyentes la interpretaron de una manera material o física. La luz no podía penetrar las tinieblas de sus mentes. Esto fue cierto cuando Jesús habló del templo de su cuerpo (Juan 2:19–21), del nuevo nacimiento (Juan 3:4), del agua viva (Juan 4:11), de comer su carne (Juan 6:51 en adelante), de la libertad espiritual (Juan 8:30–36), de la muerte como si hablara de dormir (Juan 11:11–13), y de muchas otras verdades espirituales. Satanás se esfuerza por mantener a la gente en las tinieblas, porque las tinieblas significan la muerte y el infierno, mientras que la luz significa la vida y el cielo.
Este hecho ayuda a explicar el ministerio de Juan el Bautista (Juan 1:6–8). Juan fue enviado como testigo de Jesucristo, para que le dijera a la gente que la Luz había venido al mundo. La nación de Israel, a pesar de todas sus ventajas espirituales, ¡estuvo ciega a su propio Mesías! La idea de ser testigo es un concepto clave en este libro; Juan la usa como sustantivo y como verbo unos cuarenta y cinco veces. Juan el Bautista fue uno de los muchos que dieron testimonio de Jesús. “Este es el Hijo de Dios”. Pero, Juan el Bautista fue ejecutado y los dirigentes judíos no hicieron nada por impedirlo.
¿Por qué rechazó la nación a Jesucristo? Porque “no le conocieron”. Adolecían de ignorancia espiritual. Jesús es la “luz verdadera”, la original de la cual toda otra luz es copia, pero los judíos se contentaron con las copias. Tenían a Moisés y a la Ley, el templo y los sacrificios; pero no comprendieron que estas luces apuntaban a la Luz verdadera quien es el cumplimiento y consumación de la religión del Antiguo Testamento.
Al estudiar el Evangelio de Juan se nota que Jesús enseñaba a la gente que él era el cumplimiento de todo lo que estaba tipificado en la Ley. No bastaba haber nacido como judío; había que nacer de nuevo, nacer de arriba (Juan 3). Deliberadamente Jesús hizo dos milagros en el sábado para enseñarles que él tenía un nuevo reposo para ellos (Juan 5; 9). Era el maná que satisfacía (Juan 6) y el agua que da vida (Juan 7:37–39). Es el Pastor de un nuevo rebaño (Juan 10:16), y es una nueva Vid (Juan 15). Pero la gente estaba tan encadenada a la tradición religiosa que no podía entender la verdad espiritual. Jesús vino a su propio mundo que él había creado, pero su propio pueblo, Israel, no pudo comprenderle y no le recibió.
Vieron sus obras y oyeron sus palabras. Observaron su vida perfecta. El les dio toda oportunidad para que captaran la verdad, creyeran y fueran salvos. Jesús es el camino, pero ellos no querían andar con él (Juan 6:66–71). El es la verdad, pero ellos no querían creer en él (Juan 12:37 en adelante). El es la vida, ¡y ellos le crucificaron!
Pero los pecadores de hoy no tienen que cometer semejantes errores. Juan 1:12–13 nos da la maravillosa promesa de Dios de que todo el que recibe a Cristo nace de nuevo y entra en la familia de Dios. Juan habla más de este nuevo nacimiento en el capítulo 3, pero aquí recalca que es un nacimiento espiritual divino, y no un nacimiento físico que depende de la naturaleza humana.
¡La Luz todavía brilla! ¿Has recibido personalmente la Luz y llegado a ser un hijo de Dios?


  El Hijo de Dios (Juan 1:15–28, 49)

Juan el Bautista es uno de los personajes más importantes del Nuevo Testamento. Se le menciona por lo menos ochenta y nueve veces. Juan tuvo el privilegio especial de presentar a Jesús a la nación de Israel. También tuvo la difícil tarea de preparar a la nación para recibir a su Mesías. Les llamó a que se arrepintieran de sus pecados y que demostraran ese arrepentimiento mediante el bautismo y luego viviendo vidas cambiadas.
Juan, el apóstol, resumió lo que Juan el Bautista dijo acerca de Jesucristo (Juan 1:15–18). Primero, él es eterno (Juan 1:15). Juan el Bautista en realidad nació seis meses antes de Jesús (Lucas 1:36); así que en esta declaración se refiere a la preexistencia de nuestro Señor, no a su fecha de nacimiento. Jesús existía incluso antes de que Juan el Bautista fuera concebido.
Jesús es lleno de gracia y de verdad (Juan 1:16–17). Gracia es el favor y bondad de Dios otorgados a los que no los merecen ni pueden ganárselos. Si Dios nos tratara sólo de acuerdo con la verdad, ninguno sobreviviría, pero nos trata a base de la gracia y la verdad. Jesucristo, en su vida, muerte y resurrección, cumplió todas las demandas de la ley; ahora Dios puede dar libremente la plenitud de su gracia a los que confían en Cristo. La gracia sin la verdad sería engañosa, y la verdad sin la gracia sería condenadora.
En Juan 1:17 Juan no sugiere que no había gracia bajo la ley mosaica, porque sí la había. Cada sacrificio era una expresión de la gracia de Dios. La ley también reveló la verdad divina. Pero en Jesucristo la gracia y la verdad alcanzan su plenitud; y esta plenitud está disponible para nosotros. Somos salvos por gracia (Efesios 2:8–9), pero también vivimos por gracia (1 Corintios 5:10) y dependemos de la gracia de Dios en todo lo que hacemos. Podemos recibir gracia sobre gracia, porque “él da mayor gracia” (Santiago 4:6). En Juan 1:17 Juan sugiere que un nuevo orden ha llegado, reemplazando el sistema mosaico.
Finalmente Jesucristo nos revela a Dios (Juan 1:18). En su esencia Dios es invisible (1 Timoteo 1:17; Hebreos 11:27). El hombre puede ver a Dios revelado en la naturaleza (Salmo 19:1–6; Romanos 1:20) y en sus obras poderosas en la historia; pero no puede ver a Dios mismo. Jesucristo nos revela a Dios, porque él “es la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15) y “la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3). La frase que en Juan 1:18 se traduce “dado a conocer” procede del vocablo griego de donde obtenemos el término exégesis, que quiere decir explicar, desdoblar, encaminar. Jesucristo nos explica a Dios y lo interpreta para nosotros. Nosotros simplemente no podemos comprender a Dios sin conocer a su Hijo, Jesucristo.
La palabra Hijo se usa por primera vez en el evangelio de Juan como título para Jesús (Juan 1:18). La frase “el unigénito” quiere decir único, el único en su clase. No quiere decir que hubo un tiempo en que el Hijo no existía, y que luego el Padre le hizo existir. Jesucristo es Dios eterno; siempre ha existido.
Por lo menos nueve veces en el evangelio de Juan a Jesús se le llama “el Hijo de Dios” (Juan 1:34, 49; 3:18; 5:25; 10:36; 11:4, 27; 19:7; 20:31). Recordarás que Juan tuvo como propósito al escribir este evangelio el convencernos de que Jesús es el Hijo de Dios (Juan 20:31). Por lo menos diecinueve veces se le llama “el Hijo”. No sólo que es el Hijo de Dios, sino que también es Dios el Hijo. Incluso los demonios reconocieron esto (Marcos 3:11; Lucas 4:41).
Juan el Bautista es una de las seis personas mencionadas en el Evangelio de Juan que dieron testimonio de que Jesús es Dios. Los otros son Natanael (Juan 1:49), Pedro (Juan 6:69), el ciego que fue sanado (Juan 9:35–38), Marta (Juan 11:27) y Tomás (Juan 20:28). Si se añade a nuestro Señor mismo (Juan 5:25; 10:36), se suman siete testigos.
Juan da el registro de cuatro días en la vida de Juan el Bautista, Jesús y los primeros discípulos. Luego continúa esta secuencia en capítulo 2 y presenta, por así decirlo, una semana en la nueva creación que es paralela a la semana de la creación en Génesis 1.
El primer día (Juan 1:19–24) un comité de los dirigentes religiosos judíos interrogó a Juan el Bautista. Estos hombres tenían todo derecho para investigar a Juan y su ministerio, puesto que eran los custodios y guardianes de la fe. Le hicieron varias preguntas y él les respondió con claridad.
“¿Tú, quién eres?” era una pregunta lógica. ¿Era el Mesías prometido? ¿Era el profeta Elías quien había de venir antes de que apareciera el Mesías? (Malaquías 4:5). Grandes multitudes se habían reunido para oír a Juan, y muchos habían sido bautizados. Aunque Juan no hizo ningún milagro (Juan 10:41), era posible que la gente pensara que él era el Mesías prometido.
Juan negó ser Elías o el Mesías. (En cierto sentido él era el Elías prometido. Ve Mateo 17:10–13.) Juan no tenía nada para decir en cuanto a sí mismo ¡porque había sido enviado para hablar de Jesús! Jesús es el Verbo; Juan no era sino una voz, ¡y no se puede ver una voz! Juan mencionó la profecía de Isaías (Isaías 40:1–3) y afirmó que él era su cumplimiento.
Habiéndose cerciorado de quién era Juan, el comité entonces le preguntó qué hacía. “¿Por qué bautizas?” Juan recibió su autoridad para bautizar, no de los hombres, sino del cielo, porque fue comisionado por Dios (Mateo 21:23–32). Los dirigentes religiosos de los judíos de ese día bautizaban a los gentiles que querían adoptar la fe judía; ¡pero Juan bautizaba judíos!
Juan explicó que su bautismo era con agua, pero que el Mesías vendría y bautizaría con un bautismo espiritual. De nuevo, Juan dejó bien claro que él no estaba estableciendo una nueva religión o buscando exaltarse a sí mismo. Estaba conduciendo a las personas al Salvador, el Hijo de Dios (Juan 1:34). Aprenderemos más tarde que fue mediante el bautismo que Jesucristo sería presentado al pueblo de Israel.


  El Cordero de Dios (Juan 1:29–34)

Este es el segundo día de la semana que registró el apóstol Juan, y sin duda algunos de los miembros del mismo comité estuvieron presentes para oír el mensaje de Juan el Bautista. Esta vez él llamó a Jesús “el Cordero de Dios”, título que repetiría al día siguiente (Juan 1:35–36). En cierto sentido el mensaje de la Biblia se puede resumir en este título. La pregunta en el Antiguo Testamento fue: “¿Dónde está el cordero?” (Génesis 22:7). En los cuatro Evangelios el énfasis es “He aquí el Cordero de Dios”. ¡Aquí está! Después de haber confiado en él cantarás con el coro celestial: “¡Digno es el Cordero!” (Apocalipsis 5:12).
El pueblo de Israel estaba familiarizado con los corderos para los sacrificios. En la Pascua cada familia debía tener un cordero, y durante el año se sacrificaban dos corderos cada día en el altar del templo, además de todos los otros corderos traídos para sacrificios personales. Esos corderos fueron traídos por hombres a los hombres, pero aquí estaba el Cordero de Dios, ¡dado por Dios a los hombres! Los primeros no podían quitar el pecado, pero el Cordero de Dios sí puede quitar el pecado. Los primeros eran sólo para Israel, pero este Cordero derramaría su sangre ¡por todo el mundo!
¿Qué tiene que ver el bautismo de Juan con Jesús como el Cordero de Dios? Los eruditos concuerdan por lo general que en el Nuevo Testamento el bautismo era por inmersión. Era un cuadro de la muerte, sepultura y resurrección. Cuando Juan el Bautista bautizó a Jesús, Jesús y Juan estaban dando un cuadro gráfico del bautismo que Jesús sufriría en la cruz al morir como el Cordero de Dios que se sacrificó (Isaías 53:7; Lucas 12:50). Sería mediante la muerte, sepultura y resurrección que el Cordero de Dios cumpliría toda justicia (Mateo 3:15).
Tal vez Juan estaba equivocado. Tal vez no estaba seguro de que Jesús de Nazaret fuera el Cordero de Dios o el Hijo de Dios. Pero el Padre demostró con claridad para Juan quién era Jesús al enviar al Espíritu como paloma para iluminarle. ¡Qué hermoso cuadro de la Trinidad!


  El Mesías (Juan 1:35–42)

Este es el tercer día en la secuencia. El séptimo día incluyó la boda en Caná (Juan 2:1); y puesto que las bodas judías tradicionalmente se celebraban los miércoles, en este caso el tercer día sería el sábado. Pero no fue un día de reposo ni para Juan el Bautista ni para Jesús, porque Juan estaba predicando y Jesús estaba seleccionando discípulos.
Los dos discípulos de Juan que siguieron a Jesús fueron Juan, el escritor del Evangelio, y su amigo Andrés. Juan el Bautista se alegró cuando la gente dejó de seguirlo a él para seguir a Jesús, porque su ministerio se enfocaba en Jesús. “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).
Cuando Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?” los estaba obligando a definir sus propósitos y metas. ¿Estaban buscando un dirigente revolucionario para derrocar a Roma? ¡Entonces sería mejor que se unieran a los zelotes! Ni en sueños Andrés y Juan se dieron cuenta de cómo sus vidas serían transformadas por el Hijo de Dios.
“¿Dónde moras?” puede significar: Si estás ocupado en este momento, podemos volver más tarde. Pero Jesús les invitó a pasar el día con él (era como las 10 a.m.) y sin duda les dijo algo de su misión, revelándoles lo que ellos tenían en su corazón y contestando sus preguntas. Ambos quedaron tan impresionados que buscaron a sus hermanos y los trajeron a Jesús. Andrés halló a Simón y Juan trajo a Jacobo. En verdad ¡eran guardas de sus hermanos! (Génesis 4:9). Siempre que se halla a Andrés en el Evangelio de Juan, está trayendo a alguien a Jesús: su hermano, el muchacho con los panes y los pescados (Juan 6:8), y los griegos que querían ver a Jesús (Juan 12:20–21). No tenemos registrado ningún sermón de Andrés, pero por cierto que predicó grandes sermones mediante sus acciones como ganador personal de almas.
“Hemos hallado al Mesías” fue el testimonio que Andrés le dijo a Simón. Mesías es una palabra hebrea que significa ungido, y el equivalente griego es Cristo. Para los judíos era lo mismo que decir “Hijo de Dios” (ve Mateo 26:63–64; Marcos 14:61–62; Lucas 22:67–70). En el Antiguo Testamento los profetas, sacerdotes y reyes eran ungidos, y con eso apartados para servicio especial. A los reyes especialmente se les llamaba ungido de Dios (1 Samuel 26:11; Salmo 89:20); así que cuando los judíos hablaban de su Mesías, estaban pensando en el rey que vendría para librarlos y establecer el reino.
Había cierta confusión entre los maestros judíos respecto a lo que haría el Mesías. Algunos lo veían como el sacrificio sufriente (como en Isaías 53), en tanto que otros lo veían como un rey espléndido (como en Isaías 9 y 11). Jesús tuvo que explicarles incluso a sus propios seguidores que la cruz tenía que venir antes de la corona, que él debía sufrir antes de entrar en su gloria (Lucas 24:13–35). Si Jesús era o no en verdad el Mesías fue un problema crucial que era todo un reto para los judíos de esos días (Juan 7:26, 40–44; 9:22; 10:24).
La entrevista de Simón con Jesús cambió la vida del pescador. También le dio un nuevo nombre: Pedro en griego, y Cefas en el arameo, el idioma que Jesús hablaba; y ambos significan una piedra. Exigió gran esfuerzo de parte de Jesús el transformar al débil Simón en una roca, ¡pero lo hizo! “Tú eres… tú serás”, es un gran estímulo para todos los que confían en Cristo. Verdaderamente él nos da el poder (Juan 1:12).
Es digno de notarse que Andrés y Juan confiaron en Cristo por la fiel predicación de Juan el Bautista. Pedro y Jacobo vinieron a Cristo debido a la obra compasiva y personal de sus hermanos. Más adelante Jesús ganaría personalmente a Felipe; y luego Felipe le testificaría a Natanael y le llevaría a Jesús. La experiencia de cada hombre es diferente, porque Dios usa varios medios para llevar al Salvador a los pecadores. Lo importante es que confiemos en Cristo y luego procuremos llevar a otros a él.


  El Rey de Israel (Juan 1:43–49)

Jesús llamó personalmente a Felipe y éste confío en Cristo y le siguió. No sabemos qué clase de preparativos del corazón experimentó Felipe, porque por lo general Dios prepara a la persona antes de llamarla. Lo que sí sabemos es que Felipe demostró su fe al hablarle de ella a su amigo Natanael.
Juan 21:2 sugiere que por lo menos siete de los discípulos de nuestro Señor eran pescadores, incluyendo Natanael. Los pescadores son valientes y apegados a su trabajo, por difícil que sea. Pero Natanael empezó dudando, puesto que no creía que algo bueno pudiera salir de Nazaret. Nuestro Señor nació en Belén, pero creció en Nazaret y llevaba ese estigma (Mateo 2:19–23). Ser llamado “nazareno” (Hechos 24:5) quería decir ser desdeñado y rechazado.
Cuando Natanael vaciló y discutió, Felipe adoptó las propias palabras de nuestro Señor: “Venid y ved” (Juan 1:39). Más tarde Jesús invitaría “Venga… y beba” (Juan 7:37) y “venid y comed” (Juan 21:12). Vengan es la gran invitación de la gracia de Dios.
Cuando Natanael llegó a Jesús descubrió que el Señor ya sabía mucho acerca de él. ¡Qué sorpresa! Al llamarle “un verdadero israelita, en quien no hay engaño” Jesús estaba refiriéndose por cierto a Jacob, el antepasado de los judíos, que usó tretas para engañar a su hermano, a su padre, y a su suegro. El nombre de Jacob fue cambiado a “Israel, príncipe con Dios”. La referencia a la escalera de Jacob en Juan 1:51 confirma esto.
Cuando Jesús reveló que sabía esto de Natanael, dónde había estado y lo que había estado haciendo, fue suficiente para convencer al hombre de que Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Su experiencia fue como la de la samaritana junto al pozo. “Cuando él [el Mesías] venga nos declarará todas las cosas… Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho” (Juan 4:25, 29). La revelación del corazón humano debería tener lugar también en el ministerio de las iglesias locales (1 Corintios 14:23–35).
Cuando Felipe le testificó a Natanael, la evidencia que le dio fue la de Moisés y los profetas (Juan 1:45). Tal vez Jesús le dio a Felipe una explicación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, como lo hizo con los discípulos que iban a Emaús (Lucas 24:13 en adelante). Siempre es bueno ligar nuestro testimonio personal con la Palabra de Dios.
“Rey de Israel” sería un título similar al Mesías, Ungido, porque los reyes siempre eran los ungidos de Dios (ve Salmo 2, especialmente los versículos 2, 6–7). En cierto punto del ministerio de Jesús las multitudes querían hacerle rey, y él rehusó (Juan 6:15 en adelante), pero ante Pilato afirmó que había nacido Rey (Juan 18:33–37).
Algunos estudiosos creen que Natanael y Bartolomé son el mismo individuo. Juan nunca menciona a Bartolomé en su evangelio, pero los otros tres escritores mencionan a Bartolomé pero no a Natanael. El nombre de Felipe va ligado a Bartolomé en las listas de nombres (Mateo 10:3; Marcos 3:18; Lucas 6:14), así que es posible que los dos hombres formaban un equipo y servían juntos. No era raro en esos días que un hombre tuviera dos nombres diferentes.


  El Hijo del Hombre (Juan 1:50–51)

El título “Hijo del Hombre” era uno de los favoritos de nuestro Señor para referirse a sí mismo. Se usa ochenta y tres veces en los Evangelios, y por lo menos trece veces en Juan. El título habla a la vez de la deidad y de la humanidad de Jesús. La visión de Daniel 7:13 presenta al “hijo de hombre” en un escenario definitivamente mesiánico; y Jesús usó el título de la misma manera (Mateo 26:64).
Como Hijo del hombre Jesús es el eslabón vivo entre el cielo y la tierra. Esto explica su referencia a la escalera de Jacob en Génesis 28. El fugitivo Jacob pensaba que estaba solo, pero Dios había enviado a los ángeles para que lo guardaran y guiaran. Cristo es la escalera de Dios entre el cielo y la tierra. “Nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). A menudo en este Evangelio hallarás a Jesús recalcándole a la gente que él había descendido del cielo. Los judíos sabían que “Hijo del hombre” era un nombre para el Mesías (Juan 12:34).
Al terminarse el cuarto día Jesús tenía seis hombres que creían y que eran sus discípulos. Ellos no “lo dejaron todo y le siguieron” de inmediato; eso vendría más tarde. Pero habían confiado en él y experimentado su poder. En los tres años que estaban por delante ellos crecerían en la fe, aprenderían más de Jesús, y un día tomarían el lugar del Señor en la tierra para que la Palabra de Dios pudiera ser llevada a toda la humanidad.
Jesús de Nazaret es Dios venido en carne. Cuando Felipe le llamó “el hijo de José” no estaba negando el nacimiento virginal de Jesús o su naturaleza divina. Esa era meramente su identificación legal, porque al judío se le identificaba por quién era su padre (Juan 6:42). El testimonio de este capítulo entero es claro: ¡Jesús de Nazaret es Dios venido en carne!
¡Dios está aquí!


 
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La vida espiritual que derivamos de Cristo se alimenta y fortalece de Cristo mismo: El Espíritu Santo nos comunica la vida espiritual de Cristo

Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible debe ser apto para enseñar;no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. 1Timoteo3:2,6


 
 
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Información 



Si hay una enseñanza vital de la vida cristiana práctica es que la vida espiritual que derivamos de Cristo se alimenta y fortalece de Cristo mismo. En el momento en que somos salvados, el Espíritu de Cristo viene a morar en nosotros comunicándonos la vida espiritual de Cristo y Sus características.
En Jn. 14:19 Cristo dice a Sus discípulos: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. Y en Jn. 15:4-5: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (comp. Gal. 2:20).
Muchas veces hablamos de la vida eterna como algo que se nos da, y eso no es incorrecto en sí mismo (Pablo dice en Ef. 2:9 que la salvación es un regalo de Dios); pero es más preciso decir que la vida eterna es algo que compartimos. Por el hecho de estar en Cristo somos hechos partícipes de Su vida
Juan nos dice en su primera carta que “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jn. 5:12). Y en el vers. 20 añade: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna”.
Es por eso que el NT hace un uso tan frecuente de la expresión “en Cristo” o frases similares (Pablo usa ese tipo de expresión unas 216 veces en sus cartas). Todo lo que somos y todo lo que tenemos se debe únicamente al hecho de que estamos en Cristo.
Es a eso que se refiere el Señor en Juan 6 cuando dijo a los judíos que si querían ser salvos debían comerlo y beberlo. Cuando nosotros comemos y bebemos los alimentos que sostienen nuestra vida física, esos alimentos vienen a ser parte constituyente de nuestro cuerpo. Y lo mismo ocurre a nivel espiritual. Cuando creemos en Cristo, nos estamos apropiando de Él, y Su vida espiritual con sus características pasa ahora a ser nuestra (comp. Jn. 6:47-58).
Por eso decimos que el cristianismo es Cristo. Estamos vivos espiritualmente porque Él mora en nosotros por Su Espíritu; y ahora podemos ser santos porque Él está obrando en nosotros para hacernos cada vez más semejantes a Él.
Son esas características de Cristo las que Pablo describe en Gal. 5:22-23 como el fruto del Espíritu. La diferencia entre Él y nosotros, es que en la Persona de Cristo esas gracias son intrínsecas y perfectas; mientras que en nosotros son derivadas y necesitan ser perfeccionadas. ¿Cómo? Supliéndonos constantemente de la fuente de la que se derivan: Cristo mismo.
Juan nos dice en su evangelio que la Ley nos fue dada por medio de Moisés, “pero (que) la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). Él es la fuente por la cual fluyen todas las gracias de Dios a nuestras vidas.
Pero, ¿cómo podemos, en una forma práctica, alimentarnos de Cristo? De la misma manera como llegamos a ser partícipes de Él: por medio de la fe. ¿Qué quiso decir el Señor cuando habló de que Él era el Pan de Vida, y que sólo comiéndole a Él podíamos tener vida eterna? El Señor estaba hablando aquí de depositar toda nuestra fe en Él y apropiarnos de Él en todos Sus oficios: como nuestro Profeta, nuestro Sacerdote y nuestro Rey.
Así como el Espíritu de Cristo vino a morar en nosotros cuando fuimos salvados, comunicándonos de ese modo la vida de Cristo y Sus características, esa vida y esas características son ahora desarrolladas y fortalecidas en la misma medida en que continuamos alimentándonos de Cristo por la fe.
Es por fe que contemplamos la gloria de Cristo, Su persona, Su obra de salvación, Su perdón continuo, Sus oficios como Profeta (revelándonos la verdad de Dios), como Sacerdote (intercediendo por nosotros ante Dios) y como Rey (teniendo pleno derecho de gobernar nuestras vidas).
Y cuando miramos a Cristo constantemente con los ojos de la fe, contemplando Su majestad para adorarle, Su santidad y bondad para imitarle y Su redención para agradecerle, entonces las gracias que Él impartió en nosotros se fortalecen y desarrollan (comp. 2Cor. 3:18).
El ministro puritano John Owen dice al respecto: “Cuando la mente es llenada con pensamientos de Cristo y de Su gloria, cuando el alma se adhiere a Él con intensos afectos, esto echará fuera, y no permitirán la entrada, de aquellas causas que provocan debilidad e indisposición espiritual” (Owen; vol. 1, pg. 461).
Y en otro lugar añade: “¿Hemos descubierto en nosotros decaimiento en la gracia…? ¿Mortandad, frialdad, adormecimiento, algún tipo de tontera y de insensibilidad espiritual? ¿Hemos descubierto lentitud en el ejercicio de la gracia en su momento apropiado…? ¿Quisiéramos ver nuestras almas recobrarse de estas enfermedades peligrosas?… No existe una mejor manera de ser sanado y librado; más aún, no existe otra manera que no sea ésta: obtener una fresca visión de la gloria de Cristo por fe… La contemplación constante de Cristo y Su gloria, ejerciendo un poder transformador que reavive todas las gracias, es el único socorro en este caso” (Ibíd.; pg. 395).
¿Qué tanto ocupas tus pensamientos en meditar en la gloria de Cristo? ¿Qué tanto procuras imitarle? ¿Qué tanto le manifiestas tu amor y tu adoración? ¿Qué tanto profundizas en el estudio de Su Persona y Su obra a través del estudio cuidadoso y reflexivo de la Escritura?
La vida cristiana no se vive simplemente siguiendo una serie de reglas o creyendo una serie de doctrinas (por más importantes que las doctrinas sean para una vida cristiana vigorosa). La vida cristiana práctica consiste en comunión con Cristo. Por estar en Él estamos espiritualmente vivos, y sólo en comunión con Él podemos estar saludable y vigorosamente vivos.

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